Prólogo

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Antes de que hubiera imperios que defender o caos que sembrar, antes de que las medallas pesaran sobre el pecho y los parches cubrieran ojos muertos, hubo personas.

Personas que no sabían que estaban a punto de convertirse en leyendas. O en pesadillas. O en ambas.

Porque los monstruos no nacen. Se forjan en almacenes abandonados, en fronteras mal delimitadas, en decisiones que se toman con el corazón o la razón o ninguna de las dos cosas. Se forjan en la rabia de un soldado que aún no sabe canalizar lo que lleva dentro. Se forjan en la frialdad de un prodigio que aún no entiende que el control total es la mentira más peligrosa de todas.

Se forjan en el amor de dos amigos que creían que nada podría separarlos.

Y se forjan en el odio de dos enemigos que descubrieron que no podían vivir sin el otro.

Pero también se forjan, a veces, en la soledad de un niño que aprendió demasiado pronto que el mundo no es justo, que la amistad no es para siempre, y que el único poder real es el que puedes sostener en tus manos.

Un niño que creció para convertirse en el hombre más peligroso de todos.

No porque fuera el más fuerte.

No porque fuera el más inteligente.

Sino porque era el único que había dejado de creer que las reglas se aplicaban a él.

Y porque había descubierto un arma más poderosa que cualquier bomba, cualquier chip, cualquier ejército.

Una sonrisa.

Una palabra dicha en el momento adecuado.

Una promesa que no pensaba cumplir.

......

I. JIM - El Perro Callejero que Nunca Tuvo Dueño

Diecinueve años cuando empezó todo.

No tenía nada entonces. Ni nombre que importara, ni causa que lo definiera, ni futuro que no fuera una mancha borrosa en el horizonte de una guerra que no había elegido pero que había abrazado porque era lo único que le ofrecía algo parecido a un propósito.

Jim había crecido en los márgenes. En las grietas del sistema. En los lugares donde el Estado no llegaba y la ley era solo una palabra que otros usaban para justificar su poder. Su infancia fue una sucesión de casas de acogida, de peleas en patios de escuela, de noches en comisarías. Nadie lo quería. Nadie lo quería de verdad. Había sido un problema desde el principio, un niño con demasiada rabia y muy pocas palabras para expresarla.

A los catorce años ya sabía pelear. A los dieciséis ya sabía matar. No porque lo hubiera planeado, sino porque la vida lo había empujado a eso. Cuando tienes hambre, cuando no tienes nada que perder, cuando el mundo te ha enseñado que no le importas... aprendes rápido. Aprendes que la única forma de que te respeten es siendo más fuerte que el otro. Aprendes que la única forma de que no te hagan daño es haciéndolo primero.

Soldado impulsivo recién ascendido. La palabra "recién" era generosa. Nadie lo había ascendido formalmente. Simplemente, un día, los que quedaban después del bombardeo empezaron a mirarlo cuando necesitaban una orden, y él, sin saber muy bien por qué, empezó a darlas.

No había sido un ascenso. Había sido un colapso. El oficial al mando había muerto. El suboficial había muerto. El siguiente también. Y Jim, que solo era un soldado raso sin ninguna cualificación para liderar, se había encontrado al frente de un pelotón desorientado y asustado. Y había hecho lo único que sabía hacer: pelear.

Ganaron. No por estrategia, sino por pura desesperación. Y los que quedaron empezaron a seguirlo.

La ushanka que llevaba puesta era robada. Robada de alguien que ya no la necesitaba porque ya no tenía cabeza para sostenerla. Jim no había conocido a ese alguien. Solo había encontrado la ushanka entre los escombros, cubierta de polvo y sangre seca, y se la había puesto porque en la frontera el frío mataba a más soldados que las balas.

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