Chapter 1

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La segunda guerra mundial desató la evacuación de muchos habitantes de la ciudad de Londres, la mayoría de estos eran madres que sin mejor opción alejaban a sus hijos de la cuidad hasta que esta disputa se desvaneciera

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La segunda guerra mundial desató la evacuación de muchos habitantes de la ciudad de Londres, la mayoría de estos eran madres que sin mejor opción alejaban a sus hijos de la cuidad hasta que esta disputa se desvaneciera. Una de estas familias eran los Pevensie, una madre de cuatro hijos, Peter, Susan, Edmund y Lucy se dirigían a la estación de tren sin mucha emoción, con unos letreros colgando de sus ropas y con un sentimiento de incertidumbre que se expresaba de distintas maneras en cada uno de ellos.

La señora Pevensie les colocaba un pequeño letrero a Edmund en su ropa como identificación –si papá estuviera aquí, no nos dejaría irnos– suelta con disgusto el pequeño Edmund.

–Si papá estuviera aquí no habría guerra y no tendríamos que irnos– contesta su hermano mayor Peter con molestia, seguía molesto con el menor por el incidente en casa la noche anterior.

–Debes escuchar a tu hermano, ¿está bien Edmund?– la señora Pevensie le dice a este pero suena más como una súplica que como una petición.

La pequeña Lucy se notaba con una expresión de tristeza notable, no quería dejar su hogar y mucho menos a su madre, a comparación de su hermano un poco más mayor que ella, Edmund, tenia una expresión de molestia y obstinación, tanto así que cuando su madre se está despidiendo de él con una beso en la mejilla, este le retira la cara con desprecio. Susan quien se mantenía distante nota esta acción pero no dice nada.

–Prométeme que los vas a cuidar– le dice Helen mientras abraza a Peter.

– Claro mamá– dice Peter con un nudo en la garganta mientras le devuelve el abrazo a su madre. – Eres todo un hombre– dice su mamá cuando termina el abrazo.

La mirada de Helen se posa a su hija mayor Susan, a quien envuelve en un abrazo mientras a esta se le escapan algunas lágrimas. – Susan, pórtate bien– es lo que le dice su madre con una voz serena intentando mantenerse fuerte.

Con una voz a lo lejos ya les alertaba que era hora de abordar el tren, con la inspección del letrero que colgaba en ellos, se escuchaba la voz de Edmund quejarse de su hermana. Cuando están a punto de abordar el tren la pequeña Lucy no puede contener sus lágrimas y comienza a llorar, Peter a su lado la consuela como puede.

El ambiente en la estación es tenso, muchas familias despiden a sus hijos con una profunda tristeza, Helen alza la mano en señal de despedida a sus hijos que se despedían a través de la ventana, con el corazón en la mano, Helen ve como sus hijos se van alejando cada vez más hasta desaparecer en esas vías del tren.
































El ambiente en la estación es tenso, muchas familias despiden a sus hijos con una profunda tristeza, Helen alza la mano en señal de despedida a sus hijos que se despedían a través de la ventana, con el corazón en la mano, Helen ve como sus hijos s...

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Tras un largo camino, llegan a la estación Coombe Halt, o lo que queda de ella. A simple vista no tiene nada más que un banco de madera súper deteriorado y unas vallas blancas sucias.

Con confusión ven a una señora con una carreta y un caballo blanco llegar a lo se hace llamar estación, esta se presenta como la señora Macready y los lleva hasta la mansión del profesor Kirke, claro está que les dio una infinidad de reglas, entre ellas, no gritar, correr, no tocar, ni usar el montacargas, y la más importante, no molestar al profesor.

A la noche una radio hablada de los ataques aéreos a Gran Bretaña, el locutor fue silenciado repentinamente por Susan, el desconcierto del rubio por la acción de su hermana lo hizo voltear disgustado, con una pequeña inclinación de cabeza Peter dirigió su mirada a su hermana Lucy quien tenía una cara de preocupación.

–Las sábanas están rasposas– dijo la más pequeña de los tres, los mayores se acercaron al borde de la cama donde yacía Lucy.

–Las guerras no duran para siempre. Volveremos a casa pronto– comenta Susan con una tranquilidad y dedicándole una sonrisa a Lucy, el mayor le dedica una pequeña sonrisa hermana más grande.

–Si, si es que aún existe– llega Edmund a romper la pequeña burbuja de esperanza que habían creado sus hermanos mayores.

–¿No deberías estar acostado?– comenta Susan con cansancio. – Claro mamá– dice sarcásticamente el pecoso.

–¡Ed!– suelta el rubio con molestia a su hermano, el suspira pesadamente. –Ya verás mañana, es muy grande este lugar, haremos lo que queramos aquí, será excelente– continúa Peter a su hermana a la que se le escapa una pequeña sonrisa.

La protegida de Aslan | Edmund PevensieStories to obsess over. Discover now