Del monte al polvo

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La mañana en la Sierra Tarahumara amaneció fría y callada, de esas que te calan hasta los huesos. Manuel Ríos estaba despierto desde antes de que saliera el sol. Sentado atrás de la casa, con la espalda recargada en la pared de adobe, le dio una última fumada al porro que apenas prendía. El humo le raspó la garganta, pero le calmó el ruido que traía en la cabeza desde hace días.

—Chingada madre... —murmuró, aplastando la colilla contra una piedra.

Se levantó sacudiéndose el pantalón y caminó al corral. La rutina era lo único que no fallaba: darles de comer a los animales, revisar las cercas, cargar agua. Ahí, entre el monte y el silencio, nadie le preguntaba nada.

Cuando entró a la casa, el olor a café recién hecho llenaba el cuarto. Su madre estaba sentada en la mesa, con la taza entre las manos, mirándolo de reojo.

—Hijo de la chingada, ¿dónde andabas? —le soltó sin rodeos.

—En ningún lado, má... ¿por? —respondió Manuel, haciéndose el desentendido mientras se sentaba.

Ella frunció la nariz.

—Otra vez estabas fumando esa porquería, ¿verdad?
—Pos nomás tantito...
—Te vas a quedar chueco como tu primo, ya ves cómo lo agarraron en el monte los municipales. Y luego no andes chillando.

Manuel no dijo nada. Bajó la mirada y se quedó jugando con una astilla de la mesa.

Su madre suspiró hondo, como si lo que venía fuera todavía más pesado.

—Mira... tu padre y yo nos vamos a ir a Chihuahua.

Manuel alzó la vista.

—¿Cómo que se van a ir?

—Nos salió trabajo en una obra grande. Casa de un empresario pesado. Dicen que pagan bien... y falta hace.

El silencio se metió entre los dos.

—¿Y yo qué? —preguntó Manuel, seco.

—Pues alguien tiene que quedarse a cuidar esto —dijo ella, sin dureza, pero sin rodeos—. No podemos dejar el rancho solo.

Manuel apretó la mandíbula. Sabía que discutir no servía de nada.

Los días siguientes se fueron pesados. Hacía lo mismo de siempre, pero ahora todo se sentía distinto, como si la Sierra ya supiera que lo iban a dejar. El día que sus padres se fueron, el camión levantó una nube de polvo y se los llevó sin mirar atrás. Manuel se quedó parado, con las manos en los bolsillos, hasta que el ruido desapareció.

Las noches se volvieron largas. Demasiado largas. La comida apenas alcanzaba, y el silencio ya no era tranquilo, sino incómodo. A veces fumaba para dormir. A veces ni así.

Un mes después, agarró una mochila vieja, cerró la puerta de la casa y le dio una palmada a la pared.

—Ahí luego nos vemos —dijo en voz baja.

No prometió regresar.

Manuel bajó del camión con la mochila colgada al hombro y la cabeza dando vueltas. Todo se movía rápido: carros pitando, gente caminando sin mirarse, voces por todos lados. Nada se parecía a la sierra. Ahí el ruido no se acababa nunca.

Le preguntó a un señor cómo llegar a la obra y caminó varias cuadras hasta que vio los andamios y el polvo levantándose en el aire. Desde lejos se escuchaban los golpes del fierro y los gritos de los capataces.

Su madre estaba en la entrada de lo que parecía ser una cocina, con un delantal y la cara cansada. Cuando lo vio, se le endureció la expresión.

—¿Y tú qué haces aquí? —le soltó sin saludar—. ¿No te dije que te quedaras en el rancho?

—Ya no quise, má —respondió Manuel—. No alcanzaba... y pos me vine.

—¿Y si pasa algo allá? ¿Quién va a cuidar las cosas?
—Luego vemos eso.

Ella negó con la cabeza, molesta.

—Chingado, siempre igual contigo.

Antes de que siguieran discutiendo, se escucharon pasos firmes bajando por las escaleras de la casa en construcción.

—¿Por qué tanto ruido aquí abajo? —preguntó una voz grave.

Era el patrón. Manuel lo reconoció de inmediato, aunque nunca lo había visto: camisa limpia, un saco negro, botas caras, mirada pesada. No gritaba, pero imponía.

—Disculpe, patrón —dijo la madre de Manuel enseguida—. Es mi hijo. Acaba de llegar de la Sierra.

El hombre miró a Manuel de arriba abajo.

—¿Y luego?
—Venía a ver si... si podía trabajar aquí —dijo ella—. Es buen muchacho, y su padre ya anda en la obra.

El patrón se quedó callado unos segundos. Luego habló:

—Aquí no se viene a estorbar. ¿Sabes trabajar?
—Sí, señor.
—¿Aguantas el ritmo?
—Sí.

El hombre asintió apenas.

—Que se quede. Pero aquí se viene a jalar y a callarse. No quiero problemas.

Y sin decir más, se dio la vuelta y subió de nuevo.

La madre de Manuel soltó el aire.

—No me hagas quedar mal mijo—le dijo—. Ponte a trabajar y no andes de respondón.

Manuel caminó entre el polvo hasta que vio a su padre. Estaba mezclando cemento, con la camisa que antes era blanca y ahora es gris, empapada de sudor. Cuando levantó la vista y lo vio, frunció el ceño.

—¿Y tú? ¿Qué chingados haces aquí?
—Vine a ayudar, apa.

El viejo lo miró alrededor antes de hablar.

—Órale pues. Agarra una pala. Pero escúchame bien —le dijo en voz baja—: aquí nomás trabaja y no preguntes nada.
—¿Por qué o qué?
—Nomás hazme caso. Este lugar está medio raro.

Manuel no preguntó más. Agarró la pala y empezó a trabajar.

El ruido, el polvo y el cansancio lo envolvieron rápido. La sierra ya no estaba. El silencio tampoco.

Y sin saberlo, Manuel acababa de entrar a un lugar donde callar iba a ser tan importante como sobrevivir.

Amar en tierra prohibidaStories to obsess over. Discover now