El imperio de Aerthia no dormía.
Esa noche, el viento no llevaba aroma a jazmines ni al pan recién horneado de las cocinas reales. No traía risas de sirvientes ni el tintinear lejano de copas en los salones.
Traía ceniza. Humo. Y el olor espeso, metálico, inconfundible...
De la sangre.
Desde las murallas orientales hasta el corazón del palacio, el cielo ardía de un rojo sucio, como si el amanecer hubiera sido degollado antes de nacer. Las llamas trepaban por las torres más altas, lamiendo los vitrales con lenguas doradas. Las banderas imperiales -orgullosas, pesadas, bordadas con hilos de oro- se consumían como papel viejo.
El imperio estaba siendo purificado por el fuego.
O condenado por él.
Dependía de quien contara la historia.
Kalisa lo observaba todo desde la escalinata exterior.
Inmóvil.
El viento nocturno agitaba su cabello negro, largo hasta la cintura, como un rio oscuro desbordándose por su espalda. Las hebras se le pegaban a la piel húmeda de sudor y polvo. Tenia sangre seca en los dedos. No recordaba a quien pertenecía.
Tal vez a demasiados.
Tal vez a nadie que importara ya.
Abajo, en el patio, los restos de su pequeño ejercito improvisado se reorganizaba entre heridos y antorchas. Campesinos con lanzas torcidas. Antiguos caballeros sin estandarte. Criadas que habían cambiado escobas por dagas.
Ninguno era soldado de verdad. Pero todos había perdido algo. Hijos, padres, hogares. Todos bajo el reinado de su hermano.
El rey.
El tirano.
El monstruo.
Cerro los ojos. Y por un instante no vio fuego. Vio verano. Vio a dos niños corriendo por esos mismos patios. Uno de ellos -más alto, sonriente- le ofreció la mano.
"Si te caes, yo te levanto, Lysa", le decía.
Siempre Lysa. Nunca Kalisa. Siempre cariño, siempre promesas.
Abrió los ojos. El recuerdo le dolió más que cualquier herida.
-Si todavía quedara algo de ti... -murmuro al viento-... no me obligarías a hacer esto.
Pero no quedaba nada. Eso lo sabia. Todos lo sabían. Por eso esa noche el imperio ardía.
...
Las puertas del palacio cedieron con un rugido de madera astillándose. Kalisa avanzo, sola. Nadie intento seguirla, nadie se atrevió.
Había batallas que solo podía lidiar la sangre. El interior era un mausoleo. Columnas quebradas, tapices ardiendo, el suelo cubierto de cristales que crujían bajo sus botas.
Cada paso era un recuerdo destrozándose. Allí había aprendido a leer junto a su padre. Allí su madre la peinaba cantando canciones antiguas. Allí su hermano la levantaba en brazos cuando fingía ser un dragón.
Trago saliva.
El palacio ya no era un hogar. Era una tumba. Y al final del pasillo la esperaba el ultimo fantasma. El más peligroso.
El Salón del Trono era vasto como una catedral. O lo había sido. Ahora parecía el vientre abierto de una bestia.
El mármol estaba manchado de rojo oscuro. Las antorchas parpadeaban, deformando las sombras. El símbolo imperial -un sol atravesado por una espada- colgaba partido por la mitad. Y en lo alto de las escaleras... Él sentado, como si reinara sobre un mundo intacto.
-Llegaste -dijo con suavidad.
Su voz. Dioses. Su voz seguía siendo la misma. No la del tirano que ordenaba ejecuciones, sino la del hermano que le leía historias por las noches. Eso era lo cruel. No había demonios, no había magia oscura, solo decisiones. Él eligió convertirse en un monstruo.
-Baja del trono -ordeno ella.
Él sonrió.
-Entonces ven a quitármelo.
La batalla no fue elegante. No fue heroica. Fue desesperada. Acero chocando, chispas, respiraciones rotas. Su hermano era más fuerte, siempre lo había sido. Sus golpes eran martillos, cada impacto le sacudía los huesos.
La empujo contra una columna. El mármol estallo. Cayo de rodillas, sentía que el mundo estaba girando.
-Sigues siendo débil -escupío él.
Ella tosió sangre. Y recordó los cuerpos colgados en la plaza. Las aldeas quemadas. Los niños llorando. Recordó sostener la mano fría de una madre que murió pidiéndole que salvara a su hijo.
Entonces entendió algo. No peleaba por una corona, ni por orgullo, ni por venganza. Peleaba por todos los que ya no podían levantarse.
Se puso de pie. Lenta. Dolorida. Inquebrantable.
-No soy débil -susurro.
Y ataco. Giro. Desarmo. Corto. Él tropezó, cayo frente al trono, la punta de su espada descanso sobre su pecho. Sus miradas se encontraron. Ya no había arrogancia. Solo miedo.
-Somos f-familia... -le confeso él casi sin aliento.
Las lagrimas caían por el rostro de Kalisa, nublando su vista.
-Lo éramos.
La espada que tenia ella en sus manos, descendió. Un solo latido. Un solo movimiento. Y el mundo quedo en silencio.
...
Las puertas del salón se abrieron con violencia.
Siete figuras cruzaron el umbral.
Príncipes herederos de los reinos más poderosos del continente. Guerreros, diplomáticos, estrategas. Jóvenes cuyos nombres ya eran leyenda, comparados por trovadores y cronistas con los miembros de BTS por su influencia, carisma y fuerza en cada territorio.
Venian a tratar con un rey. Pero, en cambio, encontraron una carnicería. Y en el centro... a ella, cubierta de sangre, de pie, sola. Más alta que el miedo. Más pesada que la guerra.
Los músicos supervivientes, temblando, comenzaron a tocar. Tambores graves, cuerdas tensas. La antigua canción de la Emperatriz.
"Alza la corona, hija del fuego..."
Kalisa camino hacia el trono. Sus pasos dejaban huellas rojas. Tomo la corona caida, la limpio con la mano ensangrentada y se la coloco. Encajo en su cabeza, como destino, como derecho, como verdad.
Entonces, se giro hacia los siete, diciéndoles con voz firme sin temblar:
-Esta noche termina la tiranía.
El eco recorrió el salón.
-No les pido lealtad -continuo-. No les pido que se arrodillen.
Clavo la espada en el mármol.
-Solo les prometo esto: mientras yo respire, nadie gobernara este imperio con miedo.
Sus ojos ardían como brasas al decir estas palabras.
-Y si alguno desea arrebatarme la corona... -sonrió, una sonrisa peligrosa, hermosa, letal-. Venga. Inténtelo.
El silencio fue absoluto. Porque en ese instante comprendieron que no estaban ante una princesa. Ni siquiera ante una reina. Estaban ante algo ma's antiguo, m'as feroz. Una fuerza que nacia solo cuando los imperios tocaban fondo.
La emperatriz.
Kalisa, la mujer que mato a un rey, la mujer que cambio la historia. Y aquella...
Fue la primera noche de su reinado.
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La Emperatriz del Eclipse
FantasyTras asesinar al hermano que convirtió su reino en un infierno, Kalisa reclama el trono imperial manchado de sangre. Pero gobernar es más peligroso que la guerra: siete príncipes de distintos reinos llegan a su palacio, cada uno con ejércitos, secre...
