Ana de las tejas verdes. La llegada
Lucy Maud Montgomery /a7MryZ4Cb
Publicado: 2017 | 97 páginas
Relato Aventuras Juvenil
Serie: Ana de las tejas verdes #1 /sUmKXwiIC_G4
Las peripecias de Ana de las Tejas Verdes, una saga clásica ahora revisada y a...
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LA SEÑORA RACHEL LYNDE VIVÍA JUSTO DONDE LA carretera principal de Avonlea se adentraba en un pequeño valle rodeado de árboles y atravesado por un arroyo, que era conocido por lo laberíntico y revuelto de su primer tramo. No obstante, cuando llegaba a la hondonada de la señora Lynde se convertía en un riachuelo tranquilo y silencioso. Y es que incluso el agua tenía que ser prudente cuando pasaba por delante de la puerta de aquella mujer. Era como si el río supiera que la señora Lynde estaba sentada junto a su ventana sin quitar ojo a nada que pasara por allí, desde los arroyos hasta los niños, y que si notaba algo extraño o fuera de lugar, no descansaría hasta descubrir todos los porqués.
La señora Rachel Lynde era una de esas pocas personas capaces de manejar sus asuntos sin dejar de estar atenta a los de los demás. Era una buena ama de casa, siempre hacía bien sus tareas, dirigía el Círculo de Costura, ayudaba en la escuela dominical y se volcaba con la Sociedad de Ayuda a la Iglesia y a las Misiones Extranjeras. Aun así, la señora Rachel sacaba tiempo para sentarse durante horas al lado de la ventana de la cocina tejiendo colchas (había terminado dieciséis, como las amas de casa de Avonlea solían decir maravilladas) y observando la carretera principal que cruzaba el valle y ascendía por la colina roja. Como Avonlea ocupaba una pequeña península triangular que se proyectaba hacia el golfo de San Lorenzo, cualquiera que saliera o entrara en ella tenía que pasar por ese camino y ser visto por el ojo curioso de la señora Rachel.
Allí estaba sentada una tarde soleada de principios de junio cuando, a las tres y media, vio a Matthew Cuthbert conduciendo plácidamente su carreta por el camino del valle colina arriba. La señora Rachel Lynde sabía que Matthew Cuthbert tenía que estar plantando nabos en el campo que asomaba por encima de Las Tejas Verdes, como Thomas Lynde (un hombre pequeño y dócil conocido por todos como «el marido de Rachel Lynde») estaba haciendo en el campo de la colina que había más allá del granero.
Y, sin embargo, allí estaba Matthew Cuthbert, vestido con sus mejores prendas y con la más robusta de sus yeguas enganchada al carro, lo que indicaba no solo que iba a salir de Avonlea, sino que además iba a recorrer una distancia considerable. Entonces ¿adónde iba Matthew Cuthbert y por qué?
Matthew rara vez salía de casa, de modo que debía de tratarse de algo urgente y excepcional. Era la persona más tímida que conocía, y no le gustaba nada tratar con extraños. Por mucho que la señora Rachel se esforzara, era incapaz de averiguar las respuestas a sus propias preguntas, al contrario de lo que le habría ocurrido con cualquier otro hombre de Avonlea.
«Voy a ir a Las Tejas Verdes después del té para que Marilla me lo aclare —decidió la señora Rachel—. Algo debe de haber sucedido. ¡Me muero de ganas de saber qué ha empujado a Matthew Cuthbert a salir hoy de Avonlea!».
Así pues, después del té, la señora Rachel se puso en marcha. No tenía que ir muy lejos: los Cuthbert vivían en una casa grande, aislada y rodeada de árboles, que se encontraba a unos quinientos metros de la carretera, aunque siguiendo el camino estaba bastante más lejos. Cuando fundó la granja Las Tejas Verdes, el padre de Matthew Cuthbert, tan tímido y silencioso como su hijo, se alejó todo lo posible del resto de los vecinos sin llegar a adentrarse en el bosque. Las demás casas estaban amigablemente alineadas a lo largo de la carretera principal, pero él construyó la suya en el extremo más alejado de sus terrenos, donde apenas se veía desde la carretera. La señora Rachel Lynde creía que vivir allí no era «vivir».