Arkham Asylum no dormía,Nunca.
Respiraba.
No era una metáfora poética ni una exageración de pasillo.
Las paredes literalmente parecían inflarse y desinflarse con la humedad del río cercano, con el vapor de los cuerpos encerrados, con los susurros q...
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Arkham Asylum no dormía,Nunca. Respiraba.
No era una metáfora poética ni una exageración de pasillo.
Las paredes literalmente parecían inflarse y desinflarse con la humedad del río cercano, con el vapor de los cuerpos encerrados, con los susurros que se filtraban por los conductos de ventilación.
El edificio viejo, de ladrillos ennegrecidos y ventanas angostas, tenía un pulso propio. Uno lento. Pesado. Como si estuviera siempre al borde de decir algo y se contuviera. Ahí adentro trabajaban ellos. No eran familia,ni compartían apellido, No se sentaban a comer juntos ni se llamaban en fechas importantes.
No se debían lealtad emocional.
Se debían obediencia.
El dueño de Arkham Asylum era Bruce Wayne. No un filántropo de sonrisa perfecta en este mundo, sino un hombre distante, pulcro, quirúrgico.
El hijo de un doctor brillante que había muerto en circunstancias nunca del todo claras. Bruce heredó dinero, prestigio… y una institución rota. Arkham no era un hospital psiquiátrico.
Era un acuerdo.
Uno tácito entre el poder, la locura y el silencio.