I: Houdini

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El lunes amaneció con esa luz limpia y ligeramente dorada que solo tienen las mañanas de otoño en Castilla, una claridad casi quirúrgica que corta el aire y te obliga a entrecerrar los ojos

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El lunes amaneció con esa luz limpia y ligeramente dorada que solo tienen las mañanas de otoño en Castilla, una claridad casi quirúrgica que corta el aire y te obliga a entrecerrar los ojos. Era una frescura que te despertaba de golpe, sin piedad, un aire atlántico cargado de humedad que se colaba por las callejuelas serpenteantes de Salamanca como un fantasma invisible, mientras el cielo parecía recién barnizado tras la lluvia pertinaz de la noche anterior. Las aceras de adoquines irregulares todavía brillaban con charcos que reflejaban las fachadas históricas, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el del pan recién horneado que salía de las panaderías centenarias del casco viejo.

El campus de la Universidad se extendía como un laberinto arquitectónico fascinante donde la piedra de Villamayor —esa arenisca dorada y porosa que parece absorber y devolver el sol en un juego eterno de luz y sombra— convivía en armoniosa contradicción con el cristal implacable y el hormigón brutalista de los edificios modernos. Las fachadas platerescas, con su famosa rana escondida entre las calaveras que desafiaba eternamente a los estudiantes a encontrarla mientras los turistas japoneses disparaban sus cámaras sin cesar, observaban con una paciencia mineral de siglos el ir y venir perpetuo de chavales que apuraban el último pitillo con desesperación de adictos o el último sorbo amargo de un café de máquina expendedora antes de entrar arrastrando los pies a clase. El humo de los cigarros formaba volutas azuladas que se disolvían lentamente en el aire frío.

El timbre tenía esa firmeza castellana ancestral que sacudía la modorra matutina como una bofetada educada. Un murmullo creciente de zapatillas deportivas arrastrándose por el suelo de terrazo, mochilas colgadas negligentemente de un solo hombro —porque llevarla en los dos te hacía parecer un pringado de primero— y el eco metálico de los portátiles cerrándose en cascada sincronizada llenó los pasillos amplios de techos altos. Como si obedecieran a una coreografía invisible ensayada en mil rondas anteriores, grabada en el ADN estudiantil, el grupo de Pedri se reunió con esa puntualidad casual frente al aula 2.14 de la Facultad de Ciencias del Deporte, un edificio relativamente moderno que contrastaba violentamente con la arquitectura renacentista que lo rodeaba.

Pedri González, canario de nacimiento y sangre pero adaptado con esfuerzo consciente al frío peninsular que nunca terminaba de acostumbrársele en los huesos, apoyaba la espalda contra la pared con una calma deliberada que desesperaba profundamente a los impacientes. No era el más alto del grupo —apenas llegaba al metro setenta y cuatro, cifra que no solía mencionar voluntariamente—, pero todo parecía orbitar naturalmente a su alrededor, como si ejerciera algún tipo de gravedad invisible. Llevaba una sudadera universitaria negra desgastada y su pelo oscuro, siempre un poco alborotado de manera absolutamente no estudiada —así se levantaba, así se quedaba, sin más historia—, caía ligeramente sobre su frente. Tenía esa mirada particular de "mago de Tegueste": ojos castaños tranquilos que no miraban, sino que escaneaban metódicamente, calculando distancias y tiempos antes de dar un solo paso o tomar cualquier decisión. La mirada de un tío que ha aprendido desde pequeño que no hace falta correr si llevas ventaja en la cabeza.

¿Quién Soy? | FedriDes histoires addictives. Découvrez maintenant