Cuando el cielo se tiñó de violeta y los rayos del alba se filtraron entre los árboles como dedos de oro, la jovencita postrada sobre su lecho, rodeada de suaves telas calentitas, abrió sus ojos para observar el rayo de luz pegar sobre la ventana. Solo pudo pensar: «Ya es hora». Quitó la cobija de encima, bajó los pies y corrió en busca de su abrigo. Solo tuvo que abrir la puerta y asomar la cabeza una vez para llamar la atención de una de sus doncellas, que esperaba pacientemente junto a la puerta a que despertara, como cada amanecer.
Esa madrugada la vistió con un precioso vestido de seda violeta, unas pulseras de oro que iban a juego con un bonito collar en forma de corazón en su cuello, un obsequio de su madre por su octavo cumpleaños, apenas reciente. El cabello largo, liso, de un tono rubio platinado, caía sobre la espalda de la niña y era adornado por una diadema. A la joven princesa no le disgustaba el método de alistarse, le gustaba muchísimo el color violeta, las joyas que les regalaban sus padres y ver una pequeña trencita a mitad de su cabello, pero ese momento era importante y necesitaba apresurarse antes de que el sol llegara a la torre más alta.
Rhaenyra tenía ocho años recién cumplidos, aún así tenía la destreza para engañar a sus doncellas. Tosió y fingió sentir un malestar, asegurando que esa mañana debería desayunar en la habitación.
Odiaba esos días, su madre estaba encerrada en su alcoba desde la última vez que la escuchó gritar, y no la vio desde entonces. Las doncellas dijeron que su madre estaba enferma y que debía darle un poco de tiempo, así que los desayunos solo eran para la princesa. Mientras su padre, el Rey, iba de un lado a otro seguido por aquellos hombres serios.
Cuando las doncellas trajeron una tetera y un pastel de zarzamora, se confundieron al recibir la orden de la joven princesa para que trajeran otro té y un pastel de limón. Fingiendo tener la atención en la muñeca que su padre le había obsequiado, la princesa vio de reojo a las doncellas marcharse de la habitación con rapidez, y con un brillo de alegría bajó la mirada hacia el pastel, la tetera y la única taza de té.
Y cuándo las doncellas regresaron con el preciado pastel de la princesa, la sangre abandonó el rostro de las muchachas al no ver a la jovencita.
Los pasillos silenciosos fueron mínimamente acaparados por los delicados pasos que dio la princesa a puntitas de pie. Abrazando la tetera caliente, con la taza de porcelana atada a su cintura y su mano temblando mientras sostenía el pastel, tuvo que evitar a un par de caballeros de la Guardia Real. Rhaenyra estaba tan concentrada en que no se le cayera nada y en evitar que la vieran, así que cuando se agachó detrás de una columna y cruzó sigilosamente por debajo de una ventana, ignoró por completo las voces de la Mano del Rey, Ser Otto Hightower, y del Gran Maestre Mellos. De sus bocas salían palabras aburridas y pasivas insultantes hacia su madre, así que no veía la necesidad de escucharlos.
Solo cuando esquivó las escaleras principales, cruzó la torre y bajó por las escaleras del área de entrenamiento, suspiró aliviada. El aire fresco y algo frío se sentía mejor que el aire del castillo, la suave y leve luz del sol era como probar un bocado de pan después de una terrible hambruna. Y su pequeña sonrisa de victoria fue disminuyendo cuando al final de las escaleras vio a una persona, la única persona que podía leer las travesuras de la princesa sin entrar en su mente.
—Es muy temprano para dar un paseo, su Alteza. —El caballero de la Guardia Real, Ser Steffon Darklyn, permanecía tan serio como cualquier otro caballero de su rango, pero con ese brillo de victoria en los ojos.
—Entonces, daré un paseo rápido. —La princesa bajó los últimos escalones y se vio ampliamente superada por la estatura del caballero.
—Disculpe mis modales, princesa. Pero no creo que una tetera y su desayuno sean para una caminata en un área como esta.
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Al amanecer (Rhaenyra Targaryen)
FanfictionBreve relato de la joven princesa y sus escapes al Pozo Dragón. [©HISTORIA DE MI COMPLETA INVENCIÓN, LOS PERSONAJES Y SUS HISTORIAS LE PERTENECEN A GEORGE R.R. MARTIN]
