Prólogo

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Sanji había quedado prendado de Nami cuando la vio por primera vez en el Baratie, riendo fuertemente y golpeando la mesa con la palma de su mano.

Siempre había visto chicas riendo, siempre delicadamente, tapándose la boca con la mano como para que nadie las viera reír.

Nami no era así.

Ella era increíble, era hermosa, era sincera. 

Era especial.

Y Sanji estaba dispuesto a darlo absolutamente todo por ella.

.

—Te ves increíble, Nami-san —murmuró Sanji cuando Nami se coló en su habitación esa tarde. Llevaba puesto aquel hermoso vestido morado que le habían dado los minks.

Ella le brindó una sonrisa burlona y colocó su mano en su cintura.

—Tu no aprendes ¿Verdad? —le dijo. Sanji soltó una risita limpiándose el hilillo de sangre que le salía por la nariz. En parte por ver a su hermosa Nami con ese provocador vestido, en parte por el golpe que ella le dió.

—Vale la pena —se burló. Nami se acercó a él, apoyando sus manos en sus hombros. Sanji puso sus manos sobre su cintura acariciando la piel a través de la tela—. Te ves tan hermosa, mi bella Nami-san —Nami le brindó una sonrisa suave y se acercó para besarlo. Mientras el beso se volvía más ardiente, Sanji bajaba la mano ahí en la abertura de la tela en dónde las cadenas aparecían y podía acariciar la suave piel. Nami era tan jodidamente suave y Sanji soltó un gemido cuando se dió cuenta que efectivamente ella no tenía puesta ropa interior—. Vas a matarme —gimió jalandola hasta caer en la cama. Su hermoso pelo naranja, esparcido sobre la almohada como un hermoso halo de un ángel.

Sanji acarició su mejilla y besó suavemente cada parte de su rostro.

—Mi hermosa Nami-san —murmuró, besando sus labios como si de repente necesitara, no, anhelara el contacto. Cómo si no supiera que podría hacerlo tantas veces como quisiera, tanto tiempo como el que quisiera.

Las manos de ella, suaves y delicadas, con uñas limpias y bien cortadas, acariciaron su cráneo y se dirigieron a su rostro. Ella acarició la perilla de su barba, y luego sus labios. Y Sanji besó su mano.

—Te amo —susurró Nami con una sonrisa dibujada en sus labios. Sanji apoyó su rostro en la mano de ella.

—Te amo tanto.

La amaba tanto.

Estaba seguro que nada rompería ese amor que sentía por ella.

Estaban a punto de llegar al punto máximo, de quitarse la ropa cuando la puerta sonó.

—Eh, señor Sanji. Querrá ver esto —dijo uno de los minks. Sanji se separó de Nami y miró hacia la puerta.

—¿No puede esperar? —preguntó.

—No, señor. No encuentro a la señorita Nami. El señor Chopper y el señor Brook ya están ahí. Es mejor que venga.

Se miraron con el ceño fruncido y suspiraron.

—Ya salgo —dijo Sanji levantándose y ayudando a Nami a levantarse.

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