Capítulo 1: El sabor amargo del azúcar

31 4 1
                                        


Cuando yo era su mundo
Antes de los trajes de tres
piezas y las reuniones de junta
que terminan a la madrugada,
Seokjin y yo éramos simples.

Nuestra relación no se medía
en el precio de los pasteles que
enviaba por mensajería, sino en
los minutos que robábamos al reloj
para estar juntos.

Al principio, todo era de maravilla.
Jin era ese tipo de hombre que te
hacía sentir que el resto del mundo
se volvía borroso cuando te miraba.

Si estábamos cenando y su teléfono
sonaba, él lo apagaba sin siquiera
mirar la pantalla. "Nada es más
importante que lo que tengo frente
a mí", solía decirme con esa seguridad
que me hacía creer que habíamos
construido un búnker contra el
resto del mundo.

Él siempre tuvo un corazón
gigante.

Me enamoré de su capacidad para
cuidar a los demás, de cómo ayudaba
a su madre con las compras o cómo
aconsejaba a su hermano menor.

En ese entonces, su bondad
era una virtud que compartíamos.
Yo era su prioridad absoluta; él movía
cielo y tierra para estar en mis días
importantes, incluso si solo era para
verme diez minutos antes de
un examen.

Pero el éxito llegó, y con él, el
Seokjin CEO empezó a devorar al
Seokjin que yo conocía.

Poco a poco, las prioridades
empezaron a mutar. Primero fue una
cena cancelada por una "emergencia"
en la oficina.

Luego fue un aniversario interrumpido
porque su hermano se había metido
en problemas otra vez y "solo Jin
podía arreglarlo".

El cambio fue tan sutil que no me di
cuenta de cuándo dejé de ser el
centro de su universo para convertirme
en una nota al pie de su agenda.

Aprendí a conformarme con las
sobras de su tiempo. Aprendí a aceptar
que su teléfono era el tercer integrante
de nuestra relación. Y así, casi sin darme
cuenta, pasé de ser su mundo a ser su Segunda Opción.

Esa noche de mi cumpleaños, yo solo quería recuperar un poco de lo que fuimos. Por eso, cuando estábamos en su oficina antes de ir a casa, mis manos temblaron un poco al acomodar el cuello de su abrigo.

-Hoy llegaras temprano, ¿cierto? -pregunté. No era una pregunta por curiosidad, era un ruego disfrazado de duda.

-Si amor, llegare temorano-aseguró.
Y yo, como una tonta que aún guarda brasas de un incendio que se apaga, decidí creerle una vez más.

La mansión de los Kim era un despliegue de elegancia silenciosa, pero esa noche, el bullicio de mis amigos y los parientes de Jin llenaba los techos altos de calidez.

Jin se veía impecable; el traje oscuro parecía fundirse con su porte de CEO, pero sus gestos conmigo eran suaves, casi protectores. Me mantuvo a su lado durante toda la recepción, presentándome con orgullo, como si quisiera reafirmar que, por una noche, el mundo de los negocios no tenía entrada.

​Sin embargo, la seguridad en este tipo de hombres es un cristal muy fino.

​-Es hora -anunció su hermano, trayendo el pastel.
​Las luces bajaron de intensidad y el resplandor de las velas comenzó a bailar en las paredes de mármol. Mis amigos empezaron a cantar, y yo sentí el brazo de Jin rodear mi cintura, atrayéndome hacia su costado. En ese instante, rodeada de su familia y bajo el peso de su brazo, me sentí invencible. Sentí que todas mis dudas anteriores eran paranoias injustas.

​Cerré los ojos para pedir mi deseo. Quería pedir "tiempo". Quería pedir que el reloj se detuviera justo ahí, donde él era solo Seokjin y yo era su prioridad.

​Pero el deseo murió antes de nacer.
​Un vibrato insistente contra mi cadera -el teléfono de Jin en su bolsillo- rompió la armonía del canto.

Sentí cómo su cuerpo se ponía rígido, perdiendo esa suavidad que había tenido toda la noche. Su brazo se deslizó de mi cintura como si mi presencia hubiera dejado de tener peso.

​-Jin... no -susurré, casi de forma imperceptible, rogándole con la mirada mientras él sacaba el dispositivo.
​Él no me miró a mí. Miró la pantalla con una urgencia que me hizo sentir pequeña, como un estorbo en su verdadera vida.

​-Es de la planta de logística, Eunsoo. Si no contesto ahora, el turno de la noche se detendrá -dijo, pero sus palabras sonaban a una excusa que ya se sabía de memoria.

​Sin esperar a que yo soplara las velas, sin esperar a que la última nota de la canción terminara, dio media vuelta.

Lo vi caminar hacia el despacho principal, su figura alejándose entre las sombras de los pasillos de la mansión mientras ya se llevaba el teléfono al oído, recuperando ese tono de voz autoritario que borraba cualquier rastro del hombre que me había besado hace una hora.

​El silencio que siguió fue ensordecedor. Mis amigos se miraron entre sí, incómodos, y su madre soltó un suspiro de resignación que dolió más que un insulto. Me quedé allí, de pie frente a un pastel cuyas velas empezaban a derramar cera sobre el betún, sintiendo cómo el calor de la fiesta se evaporaba.

​No era la primera vez. Era el aniversario que terminó en una llamada de trabajo, era la cena con mis padres que él abandonó para "rescatar" a un socio en crisis.

Amaba su entrega, amaba su éxito, pero en ese momento, mirando el lugar vacío a mi lado, la verdad me golpeó con la frialdad del mármol:
​Jin no necesitaba una novia; necesitaba una espectadora que aplaudiera mientras él salvaba a todos los demás, menos a ella.

Segunda Opción Stories to obsess over. Discover now