Capítulo 1: El Monstruo en Casa

14 3 0
                                        

—Corrí, desde luego que corrí.

—¿Qué loco se quedaría viendo todo lo que pasó? Pues no estoy tan loco como para quedarme a ver, yo sí quiero seguir. Quiero seguir.

Pero... ¿qué?, ¿cuándo llegué?, ¿dónde estoy? ¡No! Imposible. ¿Estoy? ¿Estoy?... ¿Muerto?

...

En efecto... "Él" acababa de morir, aunque no es algo importante; lo importante es lo que viene. Lo que se aproxima estaba fuera de su imaginación, pues, ¿quién podría llegar a imaginar algo tan, pero tan, espantoso?

Los años desde su muerte fueron pasando extrañamente rápidos. El tiempo en donde estaba no pasaba igual que en donde vivía.

¿Cuánto tiempo pasó en realidad? Nadie sabe, pero tiene la sensación de que no fueron solo días, ni semanas; tampoco fueron algunos años.

Para "Él" habían pasado décadas, quizás siglos, pero hasta que no encuentre la manera de salir no estará del todo seguro. Pero ¿hay salida? Y si la hay, ¿por qué hasta ahora no la encontró?

Hay cientos de preguntas que no tienen respuestas; hay miles de cosas absurdamente inquietantes; allí nada es lo que parece y todo lo que parece coherente, es absurdo.

Aún desconoce el motivo de su muerte; está seguro de que logró escapar. Pero se estarán preguntando: ¿de qué?

Les resumiré... "Él" vivía en una cabaña con su madre, su padre y sus dos hermanos. Era una noche de invierno, una de las más frías. No vivían tan lejos de la ciudad. Esa noche, luego de cenar, fueron a sus habitaciones y, con el pasar de las horas, el frío se volvía más insoportable.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando desde la sala se escuchó una gran explosión, aunque no se levantó, ya que en ocasiones era normal que la estufa hiciera eso. Desde la otra habitación se escuchaban ruidos, quejas y gemidos, pero lo ignoró, ya que ¡sí!, era normal. Era la habitación de sus padres.

Lo que no pudo ignorar fueron los gritos desgarradores de sus hermanos. Salió de un salto, rápido de la cama, y corrió descalzo hacia aquella habitación donde ambos dormían juntos.

Su visión se volvió borrosa y un sudor frío recorrió su espalda cuando cruzó la puerta. Lo que vio lo dejó en shock por momentos, dejándolo de pie y en silencio ante tan desgarradora escena.

En una de las camas estaba su hermano con los ojos puestos fijos hacia la puerta donde él estaba; su mirada reflejaba terror y desesperación, su cuerpo estaba bañado de sangre y las perforaciones en su cuello eran difíciles de contar. En el piso, a los pies de la otra cama, se encontraba el otro hermano, con los ojos cerrados y llenos de lágrimas. También su cuerpo estaba todo mutilado y el color rojo de su sangre cubría toda su ropa.

El grito de su madre pidiendo ayuda desde la otra habitación logró sacarlo del trance. "Él", al reaccionar, salió corriendo desesperado gritando:

—¡MADRE, MADRE, YA VOY!

Pero cuando quiso entrar, algo pesado estorbaba en la puerta. Luego de empujar varias veces con dificultad, logró entrar; lo primero que hizo fue dirigir su mirada a aquello que le impedía el paso. En el suelo yacía el cuerpo desnudo y degollado de su padre. La sangre escurría lentamente por debajo de la puerta.

—No, no te acerques —mencionó la madre con voz temblorosa mientras desviaba su mirada, tratando de ocultar sus ojos cristalinos por las lágrimas.

"Él" no lograba entender; sus manos temblaban y su respiración aún seguía agitada. Al cruzar por completo la puerta, se dirigió rápidamente hacia donde estaba su madre, desconsolada y aterrada.

—¿Qué sucedió?, ¿estás bien?, ¿estás herida? —preguntó mientras se acercaba a la cama.

La madre no respondió de inmediato; solo respiró con dificultad y lo miró con desesperación y terror... Sus ojos reflejaban odio y rencor.

—Vete, sal de aquí —mencionó en un susurro forzado mientras sus ojos rojos se clavaban en él.

