Andrew nunca ha sido fan de meterse en las cosas mágicas de los latinoamericanos, pero por alguna razón su curiosidad le había ganado a su siempre presente raciocinio.
Ahora, esposado, llevado a rastras por soldados que vestían atuendos de gala y golpeado, es que Andrew se cuestiona sus decisiones de vida.
El piso elegante y pulido le dio la bienvenida a, lo que él sabía era, el palacio nacional de México, pero algo no estaba bien, algo le ponía los pelos de punta.
Los pisos estaban tan limpios que prácticamente eran espejos, las personas asignadas a las puertas abrían y cerraban en tiempos perfectos, incluso los tipos que lo arrastraban lo hacían mientras caminaban tan coordinadamente que parecían muñequitos o máquinas de precisión.
No había ruidos de más, ni de menos, sin movimientos extras, sin presencias remarcadas, sin calidez, sin ruido, sin bullicio, sin risas, sin prisas.
Como si todo fuera más una especie de máquina contenida y perfecta que un sitio donde el gobierno hace de las suyas.
Todo parecía perfecto, organizado, controlado, casi como si todo fuera orquestado por una sola mente y lo demás solo fueran las extensiones corporales.
La definición de "mente colmena" le vino a la mente durante su curioso y nada placentero recorrido.
Solo se dio cuenta de que habían llegado a su destino cuando fue dejado en el suelo sin ningún cuidado, logrando que estuviera postrado frente al trono de la sala como un religioso se postra ante el altar de su señor cuando ha cometido un pecado del cual busca redención.
—Majestad imperial, lo hemos traído como ordenó. — dijo uno de los soldados antes de que ambos se retiraran.
Andrew tuvo que tomar varias respiraciones profundas antes de animarse a levantar la mirada...lo que vio lo dejó perplejo:
Frente a él estaba Mauricio, más alto, con el mismo porte recto que tenía cuando era un virreinato, con un traje hermoso lleno de bordados de plata en un maravilloso traje de color verde intenso, sus ojos marrones claros lucían una mirada fría, indiferente, casi rozando lo cruel.
Quizá lo más impresionante para Andrew era la corona, magnífica y llena de joyas y cuarzos preciosos que parecían asemejarse en la parte de atrás a un tocado de plumas, similar a los antiguos penachos, con cuarzos preciosos muy utilizados en la esotería mexicana, al frente se parecía más a la típica tiara europea eslava colmada de intrincados detalles repujados y joyas caras, muy probablemente provenientes de antiguas colonias perdidas por Austria.
El México frente a sí no era una visión tierna ni que provocara calidez, no, era una estampa que decía peligro con todas sus fuerzas.
No hay amor, no hay calidez, no existe ni una pizca de luz en su mirada...
Era como ver a un imperio antiguo, sediento de sangre, directo a los ojos.
"No hay forma de que este tipo sea Mex... Mau no es ese tipo de monstruo." Chilló el americano menor en su mente.
Justo cuando Andrew empezó a meditar la mejor manera de salir corriendo de ese lugar, la mirada de ese otro México se posó en su persona, la mirada helada pasó de indiferente a fúrica, con una rabia contenida que dio un toque rojizo a los ojos marrones del mayor; lo que dejó clavado al rubio en su sitio fue que, a pesar de la expresiva mirada, la cara de su "amigo" no mostraba reacción alguna, como una máscara bien elaborada.
—Así que, de nuevo cruzas para una visita no autorizada, — el tono distante, carente de emociones, le puso los pelos de punta. — ya sabes que eso no se puede hacer, Estados Unidos de América. Cuando era solo el Reino de México podías hacerlo, como buen amigo podía permitírnoslo, pero como imperio mi territorio y mi cuerpo no son solo míos ya. Eres consciente de lo mucho que Austria es estricto con la imagen imperial...Y, si vamos a terreno personal, sabes bien lo mucho que Hungría es capaz de celarme.
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ALTERNO CASO 1: MÉXICO
General FictionPor que el gringo no puede andar a gusto si no se mete donde no lo llaman, así que por metiche acaba teniendo una visión sobre una línea temporal completamente diferente de la suya. Al volver cree que todo ha acabado, pero a la magia no le gusta qu...
