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Soy huérfano, lo que lleva a que me hagan la misma pregunta una y otra vez “¿Tenés padres?”, “No, idiota”, es lo que quiero responder, a veces ser sarcástico, incluso mentir y decir que murieron de la forma más grotesca posible para que la persona se replantee el porqué hizo una pregunta tan estúpida.

En vez de eso digo “solía tenerlos, pero ahora estoy al cuidado de otras personas”.

Una respuesta practicada en el espejo, automátizada para no darle el placer a la otra persona de ver que el hecho de no tenerlos me afecta.

Ya tengo diecisiete años, se supone que a esta edad ya no estaría en el orfanato o que al menos la falta de esas dos figuras no me afectaría como antes, en parte es cierto, pero cada vez que escucho esa pregunta vuelvo a cuando era pequeño.

Las madres con ojos tristes en los eventos de la escuela, los niños mencionando mi nombre entre susurros, las seños pasando más tiempo conmigo que con mis demás compañeros, las miradas extrañas en las calles cuando caminaba junto a las monjas, yo llorando en el baño de la institución después que alguien se hiciera el gracioso y me encerrara dentro.

A esos días vuelvo.

Años atrás fui a una misa, siempre iba a misa, pero está fue distinta a las anteriores.

Una de las señoras que siempre asistía pidió permiso para dar unas palabras, ella habló sobre la situación en la que se encontraba la familia de su hija, tenía los ojos rojos, el maquillaje corrido por las lágrimas y la voz se le rompía con cada palabra que pronunciaba.

Todos en la misa lloraron por su testimonio, pero para mí era claro que no estaba hablando desde la tristeza, era odio puro, cada oración contenía veneno, su voz daba la sensación que tenía vidrios rotos en ella, me dolió el alma escucharla.

“Dios es sabio, todo lo cobra y yo sé que a mi hija la va hacer pagar”, todo en mí se detuvo al igual que una caja de música sin cuerda, me invadió la duda de que si todo lo que me pasaba era por algo que había hecho una vez hace años y no lo recordaba.

Quería llorar, pero seguí inmovilizado, más preguntas se acumulaban encadenando mi cuerpo a algo invisible, mientras más pensaba más desaparecía, al igual que todo a mí alrededor.

Lo que me liberó de esa prisión fue un sonido, un grito de una niña sentada en la primera fila, después los demás gritos que le siguieron, parecidos al coro de la iglesia por la ejecución en conjunto, me devolvieron la capacidad de llorar.

Esa señora, esa mujer venenosa yacía muerta en el piso, aplastada por la cruz de Jesús que estaba en la pared.

¿Era esto el castigo divino del que ella hablaba? No creo que fuera esto a lo que se refería.

Reí.

Lloré.

Las miradas cambiaron su foco a mí, yo no podía parar de reírme entre lágrimas. La situación era tan absurda, Dios todopoderoso con una sabiduría inmensurable había decidido cobrar esa noche.

No volví a ir a misa después de eso.

Las monjas en sí ya eran malas, pero pasado ese incidente empeoró.

Las labores que me asignaban eran más que a los demás, me golpeaban por según ellas hacer las tareas de forma incorrecta para más tarde castigarme de nuevo diciendo que se hacía de la misma forma que previamente me habían dicho que estaba mal.

En un punto me rendí y dejé que ellas hicieran lo que querían, sólo me preparaba mentalmente para lo que sea que ellas hubieran decidido era el castigo del día.

Gritos en el Convento Where stories live. Discover now