OneShot

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El restaurante se alzaba frente a ellos como algo que Yuuji sabía, incluso sin pensarlo demasiado, que no era para él. Cristal, mármol, luces cálidas que no invitaban: advertían. Se detuvo un segundo antes de entrar, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo, observando el reflejo que el vidrio devolvía. Ellos dos juntos. La diferencia era imposible de ignorar.

Gojo Satoru, en cambio, no dudó ni un instante. Alto, impecable, con esa seguridad relajada de alguien que jamás había tenido que preguntarse si pertenecía o no a un lugar, empujó la puerta como si lo hiciera todos los días. Como si el restaurante hubiera estado esperándolo.

—Vamos —dijo, girando apenas la cabeza hacia Yuuji— Te va a gustar.

Yuuji tragó saliva antes de asentir.

No era la primera vez que Satoru lo llevaba a un sitio caro, pero esta vez se sentía distinto. Tal vez era el nombre en francés que no sabía pronunciar. Tal vez el valet estacionando autos que costaban más de lo que él ganaría en años sin descanso. O tal vez era esa presión incómoda en el pecho, esa sensación persistente de estar pisando un mundo que no había sido hecho para él.

Aun así, entró.

El olor lo golpeó primero: especias que no sabía identificar, vino caro, feromonas controladas con una precisión casi quirúrgica. Alfas tranquilos, omegas perfectamente entrenados para sonreír sin mostrar nervios. Yuuji se tensó sin darse cuenta; su instinto reaccionó antes que su cabeza.

Satoru lo notó.

Siempre lo hacía.

Sin decir nada, apoyó una mano firme y cálida en la espalda baja de Yuuji. El gesto fue discreto, casi casual, pero cargado de algo sólido, tranquilizador. Estás conmigo, decía sin palabras.

El nudo en el estómago de Yuuji se aflojó apenas.

Los guiaron hasta una mesa junto a una ventana enorme. La ciudad se extendía debajo de ellos como un montón de luces ordenadas con demasiado cuidado. El mantel era tan blanco que Yuuji tuvo la absurda sensación de que respirar demasiado fuerte sería un error.

Cuando el mesero dejó los menús sobre la mesa, Yuuji bajó la mirada... y se quedó inmóvil.

Los números no tenían sentido.

Parpadeó una vez, luego otra.

—¿...esto está en yenes? —murmuró, más para sí mismo que para Satoru.

Satoru soltó una risa baja, divertida, como si la pregunta le resultara entrañable.

—Sí —respondió— Son los precios normales aquí.

Yuuji volvió a mirar el menú.

Solamente el primer plato del menú cuesta lo mismo que toda su despensa del mes.

Sintió el calor subirle a las orejas. Vergüenza inmediata. Un pinchazo de orgullo herido que intentó ignorar.

Satoru hojeaba el menú con total calma, como si estuviera decidiendo entre café o té en una tarde cualquiera.

—¿Ya viste algo que te guste? —preguntó.

Yuuji asintió demasiado rápido.

—Sí —dijo.

Mintió sin pensarlo. En realidad, estaba haciendo cuentas mentales, buscando una manera de dividir la cuenta sin quedar en números rojos. La respuesta era obvia: no podía.

Cuando el mesero regresó, Satoru ordenó primero, seguro, sin detenerse en los precios. Luego fue el turno de Yuuji.

—Yo... —titubeó— Eh... elijo el primero de la lista.

Una cena ContigoWhere stories live. Discover now