El aire en los aposentos de la Princesa heredera Rhaenyra era pesado, impregnado del aroma a incienso, sudor y el metálico perfume de la sangre. Fuera, los muros de la Fortaleza Roja permanecían en un silencio expectante, pero dentro, el destino del Reino acababa de dar un vuelco.
A diferencia de su parto anterior, este había sido rápido, casi violento en su urgencia. Cuando el maestre envolvió a la pequeña en sedas finas, el silencio de la habitación se rompió no por un llanto, sino por un suspiro colectivo de asombro y terror.
Rhaenyra, pálida y exhausta, estiró los brazos. Sir Harwin Strong, apostado como una sombra protectora junto a la puerta, dio un paso involuntario hacia adelante, con el corazón martilleando contra su armadura. Él esperaba otro niño de cabellos castaños y rasgos fuertes —sus rasgos—, un secreto más que proteger con la espada.
Pero lo que Rhaenyra sostuvo en sus brazos fue un espejismo de la antigua Valyria una pequeña de cabellos blancos como la luna de invierno y unos ojos como amatistas brillantes, profundas y violetas, que observaban el mundo con una intensidad antinatural.
—Es... perfecta —susurró Rhaenyra, intercambiando una mirada fugaz y cargada de significado con Daemon Targaryen, quien observaba desde las sombras del rincón, con una sonrisa felina jugando en sus labios. Él sabía la verdad. El mundo vería una "hermana" para Jacaerys, pero los dioses sabían de quién era esa sangre.
La puerta se abrió de golpe. No fue el Rey Viserys quien entró primero, sino la Reina Alicent Hightower. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con las cutículas de sus manos, y su vestido verde crujía con cada paso rígido.
Alicent se acercó a la cama, esperando encontrar otra prueba definitiva de la deshonra de Rhaenyra otro niño con el sello de los Strong en el rostro. Pero al ver a la pequeña, se detuvo en seco. La niña era más Targaryen que sus propios hijos.
Un regalo de los dioses, ¿no es así, Reina? —dijo Daemon, su voz arrastrando las palabras con peligrosa elegancia—Parece que la sangre de Valyria es... difícil de diluir.
Alicent apretó la mandíbula. Su resentimiento no disminuyó; se transformó. Sabía que Jacaerys era un bastardo strong, y el hecho de que esta nueva niña luciera como una verdadera princesa Targaryen solo hacía que la posición de Rhaenyra fuera más difícil de atacar, y por lo tanto, más peligrosa.
Fue en ese momento de silencio tenso cuando Laenor Velaryon entró en la habitación. Sus botas resonaron con firmeza mientras se abría paso entre los presentes. Ignorando la mirada gélida de la Reina, se acercó directamente hacia su esposa.
—Llego a tiempo para ver el milagro —dijo Laenor con una voz clara que llenó la estancia.
Con una naturalidad protectora, Laenor tomó suavemente a la bebé de los brazos de Rhaenyra. Se giró hacia el Rey Viserys, que acababa de entrar apoyado en su bastón, y hacia la Reina Alicent.
—Mírela, Majestad. Mire a su nieta —dijo Laenor, sosteniendo a la pequeña con orgullo frente a los Reyes—Es una verdadera Velaryon, nacida de la sal y el fuego.
Al ver a su nieta, sus ojos se humedecieron. Para él, no había dudas, no había intrigas solo la continuación de su linaje.
—Mírala... —jadeó el Rey, acariciando la mejilla de la bebé—. Es la viva imagen de la Conquista. ¿Cómo la llamarás, hija mía?
Rhaenyra miró a Harwin, quien bajó la vista con una mezcla de orgullo y dolor, y luego a Daemon, quien asintió imperceptiblemente.
—Su nombre es Visenya —anunció Rhaenyra, desafiando al destino—. Y el mundo recordará su nombre.
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blood and dragons
FanfictionEn la corte de Desembarco del Rey, los susurros son más peligrosos que las espadas. Visenya Targaryen es la viva imagen de la Antigua Valyria: cabello de plata pura y ojos color amatista que reflejan el indomable espíritu de su padre, Daemon, y la d...
