CAPÍTULO 1: LA LICITACIÓN DEL AÑO

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Bangkok amanecía con la precisión de una ciudad acostumbrada a ganar.

Los rascacielos reflejaban el sol como espejos afilados y, en los pisos más altos, las decisiones se tomaban antes de que el tráfico despertara del todo. Para Orm, ese era el único horario que importaba: el de quienes no podían permitirse llegar tarde a nada, ni siquiera a sí mismas.

El ascensor privado subió en silencio hasta el último piso del edificio Aurum Tower. Orm observó su reflejo en las paredes de acero pulido sin realmente verse. El traje negro, perfectamente entallado, no era una elección estética; era una armadura. El cabello recogido, el rostro neutro, los labios apenas curvados en una línea firme. Todo en ella estaba diseñado para no revelar nada.

Cinco minutos antes.
Como siempre.

—Buenos días, directora —saludó la asistente al abrirle la puerta de la sala de juntas.

Orm asintió sin detenerse. La sala ya estaba preparada: mesa larga de madera oscura, pantallas encendidas, botellas de agua alineadas con una simetría casi obsesiva. Los miembros del consejo aún no llegaban, pero el aire ya estaba cargado de expectativa.

La licitación de Eterna Lux no era un contrato más. Era el contrato.

Una expansión internacional. Campañas globales. Exclusividad por diez años. Quien ganara no solo dominaría el mercado; definiría la narrativa del lujo asiático durante la próxima década.

Orm apoyó las manos sobre la mesa y cerró los ojos un instante.

No había margen para el error.

—Nuestro historial habla por sí solo —dijo minutos después, cuando el consejo estuvo completo—. Crecimiento sostenido, liderazgo regional, campañas premiadas. Eterna Lux no necesita riesgos. Necesita resultados.

Las diapositivas avanzaban con precisión quirúrgica. Gráficos ascendentes. Cifras impecables. Proyecciones sólidas. Orm hablaba con la seguridad de quien no pide permiso, solo confirma lo inevitable.

—Estamos de acuerdo —respondió uno de los inversionistas—. Aunque este año hay... competencia inesperada.

Orm levantó la mirada apenas lo necesario.

—¿Inesperada?

—Una empresa emergente. Creativa. Mucho ruido mediático.

Orm no sonrió.
El ruido no ganaba licitaciones.

—Las tendencias cambian —añadió otro—. Eterna Lux busca conectar con nuevas generaciones.

—Conectar no significa improvisar —respondió Orm con calma—. Significa liderar.

Fue entonces cuando la puerta se abrió.

No con brusquedad.
No con timidez.

La mujer que entró parecía no tener prisa, como si el tiempo se adaptara a ella y no al revés. Vestía un traje claro, de líneas simples pero elegantes, y su presencia contrastó de inmediato con la sobriedad oscura de la sala. No era una irrupción. Era una declaración.

—Disculpen la demora —dijo con una voz suave pero segura—. El tráfico no entiende de licitaciones históricas.

Algunos sonrieron. Otros se tensaron.

Orm levantó la vista.

Y por primera vez en años, algo en su interior se desacomodó.

La mujer caminó hasta el extremo opuesto de la mesa y dejó su carpeta con cuidado, como si cada gesto tuviera intención. Sus ojos recorrieron la sala con curiosidad genuina, no con cálculo. Cuando habló de nuevo, su sonrisa no buscaba agradar: simplemente existía.

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