Lucía
—Acepto casarme contigo —respondo decidida.
Carl sonríe de oreja a oreja al escuchar mis palabras. Parece que quiere hablar, pero la felicidad se lo impide. Se lleva las manos al rostro, como si necesitara contener las ganas de gritar. Sé que ahora mismo está inmensamente feliz y que yo debería de estar igual, pero no, yo no siento nada de eso.
Esa frase no provoca esa misma felicidad en mí. Esas tres palabras son totalmente vacías, carentes de emoción. Nunca quise casarme y menos de esta manera.
Alguna vez me dije a mí misma que jamás sería una mujer que se acercaría a un hombre por conveniencia, pero la necesidad no pregunta si rompiste una promesa contigo misma.
Aunque siendo sincera, ambos hemos conseguido lo que queríamos desde hace mucho tiempo: él, mi atención; y yo, una oportunidad para mi madre.
Carl deja de sonreír un segundo, tal vez por mi falta de emoción. Respira hondo y cierra los ojos por un pequeño instante, como si mi "sí" apenas fuera asimilado por completo. Los abre y toma mi mano, su mirada me dice que puede leer en mi rostro que siento lo contrario a él.
—No hace falta que me ames, Lucía —dice, más bajo—. Te prometo que voy a hacer que esto funcione, quiero que seas feliz, quiero ganarme tu corazón aunque eso me tome toda la vida.
Lo miro un segundo, trato de al menos darle una sonrisa, pero no, no puedo. Pero sí necesito seguir pidiéndole favores.
—Solo necesito una cosa —digo, antes de perder el valor—. No quiero casarme mientras mi madre esté así. Quiero hacerlo cuando sepa que esté mejor y ella pueda estar ahí, conmigo: que podamos celebrarlo de verdad y ella pueda caminar hasta el altar conmigo.
Veo a Carl dudar un segundo.
—Pero, Lucía...
—Prometo que va a pasar, voy a cumplirte —digo, tratando de calmarlo—. Solo necesito tiempo, solo eso.
Hace una pausa de nuevo, finalmente aprieta mi mano.
—Sé la clase de mujer que eres, Lucía, y no tengo dudas de que siempre cumples tu palabra. —Su voz se suaviza—. Tómate el tiempo que necesites. Yo voy a estar aquí cuando estés lista, mejor dicho, cuando tu madre lo esté.
Me suelto de su agarre, pero él me detiene antes de alejarme.
—También necesito que sepas que voy a hablar con tu madre, si tú me lo permites. Cuando ella esté mejor, pediré tu mano y haré las cosas bien. Tendrás la boda de tus sueños, me esforzaré en hacerlo el mejor día de tu vida.
Asiento antes de salir de su oficina sin decir nada más. Nunca imaginé estar en esta situación, y que mi vida haya cambiado para siempre. Camino rápido, casi huyendo, aunque no hay a dónde huir de lo que ya hice.
Paso frente al cubículo de dos compañeros que ríen de algo en su pantalla, ajenos por completo a que mi mundo se acaba de partir en dos. Los envidio, un segundo, por no cargar con mis problemas, por poder reírse de algo tan simple como un video en la pantalla.
Corro a mi lugar de trabajo, me siento frente a mi escritorio sujetándolo con fuerza para no volver y retractarme de lo que acabo de hacer.
Pienso en Carl, y no es odio lo que siento por él. Ojalá lo fuera.
Lo imagino aún dentro de su oficina, sonriendo como si acabara de ganar algo. O tal vez en el fondo sí sabe que esto no es un premio, y no sé si eso me hace sentir mejor, o mucho peor.
Alguien que me quiere tanto merece algo mejor que esto. Merecería un sí de verdad, no uno construido a partir de deudas y desesperación.
Pero los sobres con cuentas vencidas están aquí, recordándome la razón por la que tomé esa decisión. Llegaron esta mañana a mi casa y los recogí antes de que mi madre los viera. Los tomo, paso el pulgar por el borde, una y otra vez, pero no los abro. No hace falta, ya sé lo que son: deudas y más deudas. Los vuelvo a dejar sobre el escritorio, boca abajo. Giro a ver la foto de mi madre, la que nos tomamos en mi graduación de la universidad, cuando todo era bueno. Las dos sonreímos a la cámara, estábamos juntas, unidas en un abrazo.
Cierro los ojos. Hay una Lucía en esa foto que ya casi no reconozco. Mis pensamientos llegan a esa última vez que sonreí así de verdad, el cielo estaba despejado, el sol radiante. Pero ahora sé que la tormenta siempre estuvo cerca...
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¿Por qué no eres tú?
RomanceHace doce meses yo era otra persona. Alguien que se habría reído de todo esto. Dije que sí. No porque lo amara, sino porque las deudas de un tratamiento que no podía pagar ya no me dejaban pensar con claridad. Carl me ofreció salvar a mi madre, y po...
