Intro

42 6 15
                                        


Un abrazo y un último adiós se sentía tan doloroso cuando nunca se había alejado del nido.

El césped perfectamente podado de la Academia Reia no sufrió una explosión, ni hubo rayos anunciando su llegada como lo había sido toda la tarde con otros alumnos.

Simplemente, el suelo se abrió en un tajo silencioso, una herida oscura en la tierra que no exhalaba polvo, sino un frío absoluto y el aroma a sangre y frutos de granadas.

Los alumnos que se hayan en los alrededores miraron al instante el extraño fenómeno que acaba de ocurrir a unos metros de ellos. Visiblemente sorprendidos al no ser la entrada dramática a la que estaban acostumbrados.

​De la penumbra del Inframundo emergió una figura en calma.

​Caminaba con una ligereza que ponía nerviosos a los estudiantes que observaban desde lejos. Se detuvo una vez piso el suelo exterior mientras el portal se cerraba a sus pies.

Sus sandalias de cuero oscuro, atadas con la precisión de otra era, no hacían ruido contra el pavimento moderno. El joven no era nada similar a lo que nadie en aquel lugar hubiera visto nunca: piel tan blanca como la leche, salpicada por pecas negras como constelaciones en negativo sobre su piel lisa.

Sus ojos eran de escaleras completamente negras como el vacio, sus iris de un verde vivo y brillante y sus pupilas de un blanco hueco; como si su alma se asomara por sus ojos. Su pelo largo y lacio era de un blanco Luna y caía como una cascada hasta sus hombros, parecía ondear en las puntas como si de neblina suave se tratase. Vestía como un Dios antiguo:

Un quitón de seda negra que caía en pliegues pesados y perfectos, ceñido a la cintura por un cinturón de cuero curtido del que colgaban pequeñas piezas de oro opaco y monedas de Caronte. Bajo la túnica principal, una fina capa de gasa grisácea, casi traslúcida, le cubría el pecho y los hombros como una ceda suave, otorgándole una elegancia modesta y espectral. Sobre su hombro izquierdo, una clámide corta ,una capa de viaje, se sujetaba con una fíbula en forma del símbolo de Hades, dejando que la tela fluyera a su espalda como una sombra líquida y doblando por sus codos para sostenerse modestamente.

Aunque su vestimenta era recatada y oscura llevaba encima varias joyas y collares dorados que destacaban contra el negro de su ropa y el blanco de su piel. Cada vez que movía las manos, el oro de muerto de sus múltiples anillos y brazaletes emitía un tintineo sordo, el único sonido que anunciaba que aquel espectro de belleza lunar era ,de hecho, de carne y hueso.

Cargaba dos maletas de cuero tosco, cosidas a mano, como si acabara de bajar de una barca tras un viaje de mil años.

Tomó la primera calada de aire vivo de la superfice sintiendo esa extraña fría calidad del mundo terrenal. Miró alrededor curioso: el cielo despejado era tan infinito y bello como su madre le había relatado. Alrededor había árboles y vegetación viva que se movía por la suave brisa de la tarde. Frente a él el imponente edificio de la Academia Reia se mantenía como un Olimpo en la tierra, con esa mezcla tan particular de arquitectura olímpica antigua y moderna.

La Academia Reia había sido fundada hacia varios siglos para ayudar a educar y entrenar a los nuevos hijos de dioses. Tanto los nuevos dioses como los mestizos tenían un lugar en la Academia la cual se hayaba en un punto oculto en un bosque perdido en Grecia. Era imposible llegar a él por medios naturales, se necesitaba permiso divino para entrar o salir lo cual la mantenía oculta del ojo humano.

La Academia se había vueltos necesaria tras el inicio de la modernidad cuando los dioses ,ahora con mucho tiempo libre debido al avanzar de las civilizaciones, habían empezado a tener muchos más "encuentros pasionales" con mortales, criaturas y entre ellos. Regando el mundo de un montón de nuevos dioses, semidioses y héroes mestizos que ni sus padres podían controlar.

El hijo del inframundoStories to obsess over. Discover now