📖 1986

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La plaza de San Cristóbal siempre olía a tierra húmeda y a cigarrillos mal apagados. Los jueves eran tranquilos, casi aburridos, y quizá por eso la gente bajaba la guardia.

Yo estaba sentada en una banca, con el cuaderno apoyado sobre las rodillas, fingiendo escribir algo importante. En realidad, solo garabateaba palabras sueltas.
Pensamientos que no tenían a dónde ir.

Fue entonces cuando lo vi.

Álvaro estaba en el borde de la fuente, con un walkman plateado entre las manos. Tenía la chaqueta de cuero abierta y el cabello un poco desordenado, como si nunca se mirara demasiado al espejo. No parecía esforzarse en llamar la atención, y aun así, la tenía.

No intercambiamos palabras al principio.
En 1986, eso no era extraño.

Las miradas duraban más que las conversaciones, y los silencios decían cosas que nadie se atrevía a preguntar. Sentí algo incómodo, como si alguien hubiera movido una pieza invisible dentro de mí.

—¿Escribes? —preguntó de repente.
Levanté la vista. No supe cuánto tiempo llevaba mirándome.

—A veces —respondí.

No insistió. Solo sonrió de medio lado y volvió a mirar la fuente. Ese tipo de sonrisa que no promete nada… y por eso mismo inquieta.

—¿Qué escuchas? —pregunté, más para no quedarme en silencio que por verdadera curiosidad.

Me tendió uno de los audífonos.
The Cure.
La canción era lenta, casi triste.

No comentamos nada más. Compartir la música fue suficiente. El mundo seguía moviéndose a nuestro alrededor, pero parecía hacerlo más despacio.

—Soy Álvaro —dijo al levantarse.

—Valeria.

Asintió, como si ese nombre encajara mejor de lo que esperaba.

Lo vi alejarse por la calle lateral de la plaza sin despedirse demasiado. Me quedé ahí unos minutos más, con el audífono todavía caliente en la mano y una sensación rara en el pecho.

Esa noche escribí su nombre en el cuaderno.
No porque significara algo todavía…
sino porque presentí que, de algún modo, iba a hacerlo.

Cartas que nunca envié (1986)Stories to obsess over. Discover now