1| Heredero, no hijo.

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Kiang Prescott


El sonido de mi despertador es lo primero en invadir mis sentidos antes de despertar. Resuena en las frías y blancas paredes de mi departamento recordándome que sigo aquí. 

Orbitando en el mismo lugar de siempre. 

Siendo mi única compañía.

Mi primer instinto es tomar una de mis almohadas y aplastarla contra mi cabeza, agobiado y tratando con todas mis fuerzas de ignorar esa alarma que me indica que sigo teniendo responsabilidades a las que hacer frente.

El intento es fallido, igual que todos los días anteriores a este. 

Entre gruñidos, hago volar mi almohada junto al agotamiento hasta la puerta para poder incorporarme de un salto, sintiendo una oleada de energía recorrer hasta los rincones más inospitos de mi cuerpo. 

Dejo que la alarma continúe sonando mientras me dirijo a la cocina sin un objetivo completamente claro, pero decidido a encontrar algo para hacer antes de enfrentarme a la vida. 

Una notificación detuvo mi camino... mejor dicho, una llamada. 

Ya sé quién es. 

Camino de vuelta al cuarto y tomó mi teléfono, no contesto solo para joder la paciencia de la persona del otro lado. Me mantengo en la pantalla mientras retorno a la cocina, conociendo de memoria el camino.

Levanto la vista, observo todo lo que está sobre la isla de mi cocina y dejo que mi vista caiga sobre un frasco de proteínas, unos plátanos y avena cerca del mismo.

No suena mal ese desayuno.

No sé cuántas llamadas fueron, pero ahora no insiste más y me siento satisfecho con haber sido así de odioso. 

Al segundo, recibo otra notificación de un mensaje. No había palabras, solo un emoji: el del dedo corazón levantado. 

Dejo salir un leve atisbo de sonrisa antes de volver a mi habitual expresión. 

Preparo un batido de proteína con recuerdos y pensamientos alejándome de mi realidad por unos instantes y, aunque ese puede ser uno de mis más grandes deseos, a donde me llevan no parece ser mejor que este lugar.

"Solo quiero darte lo mejor, hijo"

"Dulces" palabras que se repiten en mi mente mientras mantengo presionado el botón de la licuadora. 

Para todas esas palabras son motivación pura, demuestran el supuesto aprecio que mi padre debería sentir por mí... pero ¿para mí? Solo son una muestra más de las expectativas que se han depositado sobre mis hombros desde que tengo memoria.

Esas palabras me vuelven a enseñar una vez más lo que ya sé: 

No soy su hijo. Soy su heredero. 

No me sorprenden, pero siguen sintiéndose como sal en una herida abierta.

Esa realidad continúa siendo un golpe al ego. 

La licuadora toma el mejor momento para sacarme de mi reflexión, teniendo un sonido muchísimo más rasgado que antes. El aire se llenó de un olor áspero y denso, como plástico y metales fundidos, una señal inequívoca de que algo dentro del motor había cedido.

Tiene que ser una broma.

Apago el electrodoméstico rápidamente mientras suelto una retábila de insultos entre dientes. Vierto todo mi batido en una botella y suspiro con pesadez. Acaba de iniciar el día y ya iniciaron las desgracias.

Actuando como si te odiaráStories to obsess over. Discover now