El inicio del todo

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Estaban allí, frente a todos.

Un semental anciano, de porte firme y rasgos que recordaban a un antiguo guerrero indígena, permanecía de pie en el altar. Su mirada era profunda, cargada de años, de historias no dichas. Frente a él estaba Twilight, erguida, solemne, como si el peso del momento no la aplastara, sino que la definiera.

El murmullo recorría el lugar como un viento inquieto. Nadie entendía cómo habían llegado hasta ahí. Nadie sabía quién era realmente ese semental... ni por qué estaba a punto de casarse con ella.

La escena se congeló.

Todo quedó suspendido en un silencio irreal.

—Ese soy yo —dijo una voz en su mente, grave, tranquila—. Justo ahí... en el altar.

La imagen seguía inmóvil, como una pintura atrapada en el tiempo.

—Seguramente se estarán preguntando quién soy —continuó—. Por qué estoy aquí. Y, sobre todo... por qué me estoy casando con Twilight Sparkle.

Un leve suspiro resonó en la nada.

—Pero para entenderlo... tenemos que remontarnos al inicio.


. . .


Hace mucho, pero mucho tiempo, mi padre y mi abuelo me hablaron de un antiguo altar.

—Es un lugar sagrado —decía mi abuelo mientras señalaba las pinturas rupestres—. Ahí, los líderes se unían con las yeguas más hermosas de la tribu.

Mi padre continuaba la historia con voz grave.

—Pero no era un matrimonio común. Ambos debían ofrecer su sangre al altar.

La sangre del esposo y la esposa caía sobre la piedra tallada, y entonces ocurría lo imposible: de esa unión nacía un hijo de forma instantánea. No había gestación, no había espera. El altar decidía. Ese potro o potranca era el indicado, el elegido.

—Pero todo tiene un precio —agregaba mi padre—. El altar no solo da vida... también impone responsabilidad.

Los hijos nacidos por el altar crecían de forma antinatural. En apariencia alcanzaban la edad de su madre o de su padre en muy poco tiempo, aunque su edad real fuera mínima. Aun así, cargaban una sabiduría antigua, un espíritu que no pertenecía a un niño común.

Yo, en cambio, nací de forma natural.

Eso contradecía toda la tradición.

Y aun así, todos sabían que, tarde o temprano, me convertiría en el futuro líder.

Una noche, mientras observábamos las figuras pintadas en la roca, le pregunté a mi padre:

—Papá... ¿por qué yo?

Él tardó en responder. Su mirada se perdió en los símbolos antiguos.

—Existe una leyenda —dijo finalmente—. Habla de un líder de la tribu y de una princesa.

—¿Una princesa? —pregunté.

—Una princesa inmortal —aclaró—. De su unión nacerá un hijo o una hija. Y quien cuide a ese descendiente será responsable de guiar a la siguiente generación.

Tragué saliva.

—¿Y qué dice más la leyenda?

Mi padre apretó los dientes.

—Dice que, al ser la princesa inmortal, sus descendientes también lo serán. Jamás envejecerán. Jamás morirán.

El silencio se volvió pesado.

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