¿Acaso, si no te hubiese visto de espaldas, si no hubieras despertado en mí tanta curiosidad sin siquiera mostrar tu rostro, habríamos permanecido simples extraños? Mis deseos por conocer más sobre aquel chico que se quedó en el aula mientras los demás descendían al recreo, y el anhelo de descubrirte sin que advirtieras mi existencia, fueron más fuertes que cualquier razón.
Al día siguiente, ahí estabas, sentado entre mis compañeras. «¡Sabrá Dios de qué hablan esos raros!», pensé. En realidad, moría de ganas por saber qué te causaba risa, qué atrapaba tu atención con tanta intensidad.
¿Fue buena aquella curiosidad mía hacia ti? Imposible saberlo, y ni siquiera quería intentarlo. Todo cambió cuando notaste mi presencia, a raíz de un torpe intento de jugar voleibol. Jugabas en el equipo contrario; podía sentir tu mirada, tras esos lentes de miopía, justo cuando me apuntaste y yo dudé si realmente me habías visto. «¿Fue por lástima o un intento amable con una desconocida?», me pregunté en silencio... Recuerdo que el nerviosismo me ahogaba: mi garganta seca y mis manos temblorosas, aferradas esperando la pelota.
Pero la pelota nunca llegó, se escapó de mi alcance. ¿Por qué tuve que romper el silencio y decirte que, aunque alta, no era tan alta para alcanzar esa estúpida pelota?
Después de eso, aparecías con más frecuencia, esos simples actos de presencia que para mí eran mucho más, aunque para ti carecieran de significado.
Mi interés por ti persistía; ya cruzábamos palabras, aunque fueran comentarios pasivo‑agresivos sobre lo «bien» que jugaba voleibol. Juré no desear más, no quería que notaras que existía, pero ya era demasiado tarde para eso.
Fue un error lograr tu número: no lo pedí, pero llegó igual, y con él, mis ganas de escribirte para que me agregaras. Lo hice, y que respondieras rápido encendió mis ilusiones.
Hablamos seguido de libros, de anime y de cualquier cosa que se me ocurría. ¿Por qué nunca eras tú quien iniciaba? Esa duda me corroía. Incapaz de aguantar más, como una estúpida, te pregunté si alguna vez podría llamarte la atención; fuiste claro: me rechazaste con la mayor gentileza posible. Agradecí esa honestidad y la respeté, aunque mi mente se hizo un lío y mi corazón sangraba (sí, sólo una metáfora).
Sin ninguna intención, te regalé un insignificante caramelo; no lo agradeciste en ese momento, pero después sí. Al recibir ese paquete de gomitas, mis sentimientos emergieron, ignorando la voz de mi conciencia que me repetía: «Está siendo agradecido, no le gustas, ya te lo dijo». (Me salto lo del regalo de cumpleaños porque me da cringe, pero no por eso dejó de ser importante.)
Días después, ya no hablábamos con la misma frecuencia, pero no quise presionarte, esperé. Tardaste, pero valió la pena: me escribiste para compartir ese libro que tanto ansiabas, y yo me sentí feliz por ti y porque compartiste algo personal conmigo. Dijiste que me traerías chucherías, sin deberme nada; fue un gesto espontáneo y, de nuevo, reapareció mi ingenua esperanza. Nunca te culparé por mis ilusiones; esa culpa fue sólo mía.
Hoy, casi no hablamos; o mejor, tus respuestas son cortantes y escasas.
Y como último acto de ¿amor?, he dejado de escribir, de esperar, y cuando lo hago, ya no es tan frecuente.
No debes imponerle a nadie que te ame o te corresponda; no porque te rindas, sino porque no puedes entregarlo todo a alguien que no está dispuesto a hacer lo mismo por ti.
NUNCA DEJES DE SER TU.
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Recuerdos de algo que no pudo pasar.
Short StoryRelato basado en una historia real. UN PEQUEÑO RELATO QUE LES DEJO. ESTÉN AL TANTO POR SI HAY SEGUNDA PARTE ¯\_(ツ)_/¯
