Introducción

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Era una ley antigua, grabada en piedra y colmillos: beber la sangre de otro vampiro era sellar un vínculo que ni la muerte podía romper. Por eso, cuando la guerra estalló bajo la luna carmesí y el acero chocó con colmillos, nadie notó el instante exacto en que el destino se quebró.
Lucien Valeblood sintió el impacto antes de entenderlo. Un golpe certero, una caída torpe entre ruinas húmedas, y luego el sabor metálico que no le pertenecía. Sangre vampírica. Caliente. Viva. Prohibida. Sus colmillos habían atravesado la piel del enemigo al mismo tiempo que los del otro se hundían en su cuello. No fue un acto de deseo ni de dominio, sino de pura supervivencia… y aun así, el lazo nació.
Elian Cross jadeó, atrapado entre el dolor y algo peor: una oleada de emociones ajenas invadiéndole el pecho. Soledad, culpa, siglos de oscuridad comprimidos en un solo latido. Vio recuerdos que no eran suyos, sintió un amor perdido que le desgarró el alma, y entendió —con horror— que ya no estaba solo dentro de su propia mente.
Cuando lograron separarse, la batalla ya había terminado. La lluvia apagaba los restos de sangre en el suelo, pero no podía borrar lo que ahora ardía entre ellos. Lucien levantó la mirada, furioso, aterrorizado, consciente de que había cometido el peor error de su existencia inmortal.
—Esto no debió pasar —murmuró, con la voz cargada de una amenaza que iba dirigida tanto a Elian como a sí mismo.
Elian, aún temblando, sostuvo su mirada sin saber por qué su corazón latía al ritmo del de aquel monstruo.
—Entonces —respondió— ¿por qué se siente como si siempre hubiera sido así?
Bajo la noche eterna, dos enemigos quedaron unidos por la sangre.
Y el verdadero infierno apenas comenzaba.

Sangre CompartidaWhere stories live. Discover now