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Tenía recuerdos de su infancia, demasiados, para ser sincero.

Recordaba a sus padres discutiendo en su habitación, mencionando su nombre y su condición una y otra vez, la presión en su pecho, la culpa carcomiendole desde que tenía memoria. Podía recordar la oscuridad constante de su cuarto y las risas de sus hermanos mayores al otro lado de las ventanas cerradas.

Lo recordaba todo.

Y si era sincero lo prefería así, que sus recuerdos fueran un constante recordatorio de lo que había sido su vida desde que nació hasta sus actuales veinte años. Odiaria tener recuerdos de él jugando en el patio de su casa, de la luz del sol tocando su piel e iluminando sus ojos; agradecía no tener algo que extrañar.

Estaba acostumbrado a su vida, a su rutina, a sus límites.

Desde que tenía memoria su día se basaba en ocultarse tras las cortinas o bajo sus prendas, desde el momento en que despertaba hasta que salía de casa bajo su quitasol.

Sus ojos se abrían a las seis de la mañana gracias a su alarma y su cuerpo se deslizaba de forma automática a su balcón, se quedaba ahí durante horas, aprovechando el más mínimo apice de luz que la mañana le regalaba hasta que los primeros rayos de sol golpeaban el piso de madera; entonces se escondía cerrando sus cortinas, se duchaba, desayunaba junto a sus hermanos y los veía correr de aquí para allá buscando sus mangas, su quitasol y su suéter antes de acompañarlo al auto de Touya, quién se encargaba de llevarlo a la puerta de su universidad.

Era su rutina desde que tenía quince y empezó las clases presenciales.

Antes de eso se quedaba todo el día dentro de casa, esperando a sus profesores, esperando a que alguno de sus hermanos llegara del colegio para poder tener algún tipo de diversión. No fue hasta que Fuyumi converso con su madre y logró que sus padres aceptarán que, a pesar de su enfermedad, fuera con ellos a estudiar.

Sus tres hermanos se encargaron de que no perdiera aquél privilegio, recordando lo que él no, cuidando su piel como algún hueso santo; se acostumbró a ser cuidado por ellos todo el tiempo, quizás por eso ahora estaba parado en la entrada de la universidad como un idiota, escondido en las sombras mientras todos lo miraban como un bicho raro.

Y es que actualmente su hermana estaba haciendo su práctica en una guardería y tenía que estar antes de las ocho de la mañana fuera de casa, Natsuo había ido a vivir a su instituto porque viajar todos los viernes era demasiado gasto y no podía permitirse perder el tiempo siendo estudiante de medicina, vivía únicamente con Touya y sus padres, y estos trabajaban todo el día, no por necesidad, sino que por gusto.

Su madre era dueña de una florería que su padre le había comprado el día en que él empezó sus clases presenciales, la mujer tenía demasiado tiempo libre y empezaba a volverse loca de solo limpiar y ver televisión. Le iba bien, tenía clientes y estaba ocupada, llegaba a casa llena de alegría y oliendo a distintas flores.

Su padre por su parte se la pasaba el día en su oficina, no tenía idea de que hacía, pero suponía que estaba hasta el cuello, era un arquitecto codiciado, pero que también amaba su trabajo y había empezado a priorizarlo cuando vió que su condición ya no lo hacía tan dependiente a ellos.

Todos habían hecho su vida y él se sentía liberado, pensaba que ya podía solo con todo, que su condición finalmente había dejado de producir problemas a su al rededor y que ya no era una carga, pero hasta ese día, seguía olvidando algunas cosas importantes, pero no era su culpa.

Touya se encargaba de recordarle todo antes de salir, todo menos su quitasol.

Le había formado la mala costumbre de simplemente tomarlo y llevárselo, así que en su cabeza Touya siempre lo llevaba y no era necesario que él lo buscara.

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