Era 1985, y junio parecía estar llegando a su fin de la forma más tranquila posible.
Demasiado tranquila, incluso.
No había nada raro flotando en el ambiente. Nada extraño que se pudiera señalar con el dedo. Ninguna señal evidente de que algo estuviera mal... salvo por la tristeza. Esa tristeza densa, silenciosa, que se había instalado en mi casa hacía años y que, últimamente, parecía concentrarse sobre todo en mi papá.
Mi casa nunca fue un lugar donde la felicidad desbordara por las paredes, pero siempre había sido animada. Ruidosa. Viva. De esas casas donde siempre hay algo sonando de fondo. Música, voces, una radio prendida sin que nadie la esté escuchando de verdad.
Teníamos la costumbre de poner música para todo. Para cocinar, para limpiar, para sentarnos a tomar un té o un mate sin decir nada importante. No importaba la hora del día. En mi casa, el silencio solo existía de noche, cuando todos dormíamos.
O eso creía yo.
Porque siempre había alguien hablando, o riéndose, o tarareando alguna canción vieja. A veces todo junto. Era imposible no sentir que había vida circulando por los pasillos.
Hasta que dejó de haberla.
Desde la dictadura militar, mi papá no volvió a ser el mismo.
No solo por lo que tuvimos que atravesar para sobrevivir, sino por lo que nos arrancaron. Por la muerte de mis abuelos, los papás de él. Personas buenas. Personas comunes. Personas que no merecían desaparecer de la forma en que lo hicieron.
Víctimas de una conducta repulsiva. De hombres que no eran hombres, sino animales con poder.
Mi papá era un tipo risueño. De esos que tiran chistes malos todo el tiempo, que se ríen de sí mismos, que hacen comentarios irónicos incluso en los momentos menos oportunos. Yo crecí con su risa de fondo. Con su voz llenando espacios.
Y de repente... la música dejó de sonar.
Las risas se apagaron.
La casa se volvió silenciosa.
No un silencio cómodo, sino uno pesado. Tenso. De esos que te hacen caminar más despacio para no hacer ruido. A veces, cuando yo fingía dormir, escuchaba sollozos ahogados escapándose del cuarto de mis viejos. O los suspiros entrecortados de mi mamá, intentando calmarlo, hablándole bajito como si el dolor pudiera despertarse si lo nombraban muy fuerte.
Yo aprendí a escuchar sin mirar.
Aprendí a no preguntar.
Nunca fui una chica muy de salir, la verdad. Siempre valoré estar en casa. Sentarme frente al televisor sin prestarle demasiada atención o poner música mientras completaba revistas de sopas de letras. Un gusto medio raro para alguien de mi edad, pero a mí me divertía demasiado. Me ordenaba la cabeza.
Tampoco tengo muchos amigos.
Tenía mis amigos de natación. Cinco años nadando, cinco años de entrenamientos, torneos, madrugadas con olor a cloro. Y un día decidí dejar. Sin drama. Sin escándalo. Simplemente ya no quería más. Desde entonces, el contacto se fue diluyendo. A veces nos juntamos a tomar tereré o mate en el parque, pero cada uno anda tan metido en lo suyo, elegir carreras, planes, futuros, que las charlas se vuelven superficiales, cortitas, como si todos estuviéramos apurados por ir a otro lado.
Y después estaban los del colegio.
Los pelotudos de mis compañeros de secundaria.
YOU ARE READING
Almost Too Gay To Function | Robin Buckley
FanfictionEn 1985 una argentina se muda a Hawkins a iniciar una nueva vida con su familia. Sin saber que una chica de la tienda de helados "Scoops Ahoy" en el Starcourt Mall, junto con su mejor amigo de cabellera inigualable, le darían un giro inesperado a to...
