1

33 13 0
                                        

Él amaba a Shanks más que nada en el mundo. Lo amaba tan profundamente que haría cualquier cosa que Shanks le pidiera. Ante el mundo exterior, seguía siendo el antiguo almirante calmado y distante: fresco, casi indiferente. Pero a solas con Shanks, siempre sonreía, era gentil, cariñoso. Le encantaba besar y tocar a su amante de cabello rojo, susurrándole una y otra vez que lo amaba. Sabía que lo que compartían no era exactamente aprobado por la sociedad. Un exalmirante y un Yonkō… era escandaloso, peligroso, prohibido. Pero a Kuzan no le importaba en absoluto. Shanks lo era todo para él, y eso era lo único que importaba.

Saboreaba cada momento que pasaban juntos. Le encantaba sentir la piel de Shanks bajo las yemas de sus dedos, oír los latidos de su corazón apretados contra los suyos, inhalar el aroma a sal marina, ron y cabello calentado por el sol que siempre lo envolvía. No le importaba un carajo lo que pensaran los demás. Para Kuzan, nada importaba excepto Shanks. Lo amaba más que a su propia vida y estaba dispuesto a incendiar el mundo entero para mantenerlo a salvo y a su lado para siempre.

Le encantaba ver sonreír a Shanks: esa amplia sonrisa despreocupada que podía iluminar la noche más oscura. Le encantaba oír su risa profunda y genuina que retumbaba en su pecho. Le encantaba sentir el aliento cálido de Shanks rozando su piel cuando yacían enredados. Años atrás se había jurado a sí mismo que siempre lo protegería, que nunca lo dejaría marchar. Shanks era suyo, irrevocablemente, y nada —ni los Marines, ni el Gobierno Mundial, ni siquiera el destino— se lo arrebataría jamás.

Pensaba a menudo en el futuro. Quería que Shanks fuera feliz, que estuviera a salvo, que conservara esa chispa de libertad en los ojos. A veces, en sus momentos más silenciosos, imaginaba esconderlo en una isla olvidada donde nadie pudiera encontrarlos. Sabía que a Shanks le odiaría ser enjaulado: era un hombre del mar, salvaje e indomable, pero la sola idea de perderlo hacía que la sangre de Kuzan se volviera más fría que cualquier hielo que pudiera conjurar.

Le encantaba la forma en que Shanks lo miraba: como si fuera algo irrompible, algo perfecto. Shanks lo llamaba «mi gigante perezoso» con ese tono burlón en la voz, y cada vez que lo hacía, Kuzan sentía una oleada de orgullo feroz. Le encantaba ganarse esa admiración, esa confianza. Haría cualquier cosa para seguir siendo digno de ella. No era perfecto —lo sabía—. Había cometido errores, había dado la espalda a demasiadas cosas, había elegido el camino fácil más veces de las que quería contar. Pero por Shanks, lo intentaba. Cada maldito día, intentaba ser mejor, más fuerte, más digno.

Algunos podrían llamarlo obsesión. Podrían decir que Kuzan era demasiado posesivo, demasiado intenso, que esa devoción rozaba la locura. Pero para Kuzan, era simplemente amor. Amor puro, devorador, inquebrantable. Amaba a Shanks más que a su propia vida, más que al honor, más que a la justicia. Haría cualquier cosa —traicionar a cualquiera, luchar contra cualquiera, destruir lo que fuera— para mantenerlo feliz y a salvo a su lado.

Aquella noche, en una playa desierta bañada por la luz plateada de la luna, Kuzan atrajo a Shanks hacia sí. Sus grandes manos se deslizaron bajo la camisa abierta, trazando la piel cálida y llena de cicatrices de su cintura. Shanks dejó escapar un suave suspiro de contento y se derritió contra el amplio pecho de Kuzan.

«Eres mío», murmuró Kuzan, con la voz baja y ronca, casi un gruñido.

Shanks inclinó la cabeza hacia atrás, los labios curvados en esa sonrisa torcida tan familiar. «Lo sé. Y tú también eres mío, grandullón perezoso».

Kuzan lo besó entonces: lento, profundo, reclamante. Sus dedos se enredaron en los mechones carmesíes, tirando lo justo para inclinar más la cabeza de Shanks. Bajó los labios por la columna de su garganta, succionando ligeramente, dejando marcas rojas tenues que se desvanecerían al amanecer, pero que por ahora gritaban *mío*.

Shanks gimió suavemente, las manos aferrándose a los anchos hombros de Kuzan. Se arqueó cuando esas manos frías descendieron más abajo, posesivas y seguras. Kuzan lo tumbó con cuidado sobre la arena aún tibia, cubriendo el cuerpo de Shanks con el suyo, envolviéndolo por completo. Le encantaba esto: la sensación de Shanks debajo de él, fuerte pero entregado, vivo y temblando bajo su toque.

«Te amo», respiró Kuzan contra su boca. «Más que nada».

Shanks rio sin aliento, los ojos entrecerrados y oscuros de deseo. «Yo también te amo. Así que deja de hablar y demuéstramelo».

Y Kuzan lo hizo. Lo tocó por todas partes: caricias lentas que se volvían hambrientas, besos que se profundizaban hasta que ambos jadeaban. Lo tomó con una mezcla de ternura y necesidad cruda, como si pudiera grabar cada segundo en su piel, en sus huesos, en sus almas. Shanks se aferró a él, susurrando el nombre de Kuzan entre gemidos entrecortados, dejándose abrumar por completo, permitiendo que Kuzan lo guiara totalmente.

Cuando finalmente se derrumbaron, con los miembros enredados y los corazones latiendo con fuerza, Kuzan atrajo a Shanks con fuerza contra su pecho, como si pudiera desvanecerse si aflojaba siquiera un poco su abrazo. Presionó besos suaves en su frente, en sus párpados cerrados, en la comisura de su boca sonriente.

«Nadie te arrebatará de mí jamás», prometió en un susurro quedo.

Shanks, ya medio dormido, se acurrucó en el hueco del cuello de Kuzan. «Lo sé», murmuró. «Me quedo. Siempre».

Y para Kuzan, eso era suficiente. Eso lo era todo. Porque Shanks era su mundo, su calor en el hielo interminable, su única obsesión. Y lo amaba. Lo amaba tanto que nada más importaba.

Fin.

Sabor del príncipe.Mga kuwentong kahuhumalingan mo. Tumuklas ngayon