Sara: Con 8 años
El sol de Elira es despiadado, pero yo siempre estoy a la sombra. Me miro las manos mientras juego en el suelo del jardín privado de mi madre. Son blancas, de un tono casi traslúcido que deja ver el azul de mis venas. Mi piel no se broncea como la de los demás; se quema, se pela y vuelve a quedar así, pálida como el mármol de las estatuas que decoran el patio.
A mi lado está Lila, la hija de uno de los embajadores de la región sur. Ella es todo lo que yo no soy: tiene la piel del color de la canela y una risa que suena como campanillas. Se supone que es mi única amiga, la única niña de "rango suficiente" a la que mis padres permiten acercarse a mí.
Estamos jugando con unas figuras de cristal, pero Lila me mira con una mueca de asco que intenta esconder.
—No te pongas bajo la luz directa, Sara —dice Lila con un tono falsamente dulce—. Pareces un fantasma. Da un poco de miedo mirarte.
Siento el nudo de siempre en la garganta. No solo es mi piel. Es mi pelo. En un reino donde todos tienen cabellos oscuros como la noche, el mío brilla con un naranja encendido, casi como si estuviera en llamas. Es un castigo. Un error de la genética que me hace destacar cuando lo único que quiero es desaparecer.
—Es solo mi piel, Lila. Mi padre dice que es linaje antiguo —susurro, tratando de sonar valiente.
—Tu padre lo dice para que no llores —suelta ella, soltando una carcajada cruel mientras me quita una de las figuras de cristal—. En la escuela de palacio los niños dicen que eres una "maldición de arena". Dicen que eres tan blanca porque estás muerta por dentro. Por eso tus padres casi nunca te tocan, ¿no? Para no enfriarse.
Sus palabras duelen más que el sol. Me toco el brazo, sintiendo el calor de la piel que ella desprende frente a mi frialdad. Miro hacia el balcón superior. Allí están ellos: Ayla e Isaac. Me observan desde la distancia, como quien mira un experimento o una joya valiosa pero defectuosa. No bajan a jugar. No me defienden de los comentarios de Lila.
—¡Devuélveme eso! —le pido, intentando recuperar mi juguete.
Lila se levanta y corre hacia la fuente, sosteniendo la figura por encima de su cabeza.
—¡Ven a por ella, fantasmita! ¡A ver si no te deshaces con el reflejo del agua!
Tropiezo con mi propio vestido, cayendo sobre la grava. Mis rodillas se raspan y la sangre, tan roja que parece insultante sobre mi piel pálida, empieza a brotar. No lloro. He aprendido que las lágrimas en este palacio solo sirven para que mi madre me mire con más decepción.
Desde la esquina del jardín, veo una sombra alta. Es el viejo Miguel. Da un paso adelante para ayudarme, pero mi padre le hace una señal desde el balcón para que se detenga. Quieren que aprenda. Quieren que sea "fuerte", aunque lo que están haciendo es dejarme sola en un desierto de gente que me odia por ser diferente.
Me quedo ahí, sentada en la grava, mirando mis rodillas heridas y mi pelo naranja cayendo sobre mi cara. Soy la princesa de Elira, pero en este momento, daría todo mi reino por ser "normal", por tener la piel de Lila y por no sentir que soy un monstruo en mi propia casa.
Sara: Con 14 años
El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana me taladra los oídos. Odio estas comidas. Odio el olor a especias caras, el protocolo asfixiante y, sobre todo, odio estar sentada frente a Lila y su grupo de amigas.
Tengo catorce años, pero me siento de cien.
—¿No os parece que hoy está más pálida de lo normal? —susurra Lila, lo suficientemente alto para que toda la mesa la oiga. Sus amigas ríen por lo bajo—. Parece que se ha quedado transparente. ¿Seguro que tienes sangre en las venas, Sara?
No respondo. Mantengo la espalda recta, como me ha enseñado mi madre, la Reina Ayla. Mis ojos están fijos en el plato de perdiz que no he tocado. He aprendido que si no les doy una reacción, el juego les aburre... o eso es lo que me digo para no romperme.
Siento un tirón seco en la nuca. Alguien ha pasado por detrás de mi silla y me ha dado un tirón de una de mis trenzas pelirrojas. El dolor me escuece el cuero cabelludo, pero ni siquiera parpadeo.
—¡Cuidado! —se burla otra de las chicas—. He oído que si tocas el pelo de un fantasma, te da mala suerte para siempre.
Mi padre, el Rey Isaac, sigue hablando con un embajador en la cabecera de la mesa. Mi madre limpia una mancha inexistente de su copa con la mirada gélida. Me ven. Sé que me ven. Pero el silencio es su forma de decirme que debo defenderme sola, que una Rosenberg no llora por "tonterías de niños".
No puedo más.
Me levanto sin hacer ruido. No pido permiso. No miro a nadie. El silencio cae sobre la mesa mientras camino hacia la salida del gran salón. Siento sus ojos clavados en mi espalda, pero sigo adelante hasta que las pesadas puertas de madera se cierran tras de mí.
Corro. Mis pies vuelan por los pasillos de mármol hasta que llego a la zona de guardia. Allí está él.
Miguel está apoyado contra la pared, con su uniforme impecable pero su expresión relajada. En cuanto me ve aparecer con los ojos encendidos de rabia contenida, su rostro cambia. No hace falta que diga nada. Él lo sabe.
Me lanzo contra su pecho. Miguel es grande, sólido, huele a cuero y a hogar. Sus brazos me rodean con una fuerza que no intenta controlarme, sino sostenerme para que no me caiga.
—Shhh... —es lo único que sale de sus labios.
Y entonces, me rompo.
Lloro de una forma violenta, con sollozos que me sacuden todo el cuerpo. Moja su uniforme con mis lágrimas, enterrando mi cara en su hombro. Lloro por mi pelo, por mi piel, por mis padres que me miran como a un mueble, y por esa niña de catorce años que no sabe qué es un abrazo si no viene de su guardaespaldas.
Miguel no dice nada. No me da consejos vacíos. No me dice que "todo irá bien", porque ambos sabemos que en este palacio nada está bien. Solo se queda ahí, firme como una roca, dejando que yo me vacíe, apretándome un poco más fuerte cada vez que mi llanto se vuelve más desesperado.
En este momento, en todo este reino gigante, este abrazo es el único sitio donde no soy un monstruo. Es el único sitio donde existo de verdad.
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Dagas de Jazmín
عاطفيةEn el opulento y gélido Reino de Elira, la princesa Sara Rosenberg es conocida como "la Princesa Fantasma": una figura pálida, silenciosa y vulnerable destinada a ser un trofeo político. Pero tras los muros de su habitación y bajo las faldas de sus...