—Madre, ¿acaso te hizo algo?, ¿estás lastimada? Esta vez —hizo silencio por un breve momento y tomó aire, como si estuviera reuniendo coraje para poder hacer esa pregunta, y siguió—: ¿llegó a tocarte? —Sus ojos posesivos recorrían el cuerpo de la mujer.

—¡VETE! ¡SAL DE AQUÍ, MONSTRUO! —gritó la madre.

—Tranquila, tranquila. Aquí no hay ningún monstruo —volteó a ver el cuerpo de su padre—. Ya no más.

—¿Por qué?, ¿por qué haces esto?, ¿por qué lo hiciste? —preguntó la mujer en llanto, mientras temblaba al ver que su hijo se acercaba cada vez más.

—¿Por qué? —levantó las cejas, luego hizo silencio. Se pasó la mano por el rostro y dejó escapar un suspiro pesado, de esos que llevan consigo el peso de una gran carga emocional—. ¿Acaso eres idiota? —mencionó fríamente, levantando la voz y sujetándola del brazo—. Dejabas que ese imbécil te tocara, te manoseara, te besara y te penetrara todas las estúpidas noches, y me preguntas ¿por qué? ¿Qué pensabas que haría?, ¿fingir que éramos una familia normal, feliz y aceptar el rol de todos? ¡Estás equivocada! —respondió mientras que en su rostro se dibujaba una sonrisa siniestra.

Cada vez que su madre se estremecía, temblaba o lloraba del miedo, "Él" más lo disfrutaba. En un segundo de descuido, mientras estaba perdido en sus pensamientos, ella logró levantarse de la cama con el fin de salir corriendo, pero para su desgracia él la sujetó del brazo y con fuerza la tiró a la cama.

—Tsk, tsk, tsk —chasqueó la lengua haciendo que golpeara contra el paladar, negó varias veces con la cabeza y sonrió de lado—. Estás equivocada si piensas irte —dijo para luego pasar su mano con suavidad por el cuello desnudo y frágil de su madre—. Debí haber hecho esto hace mucho tiempo.

Se abalanzó sobre ella, le sujetó ambas manos poniéndolas sobre la almohada, por encima de su cabeza, y con la mano derecha iba desabotonando cuidadosamente el camisón.

—Mmm, me encanta. Me encanta volver a sentir esto. Me fascina, me vuelve loco. Dime, ¿tú también lo extrañaste, verdad? —Cada vez que le masajeaba los pechos se relamía los labios y tragaba saliva, como si le costara resistirse.

—Ohh, espera —se detuvo por un momento—. ¿Acaso... estás llorando? —preguntó dejando salir una pequeña risa—. Debiste haberme extrañado mucho.

La mujer desvió su rostro con disgusto para dejar caer sus lágrimas.

—Déjame —susurró como si le faltaran fuerzas. Estaba recostada, llorando, con su camisón entreabierto y debajo de su hijo—. ¡YA BASTA! —gritó tratando de reunir fuerzas para zafarse de la situación.

"Él" dejó de manosearle el pecho para agarrarle con firmeza el rostro.

—No, no. No grites —le colocó el dedo en sus labios cerrados—. Shh... ¿Acaso quieres que los niños despierten?, ¿quieres que vean esto? Oh, ya sé —su expresión lentamente cambiaba, pasó de estar sonriendo a estar serio y sombrío—: ¿Quieres que... los mate?

El silencio se hizo presente entre los dos. "Él" apretó los dientes esperando la respuesta y ella solo abrió los ojos con asombro y desesperación.

—No, no, no —en cada palabra podía sentir el latir de su corazón en la garganta—. No te atreverías —respondió mientras su voz temblaba.

"Él", al escuchar eso, la soltó para luego ponerse de pie y alejarse lentamente de la cama. Ella reaccionó de inmediato y, como si fuera por puro instinto, lo sujetó del brazo con firmeza.

—No. No, por favor, déjalos. No les hagas nada. Solo son niños —dijo para dejar notar el terror y desagrado en su rostro.

En fin. Demos por finalizado este capítulo para poder abrir las puertas al próximo.

Sumergidos en el TerrorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora