01. El eco de una sonrisa

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Notas:
· Los personajes hablan entre sí en italiano.
· Cuando aparezcan frase en español estarán en cursiva.
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El aire en la villa toscana siempre olía a hierbas secas, a tierra caliente y a la sombra húmeda de los cipreses. Para Lovino Vargas, ese aroma era sinónimo de encierro. No un encierro físico, pues la finca era amplia y hermosa, sino uno social, emocional, marcado por una letra griega que llevaba en la nuca como un estigma: Ω. A sus veintidós años, Lovino, omega, gemelo mayor por diecisiete minutos exactos, contemplaba desde su ventana el espectáculo habitual. Bajo el cenador cubierto de glicinas, su abuelo Rómulo, alfa de porte aún imponente a pesar de los años, cabello castaño oscuro peinado con rigor y ojos ámbar que todo lo observaban, tomaba el té de la tarde. A su lado, como la pieza más preciada de una colección, estaba Feliciano. Feliciano. Su hermano. Su gemelo. El otro omega.

La luz del atardecer doraba los rizos castaños que en Feliciano tendían al rojizo, creando una especie de aureola. Sus ojos del mismo ámbar que los del abuelo brillaban con una alegría serena mientras reía por algo que Rómulo decía. Vestía una camisa de lino clara que parecía diseñada para capturar la luz. Era, en una palabra, hermoso. Y no solo físicamente. Su belleza era una promesa de docilidad, de pasión contenida pero accesible, de un omega que entendía y aceptaba su lugar en el orden del mundo con una sonrisa. El omega perfecto.

Lovino se alejó de la ventana, el gesto torcido en un gesto de fastidio. Sus propios ojos verdes, heredados de una abuela que no conoció, reflejaban la penumbra de su habitación, no el sol. Su cabello, castaño oscuro como el de Rómulo, caía lacio y rebelde sobre su frente. No odiaba a Feliciano. Ese sentimiento era demasiado simple, demasiado agotador para sostenerlo día tras día. Lo que sentía era una fatiga profunda, la sensación de ser un eco perpetuo de una nota que nadie quería escuchar. Porque la vida de Lovino era una repetición constante, un bucle cruel: se fijaba en un alfa o en un beta, sentía ese latido acelerado, esa esperanza tonta, y entonces, sin falta, aparecía Feliciano.

Y la mirada del pretendiente se desviaba. Se suavizaba. Se llenaba de un asombro distinto. La belleza del aura de Feliciano era un imán, su naturaleza apasionada pero sumisa un canto de sirena. Lovino, con su carácter espinoso, su sarcasmo fácil y su negativa a sonreír por compromiso, era la roca áspera al lado de la perla brillante. Y las perlas, siempre, eran más fáciles de admirar.

"No tengo favoritismo" decía Rómulo a veces, con su voz grave, cuando creía que Lovino no escuchaba. Y tal vez era cierto en la mente fría y calculadora del patriarca. Ambos nietos tenían techo, comida, educación. Pero el favoritismo no siempre se medía en bienes materiales. Se medía en sonrisas compartidas, en miradas de orgullo, en la paciencia infinita ante las travesuras de uno y la irritación rápida ante las quejas del otro. Se medía en llamar "mi joya" a Feliciano y "Lovino" a Lovino.

Un ruido en el pasillo lo sacó de sus pensamientos. Era Feliciano, subiendo las escaleras de dos en dos, con esa energía que parecía inagotable.

-¡Lovi! ¡Lovi, estás aquí!- Irrumpió en la habitación, su aroma dulce de omega, a limón y albahaca fresca, invadiendo el espacio personal de Lovino, que olía a tierra seca y a café amargo.

-¿Dónde más voy a estar, idiota? ¿En la luna?- Gruñó Lovino, volviendo a sentarse en su lecho.

-Nonno dijo que mañana vendrán visitas. ¡De la empresa española!- Anunció Feliciano, ignorando el tono de su hermano, se tiró de panza sobre la cama, apoyando la barbilla en las manos. -Dice que es una reunión importante. Que tenemos que estar presentables-

-Nosotros- Refunfuñó Lovino. -Querrás decir 'tú'. A mí me esconderá en la cocina o me mandará a revisar las viñas para que no espante a los inversores con mi cara de omega amargado-

Il mio Geode [Spamano Omegaverse]Des histoires addictives. Découvrez maintenant