1. Amor y odio

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Cansancio...

Que cansada me siento...

Duele el solo respirar, no puedo moverme.  Aún así siento tanto dolor.

Cansancio...

¿Dónde estoy?¿Que me sucedió?

Recuerdo que estaba por exorcizar una maldición y de repente todo se volvió negro.

Intento lentamente abrir mis ojos, veo nublado, lo único que distingo es celeste. Que bonito color, el color del cielo...

Parpadeo varias veces acostumbrándome a la luz, noto que me encuentro acostada sobre el suelo. Estoy en la calle, escucho ruido pero no distingo voces, todo se escucha distorsionado.

— Ime... —

— Hime... —

No distingo quién es esa voz.

— Utahime! — dice la voz más fuerte

Logro enfocar la persona de quien proviene la voz.

— ¡Utahime despierta! No es momento de debilidades, levántate! — dice apurado en su mirada solo veo furia.

Porque, porque de todos los mandaron a el. Siento como mis ojos se llenan de lágrimas. Lo único que hacen es recordarme lo débil que soy, siempre hacen lo mismo. Solo por no darme ningún ascenso, malditos.

Pongo mi brazo lentamente sobre mis ojos, el solo hecho de moverlo duele como los mil infiernos, intento ocultar lo rendida que me siento en este momento, tan quebrada. Tan débil. Lloro en silencio sintiéndome derrotada.

— Vamos levántate! — grita enojado tirando de mi brazo, — levántate maldita sea! Porfavor — dice desesperado, casi se siente como si se hubiera quebrado su voz al final, como si de verdad le importara.

— Utahime! No es momento para esto ahora, ¿puedes moverte? — logra por fin que me siente sobre el asfalto, me sostiene de los hombros tratando de hacer contacto visual pero mi mirada está sobre el suelo, mis ojos aún con lágrimas. — Hime, por favor Hime. Dime algo, lo que sea, insúltame si quieres pero tan solo di algo, por favor... — dice mi nombre tan dulcemente, porque tan solo no cierra su boca.

— Auch, me lastimas — logro decir con mi voz apagada, al estar tan ensimismado en él, no se da cuenta de lo fuerte que está sosteniendo mis brazos que me duelen.

— Ah, lo-lo siento — dice tartamudeando, hay algo raro en él, siempre tan alegre, tan abrumadoramente ególatra, que se preocupe por alguien como yo, alguien débil no augura nada bueno.
— Escúchame, voy a levantarte con cuidado, si algo te duele no dudes en decírmelo. Te llevaré con Shoko — acepto mi destino dejando que coloque uno de sus brazos bajo mis piernas y el otro por mi espalda. — Sostente de mi cuello. — hago caso por qué no tengo ni siquiera fuerzas para luchar, logra ponerse en pie como si yo fuese una pluma, y nos dirige a un auto negro estacionado a unos metros. Solo en ese momento me permito ver la casa a la que tenía que ir, pero lo que veo son solo ruinas...
Ya no hay nada, bueno, los altos mandos querían que no quedara nada de maldiciones, pues... De cumplir, cumplí, no ha quedado nada. Ahora solo hay un acantilado bordeando la autopista.

— Abre la puerta — le indica a quien sea que lo acompañe, me ubica en el asiento trasero, asegurándome con la guarda de seguridad. Luego cierra la puerta y se sube del otro lado, haciendo lo propio. — agh, que cansancio. — echa su cabeza hacia atrás con sus ojos cerrados y se presiona con el indice y pulgar entre sus cejas.          — Que incordio tener que hacer estos trabajos, maldición. —
Sé que lo dice por mi, pero estoy tan cansada para pelear con él, que lo único que atino a hacer es juntar mis manos sobre mi regazo, es solo en este momento cuando me doy cuenta de que estoy completamente sucia, y con sangre. No sé con certeza si es mía o no pero lo confirmo cuando de mi rostro cae una pequeña gota de sangre sobre mi falda.

One ShotsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora