La mayoría de la gente no entiende que estar solo y sentirse solo son dos cosas completamente diferentes.
Charles llevaba tres años perfeccionando el arte de ambas.
El Instituto Belleview era exactamente lo que decía en el folleto: exclusivo, seguro, diseñado específicamente para omegas. Sin alfas. Sin drama. Sin complicaciones. O eso decían.
Charles pensaba que era más bien: sin vida.
Se acomodó en su asiento de siempre—última fila, ventana derecha—y sacó su libreta con la misma rutina de los últimos mil días.
Nadie se sentaba a su lado. Nunca. Era como si hubiera un cartel invisible que decía "Zona de cuarentena social".
No es que le molestara.
(Mentira. Sí le molestaba. Pero admitirlo era peor.)
—Buenos días, clase.
La profesora Émilie entró con su energía de "tomé cuatro cafés y voy a hacer que esto sea tu problema". Charles ni siquiera levantó la vista.
—Hoy hablaremos sobre la dinámica social en estructuras omegacéntricas y cómo...
Charles dejó de escuchar en la palabra "social". Ya sabía cómo iba a terminar: con una presentación en grupo que haría solo porque nadie querría trabajar con él.
Abrió su libreta. Empezó a dibujar.
Un gato. Siempre dibujaba gatos. Amaba los gatos.
—Disculpa, ¿este asiento está ocupado?
Charles parpadeó.
Alguien le estaba hablando.
A él.
Levantó la vista despacio, como si el movimiento brusco pudiera romper la simulación en la que claramente estaba viviendo.
Un chico—omega, obvio, era lo único que había aquí—lo miraba con una sonrisa tan genuina que Charles casi revisó si había alguien más detrás de él.
—¿El asiento? —repitió el chico, señalando la silla vacía.
—Ah. No. Digo, sí. Digo... —Charles cerró la boca antes de seguir haciendo el ridículo—. Está libre.
El chico se dejó caer en la silla con una energía que no pegaba con un lunes a las 8 AM.
—Genial. Soy Sergio, por cierto. Pero todos me llaman Checo.
—...Charles.
—¿Charles qué?
—¿Qué?
—Tu apellido.
—Ah. Leclerc.
—Checo Pérez. —Extendió la mano como si estuvieran en una reunión de negocios y no en un salón que olía a marcador y desesperanza adolescente.
Charles la estrechó porque no hacerlo sería raro.
La mano de Checo era cálida. Firme. Como si supiera exactamente quién era.
Qué raro debía sentirse eso.
—¿Eres nuevo? —preguntó Charles, porque era lo único que tenía sentido.
—Sip. Primer día. Me mudé hace poco.
—Ah.
—¿Llevas mucho aquí?
—Tres años.
—¿En serio? Entonces ya sabes dónde está todo. Perfecto. Pensé que me iba a perder como quince veces antes del almuerzo.
Charles casi sonrió.
—Es difícil perderse. Todo es un pasillo recto.
—Tú no me conoces. Yo podría perderme en un pasillo recto.
Eso sí le sacó una sonrisa. Pequeña. Pero real.
Checo lo notó. Y sonrió más.
—Bien, Charles Leclerc. Oficialmente eres mi guía turístico.
—No... no dije eso.
—No tuviste que hacerlo.
La profesora Émilie carraspeó desde el frente.
—Si terminaron de socializar...
Checo se hundió en su silla con una sonrisa culpable.
Charles sintió cómo las mejillas le ardían.
Genial. Tres años invisible y ahora lo regañaban el primer día que alguien le hablaba.
Pero mientras la clase seguía, Charles notó algo raro.
Checo no se movió de lugar.
No buscó otro grupo.
No actuó como si sentarse ahí hubiera sido un error.
Se quedó.
Y cuando sonó el timbre, mientras todos salían en estampida, Checo se giró hacia él con esa misma sonrisa desarmante.
—¿Entonces? ¿Dónde queda la cafetería?
Charles guardó su libreta despacio.
—Te... ¿te llevo?
—Eso espero.
Y por primera vez en tres años, Charles no caminó solo por el pasillo.
No sabía qué pensar al respecto.
Pero tampoco quería que terminara.
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¿Esto está bien?
FanfictionDonde Charles, un omega sobreprotegido por su madre, conoce al hermano mayor de su nuevo amigo.
