Rosaline caminaba por los pasillos del ducado con la serenidad que solo los años y las pérdidas conceden. Era una mujer madura, de porte elegante, y aun así conservaba aquellas facciones que durante décadas la habían convertido en un referente de belleza en la corte. No se trataba de una hermosura frágil ni juvenil, sino de una que imponía respeto: templada por el tiempo, afilada por las decisiones.
Sus cabellos, antaño de un castaño profundo, estaban ahora suavemente matizados por hilos plateados que no restaban gracia a su rostro, sino que le otorgaban una dignidad serena. Sus ojos azules, claros, atentos, incansables, habían aprendido a ocultar el dolor tras una expresión contenida. En ellos habitaba la mirada de una mujer que había amado, perdido... y sobrevivido.
Había sido convocada por su esposo a su oficina y aunque su paso era firme, su mente iba varios pasos adelante. Aquella reunión era importante. Más que importante: necesaria.
Pensaba en Elian.
Pensaba en la sucesión.
Pensaba en todo lo que había sacrificado para que su hijo fuera reconocido como el legítimo heredero.
El pasillo se sentía distinto esa noche.
No había sirvientes.
No se escuchaban pasos.
Ni murmullos, ni el roce de telas, ni el tintinear habitual de la vida palaciega.
Afuera, la lluvia golpeaba los vitrales con insistencia, como si quisiera entrar. El día era frío, gris, y el viento se colaba por las grietas del ducado, llevando consigo un presentimiento que Rosaline no supo nombrar... pero sí sentir.
Aceleró el paso.
Tenía un profundo interés por reunirse con Theron y hablar sobre Elian. Su hijo había regresado tras proteger el imperio de la invasión de monstruos, hazaña que le había valido el apoyo de varios nobles del norte, además del respaldo incondicional de su hermano, el marqués de Clairvielle. Todo estaba alineado. Todo debía resolverse esa noche.
La puerta de la sala de reuniones estaba entreabierta.
Rosaline tocó con suavidad.
No obtuvo respuesta.
Frunció el ceño, empujó la puerta y entró.
La estancia estaba sumida en la penumbra. Apenas unas cuantas velas, dispuestas de forma irregular, ofrecían luz temblorosa. El silencio era tan denso que parecía oprimir el pecho.
Entonces, un trueno rasgó el cielo.
Por un instante, el relámpago iluminó la sala... y a él.
Elian estaba sentado en la silla de la cabecera, inmóvil, observándola. Era un joven alto, de porte noble, con el cuerpo forjado por años de entrenamiento y disciplina. Su armadura oscura, finamente trabajada, reflejó la luz del trueno como si estuviera hecha de sombra y oro. Detalles delicados recorrían el metal, y una gema azul incrustada en el pecho brilló un instante, fría y silenciosa.
Su cabello oscuro caía de manera descuidada sobre su frente, enmarcando un rostro de facciones marcadas y hermosas, heredadas de ambos padres. Los ojos de un azul profundo, casi hipnótico como los de su madre, siempre habían sido su rasgo más distintivo... pero ahora había algo distinto en ellos. No reflejaban emoción alguna. No había reconocimiento. Ni afecto. Solo una quietud inquietante, como un cielo despejado antes de la tormenta.
Aun así, era Elian.
Su hijo.
El joven al que había moldeado para gobernar.
Pero ahora había algo distinto en ellos.
No reflejaban emoción alguna.
No había reconocimiento.
Ni afecto.
Solo una quietud inquietante, semejante a un cielo despejado antes de la tormenta.
YOU ARE READING
Las promesas que rompen el tiempo
FantasyRosaline recuerda. Ese es su castigo. Recuerda la vida que perdió, el error que lo cambió todo y al hijo que el tiempo le arrebató sin compasión. Recuerda el amor, la culpa y las consecuencias de haber fallado una sola vez. Para volver a tenerlo en...
