Nadie gritaba.
Eso fue lo primero que noté, aunque tardé en entender por qué me molestaba tanto. No había caos, ni escenas que merecieran ser detenidas. Todo funcionaba. Demasiado bien.
Las cosas estaban donde debían estar. Las personas también. Cada gesto tenía un nombre correcto, cada decisión una explicación aceptable. Nadie parecía incómodo. Nadie parecía culpable.
Yo sí.
No sabía por qué. No todavía. Era una sensación pequeña, persistente, como una palabra mal usada en una frase perfecta. Algo que no encajaba, pero que todos decidían ignorar.
Me dijeron que exageraba.
Que pensar tanto cansaba.
Que sentir no era necesario.
Aprendí rápido que, en este mundo, la locura no era perder el control, sino detenerse a mirar. Que la cordura no se castigaba con violencia, sino con algo peor: indiferencia.
Todo existía. Absolutamente todo.
Excepto el límite.
Y fue entonces cuando entendí que no estaba rodeado de monstruos.
Estaba rodeado de personas que habían aprendido a no llamarse así.
YOU ARE READING
Poca Cordura
Short StoryEn este mundo no hay mitos. O tal vez sí: la cordura. Todo aquello que el ser humano teme existe, convive, respira. Las criaturas, las conspiraciones, las sombras antiguas ya no sorprenden a nadie. Son parte del paisaje. Lo que nunca terminó de acep...
