Durante la época de otoño, mi corazón quedó tan seco como las hojas que caen de los árboles.
Una noche, ahogado en mi propio dolor, me refugié en un bar, aislado de la vida cotidiana, rodeado de personas que nadie desearía tener cerca.
De pronto, la puerta se abrió y una ráfaga de viento arrastró hasta mí una hoja aún viva, roja como el fuego, fría y húmeda como el hielo.
Levanté la cabeza por puro instinto. Y entonces la vi: la primavera hecha mujer, un contraste perfecto en contraposición a lugar sombrío. Bella. Exótica. Imposible de ignorar.
Aunque la lluvia la había empapado, su belleza seguía intacta: ojos ámbar que parecían arder, labios rosados y llenos de vida, y aquel cabello negro azabache pegado a su rostro, resaltando cada línea de su expresión.
Sabía que no era el único mirándola, pero aun así permanecí inmóvil, deseando que su mirada se cruzara con la mía.
No ocurrió. Un tipo baboso fue más rápido. No escuché lo que le soltó, pero la expresión de ella lo dijo todo: asco, incomodidad... y rabia.
Antes de que pudiera moverme, su puño impactó en la cara del imbécil y su rodilla terminó hundida en su entrepierna. Sonreí. Me gustaba. Tenía carácter.
Caminó sobre aquel despojo sin darle importancia y se acercó a la barra, quedando solo a unos pasos de mí. Sus amigos intentaron levantarse para ir tras ella, pero les sostuve la mirada con la advertencia silenciosa de siempre. Mi reputación —y la de mi familia— hizo el resto. Se sentaron de inmediato.
Cuando volví a mirarla, ella ya me observaba. Su mirada, mezcla de curiosidad y amenaza, me atravesó por dentro. Y sí... debo admitirlo: me excitó
Después de sostener mi mirada, ella dejó escapar un murmullo apenas audible, como si hablara consigo misma.
—Menudo zoológico... y yo sin jaula.
Fue tan suave que cualquiera lo habría pasado por alto. Pero no yo. No pude evitar soltar una pequeña risa, mientras ella pedía un refresco.
Sin apartar la vista de su bebida, solté una media sonrisa.
—Te faltan las palomitas para completar la experiencia —comenté, lo bastante alto para que supiera que la había escuchado.
Ella giró lentamente el rostro hacia mí, con una ceja alzada, como si evaluara si reírse, molestarse o seguir analizándolo como hacía con el resto del bar , pero también había una pizca de sorpresa, como nerviosismo.
Sus labios se curvaron apenas, en un gesto algo burlón, seguramente para camuflar esos sentimientos contradictorios que llevaba dentro.
—No sabía que tenía público —respondió, con una voz tan suave como... no sabría describirla, pero cargada de un matiz desafiante, casi amenazante.
—No suelo quedarme con las ganas de responder cuando escucho algo interesante —dije, girándome por completo hacia ella. Llevé mi bebida a la boca, amarga como mi alma, sin apartar la vista de esos ojos intensos que parecían retarme.
Ella no respondió al respecto; simplemente desvió la mirada hacia su refresco. Me pregunté qué estaría pensando, justo antes de que soltara una pequeña risa. Luego se quitó el abrigo empapado y lo dejó sobre la silla. Le di gracias al destino: incluso a través de la ropa, su figura era hermosa.
De inmediato me giré y carraspeé la garganta, lo que provocó que ella volviera a mirarme. Creo que por primera vez en mi vida sentí vergüenza. Seguí la dirección de sus ojos de reojo... y entendí. Crucé las piernas para disimular y calmarme, mientras daba otro trago.
—¿El pajarito se despertó? —preguntó con una calma cruelmente dulce, cada sílaba empapada de burla—. Parece que hay ciertos animales pequeños que todavía no aprenden a quedarse en su jaula.
El tono era provocador, sí, pero había en él algo más... una chispa juguetona, un filo que dejaba claro que estaba disfrutando cada segundo de mi reacción.
Bebí otro sorbo, intentando ocultar el calor que me trepaba por el cuello.
—No soy un animal manso—dije finalmente, dejando el vaso con más firmeza de la necesaria—. Y tú tampoco deberías asumirlo.
Ella arqueó una ceja, un gesto casi imperceptible pero peligrosamente seguro de sí.
—Oh, créeme —murmuró—. No asumo nada. Solo observo.
Y volvió a llevarse la bebida a los labios sin apartar la mirada de mí, como si le divirtiera comprobar hasta dónde podía empujarme sin siquiera tocarme.
No pude evitar que una risa escapara de mis labios. Esta situación era realmente única.
—Soy Alexander, pero todos me conocen como Lexan —solté de golpe, tendiéndole la mano a modo de presentación.
Ella no respondió de inmediato. Se quedó en silencio unos segundos, observando mi mano extendida mientras aún bebía del vaso, como si estuviera evaluando qué hacer con esa súbita formalidad.
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TU ERES MI SALVACIÓN
RomanceTras años de aislamiento voluntario, la vida de Lexan se ve alterada por la aparición de Anya, una mujer tan enigmática como directa, que irrumpe en su mundo con un propósito que no está dispuesta a revelar del todo. Lo que comienza como un encuentr...
