El sol de agosto caía pesado sobre el pavimento de la preparatoria, pero Lizeth no estaba para quejarse del clima. Ella entró por el portón principal con la barbilla en alto y esa expresión altanera que había ensayado frente al espejo: una mezcla de "sé perfectamente a dónde voy" y "si me hablas, te arrepentirás". No era que fuera mala persona, es que la prepa era una jungla y ella no pensaba ser la presa.
Caminó por los pasillos con paso firme. No se perdió. No preguntó direcciones con cara de asustada. Ubicó el edificio, subió las escaleras y llegó al salón asignado. Al entrar, sus ojos funcionaron como un escáner de alta tecnología: analizó las esquinas, el escritorio del profesor y, sobre todo, a la fauna que ya estaba sentada.
—Maldita sea —masculló entre dientes.
Su plan era sentarse hasta atrás, junto a la ventana, el lugar sagrado de los que quieren observar sin ser observados. Pero había un problema. El salón tenía mesas para dos personas, y el lugar de la pared ya estaba ocupado. Ahí estaba un tipo, un güero de cabello chino y hombros anchos que parecía estar ignorando la existencia del universo. Lizeth suspiró, soltó su mochila con un golpe seco sobre la mesa y se sentó a su lado, dejando claro su descontento sin decir una sola palabra.
Miró el reloj de la pared. Las 7:55 AM.
Miró de nuevo. Las 8:05 AM.
El profesor no llegaba. El silencio en el salón era denso, interrumpido solo por el murmullo de otros "grupitos" que ya se conocían de la secundaria. Lizeth empezó a tamborilear los dedos sobre la mesa. El aburrimiento era su peor enemigo, y a las 8:15 AM, su paciencia se agotó.
—A ver, ¿qué tanto haces? —pensó, lanzando una mirada disimulada hacia el celular de su compañero.
El tipo estaba sumergido en un juego rarísimo. No era ni Candy Crush, ni Free Fire, ni nada que ella hubiera visto en un anuncio de TikTok. Era una cosa bizarra, llena de colores y mecánicas que desafiaban la lógica.
"Ni muerta le hablo a este freak", se dijo a sí misma, volviendo la vista hacia la ventana.
Pasaron cinco minutos más. El silencio del "freak" empezó a ser más interesante que el vacío del pasillo. Lizeth se rindió.
—Hey... —soltó, con voz un poco menos altanera que antes—. ¿Cómo te llamas?
El chico bloqueó su celular y la miró. No tenía cara de rarito; de hecho, tenía una sonrisa bastante relajada.
—Eric —respondió él—. ¿Y tú?
—Lizeth. Pero dime Liz.
La conversación, que Lizeth esperaba que fuera un desastre de tres palabras, empezó a fluir como si alguien hubiera abierto una presa. Eric resultó ser un tipo increíblemente divertido. En menos de diez minutos, ya se estaban riendo de lo ridículo que era que nadie llegara a dar clase. Eric le confesó que, aunque parecía estar en su mundo, en realidad estaba nervioso porque desde que entró al salón se había quedado "flechado" por una niña bajita de cabello negro y ondulado que se había sentado unas filas más adelante: Rubitán.
—Está guapa, ¿no? —preguntó Eric, rascándose la nuca, un poco apenado.
—Pues sí, tiene estilo —respondió Liz con sinceridad—. Pero no te me distraigas, que aquí el aburrimiento está potente.
Eric sacó sus audífonos y le ofreció uno. Pasaron el resto de la hora compartiendo música, hablando de sus bandas favoritas y quejándose de la vida. Para cuando sonó el timbre del primer recreo, Lizeth sintió ese hueco en el estómago que todos los de primero sienten: el terror de caminar sola por el patio mientras todos los demás parecen tener amigos de toda la vida.
—Oye, Eric... —dijo Liz, tratando de sonar casual mientras guardaba sus cosas—. ¿Puedo pasarlo contigo? Es que no conozco a ni un alma.
—¡Claro! —respondió él de inmediato—. Solo que antes tengo que ir al baño, y luego voy a buscar a una amiga de segundo para darle un regalo que le traje. ¿Me aguantas?
Lizeth asintió, sintiendo un alivio inmenso. Lo esperó afuera de los baños masculinos, cuidando que nadie pensara que era una acosadora, y luego caminaron hacia el edificio de segundo año. Ahí conocieron a Mariana. Mariana era la vibra que Lizeth necesitaba: amable, relajada y con una sonrisa que te hacía sentir bienvenida.
Los tres empezaron a caminar por la escuela, haciendo un "tour" improvisado. Lizeth, sintiéndose en confianza, empezó a soltar la lengua. Les contó de sus ex novios, de las decepciones amorosas que ya cargaba a sus quince años y de cómo pensaba que la prepa sería su "reinicio" social. Todo iba de maravilla, hasta que el universo decidió recordarle a Lizeth que su pasado siempre encontraba una forma de humillarla.
—¡Pelagia! ¡Epa, Pelagia! —gritó una voz chillona desde lejos.
Lizeth se quedó petrificada. Sus hombros se tensaron y su cara pasó de morena clara a un tono rojizo que compitió con el sol.
—No puede ser... —susurró para sí misma.
De entre la multitud de estudiantes salió un vato que Lizeth reconoció al instante. Era un chico de su iglesia, un tipo que ella juraba que ya se había graduado y que esperaba no volver a ver en su vida. Era el tipo de persona que siempre intentaba llamar la atención de la forma más incómoda posible.
El vato llegó hasta ellos con una sonrisa de suficiencia.
—¿Qué onda, Pelagia? No sabía que te habías quedado en esta escuela —dijo él, ignorando por completo que Lizeth quería que la tierra se la tragara.
—Es Lizeth. No me digas así frente a mis amigos —dijo ella con los dientes apretados.
Eric y Mariana miraban la escena con una mezcla de confusión y curiosidad. El vato de la iglesia, notando que tenía audiencia, decidió que era el momento perfecto para mostrar sus "talentos". Se puso frente a Eric y Mariana, infló el pecho y, sin previo aviso, empezó a mover los pectorales rítmicamente. Tum-tum, tum-tum.
El silencio que siguió fue el más largo en la historia de la humanidad. Lizeth quería cavar un hoyo y vivir ahí para siempre.
—Por favor... —suplicó Lizeth, tapándose la cara con las manos—. Vámonos de aquí. Olviden que esto pasó. Olviden ese nombre. Si alguno de ustedes me vuelve a decir "Pelagia", nuestra amistad se acaba hoy mismo.
Eric y Mariana estallaron en carcajadas en cuanto se alejaron lo suficiente.
—¡¿Pelagia?! —repetía Eric entre risas—. ¡Y los pectorales! ¡Parecía que tenían vida propia!
—¡Ya cállate, Eric! —gritaba Liz, aunque ella también empezaba a reírse por lo absurdo de la situación.
El resto del día fue una extensión de esa conexión. Siguieron platicando hasta que dieron las dos de la tarde. En la salida, intercambiaron sus Instagrams con la promesa de seguir hablando.
Lizeth llegó a su casa, soltó la mochila y se tiró en su cama. Tenía una energía extraña, esa adrenalina de haber sobrevivido al primer día y, sobre todo, de haber encontrado a alguien con quien no tenía que fingir ser "altanera". Desbloqueó su celular, buscó el chat de Eric y, sin pensarlo mucho, grabó un audio.
—¡La bebesita bebe lin! ¡Y bebe whisky! ¡Fuma narguile! —cantó a todo pulmón, desafinando a propósito y riéndose al final.
Cinco minutos después, Eric le contestó con un "JAJAJAJAJA" que ocupaba toda la pantalla.
—Oye, ¿tienes Roblox? —le escribió él—. Conéctate, vamos a jugar uno de "Roba un Brainrot".
Esa tarde, entre juegos de gráficas cuadradas, memes sin sentido y audios de reggaetón viejo, se selló la amistad más fuerte de la prepa. Lizeth aún no sabía que ese güero mamadísimo se convertiría en su hermano, ni que pronto conocería a una pelirroja loca llamada Lu que le enseñaría a armar cigarros con cosas que no deberían quemarse. Pero en ese momento, sentada en su cama jugando con su nuevo mejor amigo, supo que los 15 años iban a ser, como mínimo, inolvidables.
