A veces, la dureza de un oficio no reside en el esfuerzo físico, sino en el odio de la mirada ajena. Existen empleos que no solo desgastan el cuerpo, sino que rompen el alma, especialmente cuando la supervivencia depende de cumplir una función que el resto del mundo ha decidido odiar. Es una paradoja cruel: ser juzgado por asegurar el pan, ser visto como un monstruo por aquellos que ignoran las razones detrás del acto.
Es la misma ceguera social que desprecia a la madre que vende su cuerpo para comprar el futuro de sus hijos. Para el espectador casual, ella es solo un objeto de asco: para sus hijos, es el escudo entre ellos y el hambre. Pero el mundo rara vez busca el propósito, prefiere la comodidad del juicio rápido, aunque ¿a quién le importa eso? ¿Quién se da el tiempo de comprender? ¿Quién no juzga con solo ver? Todos viven el mismo ciclo, los mismo prejuicios que hacen inconscientemente sobre las personas que no lastiman a nadie pero aun asi la gente odia sin saber ni el por qué. En ese abismo de incomprensión vivía Taph, conocido por muchos simplemente como el destructor.
Taph no era un villano, aunque su silueta encapuchada proyectara lo contrario. Vestía capas gruesas de tela reforzada para protegerse del el polvo de las explosiones que eran su día a día. No era un empleado oficial de la ciudad, pero Builderman lo mantenía en nómina secreta. Su tarea era sombría pero necesaria: demoler los hogares de aquellos que habían sido desterrados, los "baneados".
Él no decidía quién se iba: él no firmaba las sentencias de exilio. Taph solo llegaba cuando el juicio había terminado, para limpiar el terreno y preparar el espacio para algo nuevo. Sin embargo, para la multitud, él era la encarnación del castigo y la destrucción, quien sin piedad los hacia sufrir.
Mientras trabajaba, el aire se llenaba de insultos y piedras. La gente gritaba "justicia", descargando su impotencia contra el hombre que empuñaba los explosivos. Taph intentaba defenderse, explicar que solo seguía órdenes, pero su comunicación era una barrera insalvable. Aunque su lenguaje se señas era bastante nulo al abrir su burbuja de texto, solo brotaban emojis y símbolos que la gente, cegada por la ira, interpretaba como una burla o una provocación.
Al terminar la jornada, Builderman solía felicitarlo por su eficiencia ante la destrucción de las casa que le encargo. Pero las felicitaciones no curaban los moretones bajo la capucha ni quitaban el sabor a ceniza de su boca. Taph regresaba a su casa y se desplomaba sobre la cama, aún cubierto de polvo y pedazos de las casa que destruía, demasiado exhausto para lavarse, deseando que el sueño borrara la imagen de la última piedra lanzada a su cabeza.
El ciclo se repetía con la precisión de un reloj roto. Una mañana, al llegar a las oficinas para recoger la lista negra de propiedades, Taph se encontró con una presencia inusual. Junto a su jefe estaba Shedletsky, el administrador de mirada afilada, ambos discutían unas cosas que ocurrían con la gente.
Taph, educado a pesar de su cansancio, intentó saludar ya que mamá no lo crió sin modales. Pero su presencia era un susurro en una tormenta, nadie lo escuchó. Golpeó la puerta con timidez y discreción, pero los grandes hombres seguían sumergidos en sus planes. En ese momento, una profunda melancolía lo invadió: el deseo de tener una voz real, de ser comprendido sin el filtro de los malentendidos, pesaba más que su bombas.
Fue entonces cuando una mano se posó en su hombro. Taph dio un sobresalto y se encontró con una figura: un hombre con una calabaza brillante en su cabeza que sostenía un bastón con elegancia.
-Un gusto conocerte -dijo la figura con una voz que irradiaba una calma inusual.
Taph bajó la cabeza, intimidado, y saludó con la mano. Olvidando por un momento su cansancio, comenzó a mover sus manos con agilidad, elogiando la luz que emanaba de la calabaza de aquel extraño. Para su sorpresa, el hombre no lo miró con confusión.
