Renata Saldívar y Santiago Bustamante eran la realeza de la alta sociedad mexicana. Él, heredero de un imperio de energías limpias; ella, la princesa de una dinastía petrolera. Su unión debió ser el negocio del siglo, pero terminó siendo una guerra...
Odiaba estos eventos. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, y sin embargo, ahí estaba, sonriendo como si el dolor de mis pies dentro de los stilettos de doce centímetros fuera un placer exquisito.
La Gala de Beneficencia en el Museo Soumaya era el epicentro de la hipocresía social de la Ciudad de México. El aire acondicionado estaba a una temperatura siberiana, supuestamente para conservar las obras de arte, pero yo tenía la teoría de que era para mantener congeladas las caras operadas de las señoras de sociedad que me rodeaban.
—Sonríe, Renata. Ahí viene la esposa del Secretario de Energía —murmuró mi madre, sin mover apenas los labios. Ella era una experta en este juego. Yo, a mis veintitrés años, apenas estaba aprendiendo las reglas.
Tomé una copa de champán de una charola que pasaba flotando y di un sorbo largo. —Ya la vi, mamá. Y no, no le voy a preguntar por su fundación de perritos cuando sé que usa abrigos de piel.
Mi madre me pellizcó el brazo discretamente. —Compórtate. Recuerda quién eres. Eres una Saldívar.
Ah, sí. El apellido. Pesaba más que el vestido de lentejuelas que llevaba puesto. Ser una Saldívar significaba petróleo, tradición, y una cuenta bancaria que intimidaba a la mitad de los hombres de mi edad. La otra mitad solo se acercaba para ver si podían sacar tajada.
Me escapé en cuanto pude hacia la zona de la terraza. Necesitaba aire. Me recargué en el barandal, mirando las luces de Polanco, cuando una risa masculina, grave y segura de sí misma, me hizo girar la cabeza.
Y entonces lo vi.
Estaba en el centro de un grupo de hombres de traje, pero él destacaba como un faro. Alto, insultantemente guapo, con el cabello castaño peinado hacia atrás con esa negligencia estudiada que cuesta una fortuna en la peluquería. Llevaba el esmoquin como si fuera una segunda piel, no un disfraz.
—No puede ser —murmuré para mí misma.
—¿Qué no puede ser? —preguntó Fer, mi mejor amiga, apareciendo a mi lado con su propia copa—. ¿Que Santiago Bustamante sea tan guapo en persona como en las revistas? Porque sí, lo es. Es ilegal que alguien tenga esa mandíbula.
—Es Santiago Bustamante —dije, escupiendo el nombre como si fuera veneno—. El príncipe de las energías limpias. Mi papá dice que su familia es la responsable de que nos estén bloqueando los permisos en el norte.
—Tu papá es un dramático, Rena. Y el hijo... bueno, dicen que es un fuckboy de manual, pero con esa sonrisa yo le perdonaría que me dejara en visto.
Observé a Santiago. Tenía veintiocho años, cinco más que yo, y se notaba. Tenía esa aura de hombre que ya ha vivido todo lo que yo apenas empezaba a imaginar. En ese momento, como si sintiera el peso de mi mirada crítica, levantó la vista.
Sus ojos se encontraron con los míos. Eran claros, burlones. No apartó la mirada. Yo tampoco. Mi orgullo Saldívar no me permitía retroceder.
Le dijo algo a sus amigos, les dio una palmada en la espalda y, para mi horror (y secreta fascinación), empezó a caminar directamente hacia mí. Caminaba como si fuera el dueño del museo.
—Fer, vámonos —susurré. —¿Estás loca? La función apenas empieza.
Santiago llegó hasta nosotras. Olía a madera, a cítricos y a peligro. —Buenas noches —dijo. Su voz era profunda, de esas que vibran en el pecho—. Si las miradas mataran, yo ya estaría tirado en el piso y tú estarías limpiando tus huellas del arma homicida.
Fer soltó una risita nerviosa. Yo crucé los brazos. —No gasto municiones en blancos fáciles, Bustamante.
Él enarcó una ceja. Una sonrisa ladeada apareció en su rostro. —Sabes quién soy. Eso es ventaja para mí. Yo también sé quién eres. Renata Saldívar. La heredera del imperio negro.
—Petróleo —corregí secamente—. Se llama petróleo. Y es lo que pagó la gasolina del coche deportivo en el que seguramente llegaste.
Santiago soltó una carcajada. Fue un sonido genuino, que hizo que varias cabezas se giraran hacia nosotros. —Touché. Aunque para tu información, llegué en un híbrido. Pero punto para ti por la agresividad. Me gusta.
—A mí no me gusta tu arrogancia. Así que, si nos disculpas... Hice ademán de irme, pero él dio un paso lateral, bloqueándome el paso. No fue brusco, fue... magnético.
—Espera. No te vayas. Esta fiesta es un aburrimiento mortal. Llevo una hora escuchando a un inversionista hablar de bonos de carbono y siento que se me está muriendo el cerebro. Tú pareces ser lo único real en este edificio.
—¿Y eso es un cumplido? —Es una verdad. Mírate. Estás aquí, rodeada de tiburones, y tienes cara de que preferirías estar en una obra con casco y botas. Leí que te graduaste con honores en Arquitectura. Que te gusta restaurar lo viejo.
Me sorprendió. ¿Me había investigado? —Me gusta preservar la historia. Algo que la gente como tú, obsesionada con lo "nuevo" y "moderno", no entiende.
Santiago se acercó un poco más. Invadió mi espacio personal lo suficiente para ponerme nerviosa, pero no tanto para que fuera indecente. —Enséñame, entonces. —¿Qué? —A entender. Cenemos. No hoy, sé que me odias hoy. Mañana. Una cena. Si después del postre sigues pensando que soy un idiota arrogante, te prometo ante notario que no te vuelvo a dirigir la palabra.
Lo miré a los ojos, buscando la trampa. Pero solo vi un desafío. Y yo, Renata Saldívar, nunca había rechazado un reto. —Mañana. A las ocho. Pero yo elijo el lugar. Y no va a ser uno de tus restaurantes de lujo, Bustamante. —Hecho. Paso por ti.
Oops! This image does not follow our content guidelines. To continue publishing, please remove it or upload a different image.