CAPÍTULO PRIMERO

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"La justicia es un lujo de quienes nunca han necesitado robar pan

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"La justicia es un lujo de quienes nunca han necesitado robar pan. Yo he necesitado ambas cosas: robar y justificarlo. Esta es la historia de cómo aprendí que el pecado y la supervivencia son hermanos de la misma camada."

—Diario de Alistair Thornwood


El peso de la sangre

El olor a incienso y lana mojada lo envolvía todo como una segunda piel.

      Alistair Thornwood llevaba cuarenta minutos sentado en el mismo banco de madera, con la cola erguida por ese reflejo aristocrático que funciona incluso cuando el mundo se derrumba, y el pelaje rojo cepillado con la pulcritud religiosa que su madre 

—años atrás, antes de irse— le había inculcado como si un descuido de aseo fuera el primer paso hacia la ruina moral. Quizás tenía razón. Quizás no. En cualquier caso, ella ya no estaba para comprobarlo.

      El ataúd de caoba descansaba ante el altar, rodeado de velas que parpadeaban como si la ciudad entera contuviera la respiración. Lord Percival Thornwood había muerto hacía seis días. Un accidente de caza, dijeron. Un disparo perdido en el bosque. Alistair seguía sin creérselo —su padre era el tipo de hombre que disparaba primero y perdía después, nunca al revés— pero no había quien le escuchara.

     —Lo siento mucho, joven Thornwood —susurró una comadreja con gafas de montura dorada, acercándose con ese paso estudiado que solo se aprende en décadas de funerales ajenos—.Tu padre era un hombre... ejemplar.

      Alistair asintió sin mirarla. Conocía ese tono. Era el mismo que usaban los criados cuando querían algo, y los abogados cuando ya lo habían conseguido.

      —Gracias, señora Pindle —musitó, y la comadreja se retiró con una reverencia que duró exactamente una décima de segundo más de lo necesario.

      El órgano del templo gemía una melodía que Alistair había escuchado cien veces en funerales ajenos. Nunca imaginó que la escucharía para el suyo propio. Porque eso era, en el fondo, lo que estaba enterrando: no solo a su padre, sino la versión de sí mismo que existía cuando tenía padre.

       Los bancos estaban llenos de aristócratas. Zorros de familias menores, un par de lobos con uniformes de gala tan almidonados que parecían de cartón, tejones de aspecto grave que cuchicheaban entre ellos con ese talento especial de las clases altas para parecer solemnemente tristes mientras calculan en silencio lo que van a heredar.

Y allí, en primera fila, demasiado cerca del féretro para ser discreción y demasiado quieto para ser pesar, estaba Lord Mortimer Blackwood.

         El tejón no lloraba. Nofingía. Simplemente miraba el ataúd con una fijeza que Alistair no supointerpretar en ese momento. Solo años después entendería esa mirada: era la deun cazador que se acerca a comprobar que su presa está muerta. Por si acaso.

El peso de la SangreGeschichten, die süchtig machen. Entdecke jetzt