1| Shadows at Dawn

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Agosto, 2024

El sonido de la alarma no fue lo que me despertó. Fue el impacto de un cojín de terciopelo verde contra mi cara.

—¡Elianne! ¡Mueve tu trasero o el Dr. Evans te va a usar para practicar autopsias en vida!

Gruñí, apartando el cojín y entreabriendo un ojo. La luz del sol se colaba sin piedad por las cortinas de nuestro apartamento en Queens. Mi cuerpo se sentía como si me hubieran atropellado; los músculos de mis muslos ardían y tenía la espalda rígida. Las secuelas de haber estado colgada de una barra de metal hasta las cuatro de la mañana.

—Cinco minutos más, Giada —murmuré, enterrando la cara en la almohada—. Solo cinco.

—Ni hablar. —Sentí el peso de Giada sentándose en el borde de mi cama—. Tienes prácticas en el hospital en cuarenta minutos. Y te recuerdo que anoche "Vee" ganó una fortuna en propinas, pero Elianne necesita aprobar Farmacología para no tener que depender de esas propinas para siempre.

Me incorporé de golpe al escuchar su nombre en código para mí. Me froté los ojos, enfocando a mi mejor amiga. Giada estaba impecable, como siempre. Su cabello rizado era un halo perfecto. Nadie adivinaría que hace apenas unas horas ella estaba en el vestuario del Velvet quitándose purpurina del escote igual que yo.

—Odio que tengas razón —dije con voz ronca, estirando los brazos. Mis vértebras crujieron—. ¿Me preparaste café?

—Doble carga. Negro como tu alma de mafiosa secreta —bromeó, pasándome una taza humeante.

—¡Shh! —La miré con pánico fingido, señalando las paredes de papel del edificio—. No digas eso ni en broma.— Giada rodó los ojos pero me sonrió con cariño. Ella era la única en este continente que conocía la verdad. Bueno, parte de la verdad. Sabía que bailaba, sabía que huía de algo, pero no sabía que mi apellido real pesaba más que el plomo en Italia—. Vamos, bebe. Te dejé unas tostadas. Yo me voy a la biblioteca.

Mientras me duchaba con agua helada para despertar mis sentidos, suspiré dejando que el agua borrara el olor a humo de cigarro que parecía impregnado en mis poros. Era una locura. Estaba agotada. Pero cada dólar que ganaba en el club iba directo a la cuenta del prestamista. La deuda por intentar salvar a la pequeña Sophie todavía me ahogaba, pero no me arrepentía. Jamás me arrepentiría de haber intentado salvar a una niña, aunque el final hubiera sido trágico.

Salí de la ducha y me transformé. Fuera maquillaje pesado, fuera actitud desafiante. Me recogí el pelo en una coleta tirante, me puse mi uniforme azul cielo de estudiante de enfermería y mis zapatillas blancas.

Frente al espejo, ensayé mi sonrisa. —Hola, soy Elianne, su enfermera de hoy. ¿Cómo se siente?


                                                    

                                                                                 *


Llegué al hospital derrapando, con el café en una mano y mi mochila llena de libros de farmacología en la otra. El caos de la sala de urgencias me golpeó de inmediato: pitidos de monitores, gritos de enfermeras jefes y el olor inconfundible a desinfectante.

—¡Thompson! —La voz de la enfermera supervisora, la Sra. O'Malley, sonó como un látigo—. Llegas un minuto tarde.

—Lo siento, el metro se retrasó en la 42 —mentí con fluidez mientras dejaba mis cosas en la sala de descanso.

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