☆゙ ۪ ㅤ⌈𝑃𝑟𝑜́𝑙𝑜𝑔𝑜⌉ ࣪ ྀ ࡛ 𓂃

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El silencio siempre había sido su lenguaje común

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El silencio siempre había sido su lenguaje común. 

Antes, era un silencio cómodo. El que se tejía entre el tecleo de la laptop de Kenma y el sonido de las páginas de un informe que Kuroo revisaba en el sofá. Un silencio compartido, lleno de la calidez táctica de dos cuerpos que se conocían tan bien que no necesitaban llenar los espacio vacíos con sonidos forzados. 

Este silencio era diferente. 

Este silencio era un objeto físico, pesado y afilado, que colgaba entre ellos en la mesa del desayuno. Kuroo masticaba su tostada, el crujido anormalmente alto en la quietud de la cocina. Kenma, enfrente, no tocaba su café. Sus ojos, del color ámbar turbio de la resina vieja, estaban fijos en la pantalla de su teléfono, pero Kuroo sabía que no estaba viendo nada. 

El moretón en la base del cuello de Kenma era pequeño, del tamaño de una moneda, con el verde amarillento de los tres días. No estaba oculto. La camiseta holgada de Kenma, una de las viejas de Kuroo, se había deslizado por su hombro, exponiéndolo como una firma casual, un descuido deliberado. 

Un descuido. 

Esa era la palabra clave. 

Kenma no cometía descuidos. 

Kuroo tragó la tostada, que sabía a ceniza. Su mente, esa máquina aguda que siempre había podido descifrar los patrones de Kenma, ahora generaba sólo hipótesis monstruosas. ¿Quién? ¿Dónde? ¿Fue rápido y anónimo en un baño de algún bar, o lento y metódico en una habitación de hotel con vistas a una ciudad que no era la suya? ¿Hizo ese mismo sonido, ese pequeño jadeo ahogado que sólo soltaba cuando estaba realmente perdido en el placer? ¿Le ofreció a otro esa misma paz vulnerable, ese instante en que se derretía y era, por fin, alcanzable?

La pregunta más devastadora surgió, no por primera vez.

¿Me está castigando, o simplemente se está aburriendo de mí?

Kenma alzó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Kuroo, no en el moretón, sino directamente. No había desafío ahí. No había culpa. Sólo esa curiosidad glacial, la misma con la que analizaba los patrones de un jefe final en un videojuego. Estaba esperando. Midiendo. Recolectando datos sobre la reacción de Kuroo.

Y Kuroo....Kuroo no se la dio. 

En lugar del estallido, de los gritos, de las lágrimas de rabia que Kenma probablemente esperaba, Kuroo dejó el plato en el fregadero con un clic suave. Se acercó, pasó junto a la silla de Kenma. Por un segundo, el aire se cargó con la electricidad de lo no dicho

Podría haberlo agarrado. Podría haberlo sacudido. Podría haber hundido sus dedos en ese moretón como para borrarlo a fuerza de posesión.

En su lugar, Kuroo apoyó una mano ligera, impersonal, en el hombro sano de Kenma. Un gesto vacío. De camarada. De roommate.

—Tenemos poca leche—dijo, su voz un modelo de normalidad plana—La compro hoy.

Y se fue. Tomó su chaqueta, sus llaves, y cruzó la puerta hacia el pasillo, dejando atrás el silencio ahora infectado, el moretón como una bandera de un territorio perdido, y a Kenma, por primera vez en todos sus años juntos, genuinamente confundido en su trono de quietud.

En el ascensor, Kuroo se apoyó contra la pared, el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. No había lágrimas. Sólo una ira fría, densa, que se solidificaba en su pecho como un diamante negro.

«Te confundiste cuando viste que no contesté» pensó, el verso de la canción que ahora le resonaba como un himno de guerra personal.

La partida había cambiado. Kenma había abierto un nuevo nivel de traición, creyendo que conocía todas las reglas, todas las reacciones preprogramadas de Kuroo.

Pero Kuroo acababa de pulsar un botón que no existía en el control de Kenma, el silencio como arma.

Y ahora, mientras el ascensor descendía, llevándolo hacia una ciudad que de repente parecía hostil y llena de esquinas donde su amante podía estar regalando sus secretos, Kuroo comenzó a calcular su siguiente movimiento.

Porque si Kenma quería jugar a romper lo que creían tener, Kuroo le enseñaría a perder. No con gritos, sino con una frialdad que le hiciera añorar el calor de su ira.

El silencio cómodo había muerto.

Había nacido la guerra fría.

Y Kuroo Tetsurou, el gran estratega, no tenía la menor intención de rendirse. Iba a cobrar cada gramo de dolor, cada jirón de confianza, cada pedazo de alma que Kenma le había robado.

«Por fin te lo cobraré» juró en el santuario de su propia mente rota.

Y supo, con una certeza que le heló la sangre, que incluso después de cobrar, aun así, estaría ahí. Persiguiendo. Siempre persiguiendo.

Siempre detrás de su alma.

Siempre detrás de su alma

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Detrás de tu alma. 

HOLAAAAA, AQUÍ LELEEEEE IUSYHJS.

Chequense esta ijos, la canción de Mora lo veo muy Kuroken, ns pk, este fic esta inspirado en "Detrás de tu alma-Mora", por si llegan a ver versos de la canción y así como en este caso, capaz algunos caps estén un poco desordenados, pk va a haber, flashbacks y más cosas pes y así, los tq. 

Se me cuidan ijos, espero les guste, este fic no tiene final feliz, si es lo que buscan, aquí no lo encontrarán ni por accidente, así que sin jeit, guerra avisada no mata gente. 

Los ailoviu. 

Besos.

Babay. 

-Lele. 

Detrás de tu alma-KurokenStories to obsess over. Discover now