Capitulo 1

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El rugido del motor del Mercedes negro se apagó frente a la mansión familiar como un suspiro de rendición. Arturo bajó del auto con la misma cautela con la que un hombre desarma una granada: despacio, sin movimientos bruscos. Sabía que cada faro que lo iluminaba desde la calle podía ser un par de ojos pagados para vigilarlo. En este mundo, la paranoia no es un defecto; es supervivencia.

Empujó la pesada puerta de roble. El chirrido familiar resonó en el vestíbulo como un reproche. El aroma a madera barnizada y jazmines frescos lo golpeó de inmediato, trayendo consigo recuerdos que prefería mantener enterrados: risas infantiles, gritos ahogados tras puertas cerradas, el olor metálico de la sangre que nunca se limpia del todo.
En la sala, su madre, Mari, levantó la vista del libro que fingía leer. Vestía una blusa sencilla, pero sus ojos —esos ojos que lo habían visto crecer entre lujos y sombras— lo desnudaron en un segundo.

—Arturo... —susurró, poniéndose de pie con una mezcla de alivio y miedo—. Pensé que esta vez no vendrías.

Él esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos y se acercó para abrazarla. El contacto duró apenas tres segundos; suficiente para sentir cómo temblaba ella, insuficiente para que él se permitiera bajar la guardia.

—Solo pasé a ver cómo estabas, mamá.

Se sentaron en el sofá de terciopelo verde oscuro. El silencio entre ellos era espeso, cargado de preguntas que ninguno se atrevía a formular del todo.

—¿Te vas a quedar esta vez? —preguntó ella, la voz quebrada por la esperanza.

Arturo negó con la cabeza, mirando hacia la ventana donde la noche devoraba el jardín.

—No. Tengo... mi vida ahora.

Mari frunció el ceño, inclinándose hacia él como si pudiera leerle la verdad en las pupilas.

—¿Y qué vida es esa, hijo? ¿Dónde vives? ¿Qué haces? No me digas que sigues con esa tontería de "ser normal".

Él soltó una risa corta, amarga.

—Normal. Qué palabra tan peligrosa en esta casa.

—Arturo, por favor. Tu padre está... —La voz se le quebró—. Está peor cada día. El negocio te necesita. La gente te necesita. No puedes seguir huyendo.

La palabra "huyendo" le dolió más de lo que esperaba. Se puso de pie de golpe, el corazón latiéndole en la garganta.

—No huyo, mamá. Me salvo. Y te salvo a ti también, aunque no lo veas.

Salió sin mirar atrás. Afuera, el aire fresco le cortó la cara como una bofetada. Eduardo ya lo esperaba junto a la reja, la silueta recortada contra la luz mortecina de un farol. El hombre más leal de su padre —y quizás el único que aún lo llamaba "patrón" sin ironía— inclinó la cabeza.

—¿Cómo está el viejo? —preguntó Eduardo en voz baja, los ojos escaneando la calle por instinto.

—Vivo. Por ahora —respondió Arturo, acercándose hasta que solo los separaban centímetros—. ¿Movimientos?

—Rumores. Alguien pregunta demasiado por el heredero que "desapareció". Y hay ojos nuevos en la distribución del norte. Nada confirmado... todavía.

Arturo sintió el peso del celular en el bolsillo como una piedra. El mismo que guardaba nombres, cuentas, rutas, vidas enteras.

—Te mando la ubicación encriptada. Solo tú. Nadie más. Ni siquiera mamá puede saber dónde estoy durmiendo esta noche.

Eduardo asintió, la lealtad grabada en cada arruga de su rostro curtido.

—Como ordene, patrón. Actualizaciones cada tres días, como acordamos. Y... cuídese. Aquí afuera, la gente común también muerde cuando huele sangre.

Arturo se alejó sin despedirse. Detuvo un taxi amarillo en la esquina siguiente. El interior olía a desodorante barato y sudor ajeno. Se hundió en el asiento trasero y miró por la ventana: rostros anónimos, luces de neón, vidas sin secretos. Por un segundo, envidió cada una de ellas.

Llegó a su nuevo departamento —un Infonavit de paredes estrechas y luz mortecina— pasadas las once. Cerró la puerta con doble vuelta, como si pudiera encerrar el pasado afuera. El contraste era brutal: aquí no había mármol italiano ni cuadros de millones; solo un sofá de segunda mano, una mesa coja y el silencio de quien vive solo por elección.

Se sacó el saco y se miró en el espejo del baño. Traje barato, corbata discreta, cabello peinado sin exceso. Parecía... cualquiera. Y eso era exactamente lo que necesitaba.

Pero entonces vio el viejo celular en el bolsillo. El que aún guardaba mensajes de su padre, órdenes que nunca quiso cumplir, amenazas veladas de enemigos que nunca olvidan. Un escalofrío le recorrió la espalda. Si alguien lo rastreaba, si un solo error lo conectaba con esta vida nueva...
Buscó papel aluminio en la cocina y envolvió el teléfono con dedos temblorosos. Método casero, pero efectivo. Lo guardó en el fondo del cajón del escritorio, junto al contrato de su nuevo empleo: licenciado en Recursos Humanos en una fábrica cualquiera del estado.

Mañana empezaría. Autobús a las 6:45, escritorio anodino, compañeros que no sabrían nada de él. Sería invisible. Ordinario. Libre.

O eso quería creer.

Porque mientras apagaba la luz y se dejaba caer en la cama, una certeza fría le apretó el pecho: por más que corriera, el imperio de su padre lo seguía como una sombra con dientes. Y las sombras, tarde o temprano, terminan mordiendo.

La pregunta no era si la máscara se rompería.

Era cuándo.

Y cuánto daño causaría cuando lo hiciera.

Mi doble vida Stories to obsess over. Discover now