Capítulo 1

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Había un par de farolas en la calle 23. Otra vez había llegado a la calle donde todo cambiaba para los andantes. Vio la misma banca de hace unos años, donde la luna lloró después de unos cuantos milenios. Estaba tan íntegra como si la madera no se envejeciera. Las luces habían cambiado un poco y eran más tenues; las hojas de otoño, regadas por doquier, daban la impresión de que nadie caminaba por allí desde hace años.

—Sí, seguramente está por aquí, en algún lugar —murmuró, mientras su mirada se opacaba.

Lentamente se dirigió hacia la banca para sentarse, aunque esta vez no había nadie. Tomó su lugar al lado derecho, diagonal a la lámpara con una flor como rejilla para los insectos, y al frente de la estatua de la mujer sin rostro, con un pincel en la mano derecha y una canasta en la cabeza, sostenida por su mano izquierda.

El sol se tornó más sereno, dando un tono de café intenso a las hojas regadas por doquier y al bosque al fondo de la mujer sin rostro. Dejó su bastón a un lado, abrió un poco su saco y tomó la pipa, esa que, hace años, le prometió acompañarlo hasta que el humo no inundara más el ambiente que procuraban. Sacó un pequeño encendedor de su bolsillo izquierdo y esperó un momento antes de dar su primer sorbo de humo. Cruzó su pierna derecha sobre la izquierda, e inevitablemente la miró: aquella mujer sin rostro, esa que, al igual que hace tantos años, solo guardaba silencio. Tal vez para no dejar caer su canasta, o para tratar de que su pincel no cayera al suelo.

Al igual que entonces, tenía el cabello hasta la cintura, con ondulaciones, aunque con pequeños restos de heces de las palomas que, seguramente, se posan frecuentemente sobre ella. Su color de cobre se reflejaba en algunas partes de su silueta, aunque la pintura negra seguía siendo el color más notable.

Con el segundo sorbo de humo, quiso preguntarle... o tal vez, esta vez, conversar. Por todos los años. Preguntarle qué había pasado en ese tiempo.

—Ya soy un anciano. Ahora tengo bastón, mis cabellos son casi por completo blancos y mi mirada, por fin, se perdió. He adelgazado y camino más lento, aunque con la misma determinación. Procuro no fumar tanto. La última vez casi fue la última de verdad... Los años no vienen solos y, tal parece, cada vez llegan más lento. Significa, como ya lo sabemos, que pronto los años se detendrán.

El aire estaba denso. Llevaba su chaqueta y dos camisas, un sombrero color café, unos lentes que se quitó al sentarse y unos zapatos tan cómodos como desgastados por los años.

Estaba ahí, en la banca, fumando... observando la estatua de la mujer sin rostro, con un pincel en su mano izquierda, una canasta en su cabeza y su mano derecha señalando el ocaso, avisando a Marsella un nuevo final.

MarsellaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora