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En el vasto dominio del Cielo, donde el éter se extendía como un tapiz infinito de luz pura y silencio eterno, el Salón del Éter se erguía como el corazón palpitante del orden divino. No era un lugar de piedra o madera, sino un vacío luminoso, suspendido en la nada, donde las formas eran corrientes de brillo blanco y plateado.

Columnas de éter flotante se elevaban como pilares invisibles, sosteniendo un techo que no existía, solo un horizonte de luz interminable. Aquí, los ángeles se reunían en formaciones perfectas, sus alas plegadas con precisión geométrica, sus rostros serenos como máscaras de porcelana eterna. No había viento, ni eco, ni sombra; solo la presencia abrumadora pero pacífica de Aetheron, el dios primordial, cuya esencia impregnaba cada partícula de luz.

Aetheron no se manifestaba como un ser de carne o forma definida. Era una presencia colosal, un núcleo de luz quieta que pulsaba con la fuerza del cosmos mismo. Sus "ojos" eran abismos de claridad absoluta, y su voz, cuando resonaba, no era sonido, sino una vibración que se filtraba directamente en las mentes de sus creaciones. Los ángeles lo reverenciaban no por miedo, sino por la certeza inquebrantable de que su voluntad era el guión que regía todo: el nacimiento de estrellas, el flujo de los ríos terrestres, y el destino de cada alma humana.

Hoy, el Salón bullía con una energía de alegría. Era el día de las Asignaciones, un ritual tan antiguo como el éter mismo. Los ángeles, seres de luz encarnada, aguardaban en filas impecables. Cada uno era una obra maestra: alas de plumas suaves, rostros de belleza sobrenatural y auras que reflejaban su rango en la jerarquía celestial.

Entre ellos destacaban figuras como Ivan, con su sonrisa perpetua que rozaba la arrogancia, y Sua, cuya expresión serena ocultaba una profundidad de nerviosismo controlado. Pero todos palidecían ante Luka, el ángel supremo, creado por Aetheron como el pináculo de la perfección. Sus alas eran de plata pura, cada pluma un espejo que capturaba la luz y la devolvía multiplicada. Su rostro, de rasgos finos y simétricos, irradiaba una inteligencia que hacía que incluso los ángeles mayores lo miraran con un toque de envidia. Luka era el más bello, el más astuto, el más inteligente; una joya forjada para reflejar la gloria de su creador.

La ceremonia comenzó con un pulso de luz que recorrió el Salón. Aetheron se manifestó en el centro, su esencia condensándose en un trono etéreo de brillo cegador. Los ángeles inclinaron la cabeza en unisono, un movimiento fluido como una ola de luz.

"La hora de las Asignaciones ha llegado" resonó la voz de Aetheron en sus mentes, un trueno suave que no admitía réplica. "Cada uno de ustedes será guardián de un humano, según el Guión Eterno. Observarán, guiarán sutilmente, pero nunca alterarán. El destino es inmutable, como el éter que nos sostiene."

Los nombres se pronunciaron uno a uno, no en palabras audibles, sino en impresiones mentales que se grababan en el alma de cada ángel. Un ángel menor recibió a un niño destinado a ser un humilde pescador. Otro, a una mujer que lideraría una rebelión de guerra. Ivan fue llamado a continuación.

"Ivan, el astuto" continuó Aetheron. "Te asigno a Till. Su camino estará marcado por el fuego de las emociones humanas. Obsérvalo, y recuérdalo: los humanos son efímeros, como chispas en la eternidad."

Ivan inclinó la cabeza, pero una sonrisa curvó sus labios. "Un humano apasionado... esto va a ser divertido" murmuró para sí mismo, su voz fue un susurro que solo los cercanos pudieron captar.

Sus alas blancas con vetas de rojo, se agitaron ligeramente, revelando su excitación contenida. Ivan siempre había visto a los humanos como entretenimientos, mascotas curiosas en un vasto teatro divino.

A continuación, Sua.

"Sua, la disciplinada" intonó Aetheron. "Te entrego a Mizi. Su rol será de equilibrio en el tapiz de Hyuna. Protégela con tu empatía, pero no con tu corazón. El apego es una grieta en la perfección."

El pecado de Luka Where stories live. Discover now