-Gracias por el cumplido, pequeño -respondió el desconocido, riendo suavemente- Entiendo lo que dices.
Esa simple validación fue como un alivio. Taph comenzó a "hablar" frenéticamente, sus manos dibujando conceptos en el aire, feliz de ser finalmente escuchado. La charla fue interrumpida por la burla de Shedletsky:
-Oye, Matt, estamos aquí para trabajar, no para ligar con el demoledor.
Taph se encogió, sus señas se volvieron erráticas y nerviosas mientras intentaba disculparse, pero el hombre de la calabaza lo detuvo con un gesto gentil.
-No le hagas caso -intervino Builderman, entregándole el listado-Taph, aquí tienes las casas de hoy, ten suerte y recuerda que cualquiera cosa avísame- taph asintió para luego dirigirse a la puerta
Antes de irse, Taph reunió valor. Sacó su teléfono y, con manos temblorosas, se lo extendió al hombre de la calabaza. Su miedo al rechazo era tan notable, pero el extraño simplemente sonrió.
-Quizás nos topemos más seguido, Taph. Soy Dusekkar.
Esa noche, el cansancio fue diferente. Al llegar a casa, un mensaje iluminó su pantalla: era Dusekkar. La conversación fluyó más allá del trabajo, hablaron de pasatiempos, de la ciudad, de cosas triviales que Taph nunca había compartido con nadie. Finalmente, llegó la invitación: ir al museo a ver una nueva exposición de arte contemporáneo.
Taph aceptó de inmediato, aunque, en el fondo, sabía que el arte le resultaba aburrido. Él todavía era el tipo de persona que, en secreto, creía en Santa Claus.
las metáforas abstractas de los lienzos le eran ajenas.
El día de la salida, Taph se arregló lo mejor que pudo, ocultando sus cicatrices de trabajo. En el trayecto al museo, sintió las miradas de siempre -el asco, el juicio-, pero esta vez tenía un destino. Al llegar, Dusekkar lo esperaba. Verlo allí, bajo la luz del vestíbulo, provocó en Taph un chispazo de emoción que nunca antes había sentido.
Dentro del museo, el contraste era evidente. Dusekkar se detenía frente a cada pieza, apreciando los matices, mientras Taph escuchaba a los guías explicar significados que él jamás habría imaginado. Para Taph, un cuadro de un círculo rojo era solo un círculo rojo, no "el dolor de una nación perdida".
Sin embargo, no se aburrió. Se quedó allí, en silencio, observando. Pero no observaba las paredes. Para Taph, el único arte digno de admiración en esa sala era el propio Dusekkar. Observaba cómo la gente respetaba al hombre de la calabaza, cómo le sonreían y le cedían el paso. Sentía una profunda admiración, una mezcla de afecto y el anhelo de algún día ser visto con esa misma calidez.
Al salir, era muy tarde, si que habían pasado todo el día "apreciando el arte" aunque ambos lo hicieron de diferente maneras. Dusekkar se ofreció a acompañarlo a casa, caminaron entre bromas y anécdotas, y por primera vez en mucho tiempo, Taph no sintió el peso de las piedras lanzadas por la mañana. Aquel lugar aburrido se había convertido en el escenario de su mejor recuerdo, simplemente porque no tuvo que estar solo en su silencio.
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No seguirá el lore, ademas que taph destruirá casa y no experiencia ya que asi es mas facil
Y bueno las historias de Dusekkar y taph son escasas asi que toco crear 🥵🥵
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Te Amo
FanfictionEsta historia no seguirá el lore fiel 👻 aunque que esperan de un fanfic de wattpad Dusekkar x taph!!! 🗣‼️‼️ (amo ese ship) No dare spoilers porque de todas formas soy horrible con las descripciones, asi que si me tienes fe lee esta cagada humana
