CAPÍTULO 1 - Cenizas

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Londres, Reino Unido.

Sebastián Vane no tenía accidentes.

Alaric leyó el obituario por tercera vez mientras el Bentley avanzaba por las calles de Londres.

Sebastián Vane (30). Trágico accidente. La familia agradece respeto en este momento difícil.

Pura mierda.

Bloqueó la pantalla del teléfono con un movimiento seco y dejó caer la mano sobre el asiento. La rodilla le palpitaba. No era un dolor agudo, sino algo más traicionero: profundo, persistente, como si alguien hubiera dejado un clavo oxidado enterrado entre los ligamentos y el clima húmedo de Londres se empeñara en recordárselo. Estiró la pierna, tensando el muslo hasta que el músculo respondió con un espasmo breve. Respiró por la nariz. Lento. Controlado.

No era solo la rodilla. Era la ciudad.

Londres avanzaba al otro lado del cristal tintado, indiferente y vieja, con esa elegancia cansada que solo tienen los lugares que han sobrevivido a demasiadas cosas. Fachadas victorianas recicladas en boutiques de lujo, aceras limpias sobre cimientos podridos. Nada había cambiado. Eso era lo peor.

Alaric fijó la vista en su reflejo borroso en la ventanilla. Ojos claros marcados por el jet lag, barba de dos días, el gesto duro de alguien que no había dormido bien en años. Elena detestaría ese descuido.

Había regresado desde Estados Unidos sin despedirse del equipo, sin procesar el viaje ni la lesión que aún lo acechaba en silencio. La ciudad lo recibía con ese mismo olor rancio de privilegios.

El chofer, un hombre joven con demasiada cortesía para alguien que llevaba un apellido como el suyo, carraspeó antes de hablar.

—Dicen que Londres nunca cambia —comentó, inseguro, mirándolo por el retrovisor—. El tráfico sigue siendo un infierno.

Alaric no respondió. Presionó la lengua contra el paladar, un gesto automático cuando algo no encajaba.

El chofer volvió a intentarlo, bajando la voz.

—Lamento lo de su hermano, señor Vane. Un accidente terrible.

Accidente.

La palabra se le quedó atrapada en la cabeza. No por el duelo —esa etapa la había saltado hace años, como todos en su familia— sino por la incoherencia. Sebastián no "tenía accidentes". Era impecable, metódico, obsesivo.

La rodilla respondió con un latido más intenso. Como si el cuerpo supiera algo que la versión oficial se empeñaba en negar.

La mansión apareció en la curva como un objeto faltante en la ciudad moderna: portones de hierro forjado, ventanales altos que reflejaban el cielo gris, el tipo de fachada que respira autoridad y dinero viejo.

El coche se detuvo. Alaric bajó antes de que el chofer pudiera rodear el vehículo para abrirle. El aire frío le golpeó la cara, dándole una bofetada de bienvenida. Se estiró el cuello, sintiendo cada vértebra crujir.

Medía casi 1.90 m, hombros anchos bajo una chaqueta de lana negra, espalda recta a pesar de la lesión que lo perseguía como un fantasma. Había perdido peso desde la última vez que pisó Londres, pero conservaba la estructura de alguien que había vivido disciplinado: brazos fuertes, abdomen marcado bajo la camiseta oscura, manos grandes que sabían romper cosas con precisión. Pantalón negro, botas de cuero gastadas, reloj suizo en la muñeca izquierda. Parecía recién salido de una revista de moda masculina aunque acabara de pasar diez horas en un avión.

Joseph, el mayordomo, esperaba bajo el pórtico. Parecía más viejo. Más encorvado que la última vez, como si la casa lo hubiera ido doblando poco a poco.

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