Apuestas en las vegas

45 8 1
                                        

Dyann Rouge era un mercenario cuyos únicos límites los trazaba el grosor de su billetera. Tras haber liquidado a un cónsul ucraniano, se encontraba en Las Vegas, saboreando una copa de champán mientras observaba el frenesí de las mesas de juego. Él jamás caería en esa trampa; amaba demasiado el dinero como para dejarlo al azar. Para Dyann, el poder adquisitivo no era un medio, sino el único fin.
Buscando una distracción banal, pagó la entrada a uno de los tantos shows nocturnos de la ciudad. Allí, entre luces de neón y música vibrante, los bailarines exóticos se contoneaban en la barra, recogiendo fajos de billetes que caían como lluvia.

—Te gusta lo que ves, ¿eh? —soltó una voz a su lado.
Era Ciel. Dyann tensó la mandíbula al reconocer al peliblanco. Su relación era tensa, por no decir inexistente. Ciel era la antítesis de la eficiencia: un tipo impulsivo que no meditaba sus acciones más de dos minutos. Siempre terminaba masacrando a sus objetivos antes de que pudieran extraerles una sola palabra de información, algo que sacaba a Dyann de sus casillas. Para un hombre que valoraba la precisión y el beneficio, la imprudencia de Ciel era un gasto innecesario que no estaba dispuesto a tolerar.

Sin embargo, Ciel era lo más parecido a un amigo que Dyann podía permitirse: el tipo de aliado capaz de cubrirle las espaldas sin hacer preguntas cuando las cosas se ponían feas. Era un punto a su favor, uno minúsculo y casi exiguo, pero útil al fin y al cabo.

—Obvio que le gusta, si los dos son igual de desvergonzados —intervino una mujer de piel trigueña y mirada afilada que se mantenía de pie al otro lado.
Era Shinju. Su presencia siempre imponía una elegancia peligrosa.

—No me digas, Shinju... ¿y tú no estás acechando con ojos de tigre a esos bailarines? —se burló Ciel, dedicándole una sonrisa ladina.

Ella no respondió de inmediato. En su lugar, ajustó su vestido ceñido, haciendo gala de una coquetería innata mientras lucía sus largas piernas a través de la abertura del vestido.

—No estoy de cacería —respondió ella, encogiéndose de hombros con desdén—, pero no me importaría tener una noche desenfrenada con algún corderito si se cruza en mi camino

Oops! This image does not follow our content guidelines. To continue publishing, please remove it or upload a different image.

—No estoy de cacería —respondió ella, encogiéndose de hombros con desdén—, pero no me importaría tener una noche desenfrenada con algún corderito si se cruza en mi camino.

Dyann abrió la boca para soltar un dardo mordaz, pero el aire se le quedó atrapado en la garganta. De pronto, un chasquido eléctrico inundó el lugar y las luces estallaron en un ámbar cegador. Sobre el escenario, una figura alta y esbelta se materializó entre la bruma de tabaco y perfume caro; avanzaba con esa parsimonia depredadora de quien se sabe dueño absoluto del deseo ajeno.
El repiqueteo metálico de sus botas de tacón contra la madera barnizada marcaba un pulso propio, firme que pronto fue devorado por el bajo vibrante de la música, una melodía espesa que se sentía más en el pecho que en los oídos.
Con una lentitud tortuosa, comenzó el despojo de sus prendas . El roce de la seda deslizándose sobre la piel erizada, el chasquido de un botón liberado y ese aroma a almizcle y sudor frío que empezó a flotar en el ambiente. Cada gesto era una provocación: un movimiento Divino, un roce diabólico; una danza coreografiada para quemar la mirada de quien se atreviera a parpadear.

La música terminó en una ola de vítores y aplausos, salpicados por miles de ojos lujuriosos que le seguían ávidos de inmortalizar en su memoria cada contoneo de su figura.

Los tres permanecieron estáticos, con el deseo quemándoles la garganta. Una sola mirada del joven de ojos dorados fue el pistoletazo de salida para la cacería.

Dyann apuró su copa de un trago, dejando que el ardor del alcohol le encendiera la sangre, y sacudió su melena con arrogancia. Ya estaba trazando coordenadas en su mente.

—¡Es mío! —sentenció Ciel, haciendo crujir sus nudillos y estirando los brazos sobre su cabeza con la confianza de un depredador.

—Hum... Estamos en Las Vegas, cariño —intervino Shinju con una sonrisa ladeada y un parpadeo lento—. Aquí todo está permitido, excepto pedir turno.

—Zorra —masculló Ciel sin malicia—. El secuestro es ilegal; esto será pura seducción y dinero.

—Por mí, acepto el reto —concluyó el pelirrojo, destilando una seguridad magnética.

Sin más palabras, el grupo se lanzó hacia los camerinos. Ciel, el más directo, sacó un fajo de billetes para comprar información: «Law», le susurraron al oído, aunque le advirtieron que allí los nombres reales eran un mito prohibido.

Mientras tanto, Dyann aprovechaba las sombras para escabullirse por los pasillos técnicos, y Shinju, con su mejor porte de ejecutiva implacable, fingía ser una cazatalentos en busca de una estrella.

Entre mentiras de seda y pasos firmes, los tres convergieron en el mismo punto.
Irrumpieron en el área de baños privados justo cuando Law salía del agua. El vapor flotaba en el aire, cargado con el aroma a cloro y jabón costoso.

—He tenido acosadores impulsivos, pero ustedes rompen el récord —exclamó el bailarín sin inmutarse. Al contrario, se sentó en el borde de la pileta, dejando que las gotas de agua resbalaran por su torso definido, y se relamió los labios con descaro.

 Al contrario, se sentó en el borde de la pileta, dejando que las gotas de agua resbalaran por su torso definido, y se relamió los labios con descaro

Oops! This image does not follow our content guidelines. To continue publishing, please remove it or upload a different image.


Dyann, sintiendo un calor súbito, desvió la mirada con un rictus de orgullo herido. Ciel, en cambio, se cruzó de brazos, escaneando cada centímetro de esa piel húmeda.

—Bueno, ya sabes qué queremos de ti, guapo —soltó Ciel sin rodeos.

—¿Y qué ofrecen? —preguntó Law, entornando sus profundos ojos dorados, que brillaban como monedas bajo la luz artificial.

—Parece que ya estás acostumbrado a este tipo de... negociaciones —comentó Shinju, analizando la calma del joven.

—Oh, he sobrevivido a tipos mucho más entusiastas que ustedes. Nada me asusta.

—Dinero y una noche de pasión que no olvidarás —intervino Dyann, recuperando la compostura—. Pero te advierto: no comparto.

—Pues yo tengo antojo de un trío —manifestó Shinju, desafiante.

Law los recorrió con la mirada, uno por uno. Los tres le resultaban peligrosamente apetitosos. Una sonrisa lenta y maliciosa se dibujó en su rostro.
—Hagamos algo... —propuso Law—. Una ronda de tragos. El que se mantenga en pie al final de la noche, me tendrá a su entera disposición.

Dyann sonrió; ganarse a alguien sin vaciar la cuenta bancaria era su especialidad. Ciel solo buscaba el éxtasis de la experiencia, y Shinju... Shinju nunca le decía que no a un buen brindis, mucho menos si pensaba devorar a ese corderito.

Noches de copas con los catastróficosStories to obsess over. Discover now