Dailan es una estudiante técnica atrapada con las vacaciones, que tiene que sobrevivir vendiendo marcianos para ganarse algo en la vida y tener que ahorrar para el pago de su próximo tercer ciclo; pero no contaba que, al costado de su casa, conocer...
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¿Como puedo sobrevivir con calentamiendo en la tierra?
En los mercados de Ventanilla, toda la gente pasa; están llenos en las tiendas de verduras y agrícolas, donde los vendedores comienzan a gritar para llamar la atención del público para que les compren, en una competencia de quién tiene el producto más barato y cómodo. Los niños pasan, a veces para jugar en las pistas o ayudando a sus padres con las compras, cargando bolsas en sus manos. Qué viejos tiempos cuando miraba los pollos y les daba un golpecito para comprobar si ya se habían muerto en las agrícolas.
Y ahí es donde entro yo una chica que no tiene vergüenza de lo que se pone cuando ve una prenda de su armario, con el cabello bien desordenado y su típica cara seria que siempre pone, pero que intenta sonreír al menos cuando un cliente compra sus marcianos.
—Vinieron los ricos marcianos de maracuyá, fresa y lúcuma —alzo la voz como si no hubiera mañana; estoy acostumbrada a vender cualquier cosa para conseguir dinero por la necesidad—. Venga, venga a probarlos.
Y así pasó toda la tarde vendiendo; cada uno de los que estaba en el cajón de plástico se agotaba y me iba a mi casa a recoger más. Mientras tanto, mi familia —o más bien mi tía— hacía el almuerzo; me vio llegar y agarré los otros que estaban en la refri acomodados.
—Dailan, estás rayando —dice mi tía en la cocina con la espátula en su mano.
—Eso parece, con los marcianos me está yendo mejor —solo alzo los hombros como obviedad, pero este negocio me gusta mucho.
Al salir a la puerta, veo al costado de mi casa, por la ruta que voy a tomar para vender; solo observo a personas cargando muebles pesados para ponerlos en el interior de la casa desconocida donde antes vivían mis vecinos. Ahí puedo ver a mis hermanos afuera, que estaban conversando y viendo hacia la casa.
—Oigan, ¿ustedes saben quién vivirá aquí? —pregunté para tener algo de información.
—Si hubiéramos tenido la información, te la habríamos dicho —dijo mi hermano, que es menor, aunque por su altura no lo parecía—. Pero dicen que son unos pitucos y un chico que creo que tiene tu misma edad.
—Ah, bueno, si saben algo mejor me cuentan —solo dije antes de irme a vender de nuevo.
¿Qué podría pasar? Al final, es un día como cualquier otro.
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