Nunca pensé que el sonido de un violín pudiera parecerse tanto a una herida abierta.
Lo descubrí un martes por la noche, después de una guardia de treinta y dos horas que me dejó los ojos secos, las manos temblorosas y la cabeza llena de imágenes que no deberían perseguir a nadie fuera de un quirófano. Había pasado el día entero con el cerebro de un desconocido entre mis dedos, tratando de salvar funciones que no me pertenecían: palabras, recuerdos, la forma de amar. Cuando por fin me quité la bata, supe que no tenía fuerzas para llegar a casa. Tampoco ganas.
Salí del hospital con el cabello aún húmedo por el lavado apresurado y el cansancio colgándome de los hombros como un abrigo mojado. El aire nocturno me golpeó la cara y me recordó que seguía viva, que no era solo un par de manos entrenadas ni un expediente clínico con nombre y número de cama. Caminé sin rumbo durante varias cuadras, ignorando los mensajes que vibraban en mi bolsillo. Mila, seguramente. Siempre Mila, insistiendo en que no me desapareciera del mundo.
Fue entonces cuando lo escuché.
Un sonido limpio, tenso, que parecía sostenerse con dificultad en el aire. Un violín. No uno alegre ni uno torpemente romántico como los que se escuchan en bodas o restaurantes caros, sino uno que sonaba como si alguien estuviera contando algo que no quería decir en voz alta.
Me detuve en seco.
La música venía de una esquina mal iluminada, cerca de una cafetería cerrada. Un hombre estaba sentado en un banco de metal, el violín apoyado entre el hombro y la mandíbula, los ojos cerrados como si tocar fuera un acto de resistencia más que de placer. Tenía el ceño fruncido, no por concentración técnica —eso lo reconocí enseguida— sino por algo más profundo, como si cada nota le costara un recuerdo.
No me acerqué de inmediato. Me quedé observando desde la acera opuesta, con la mochila colgándome de un solo hombro y la mente aún atrapada en resonancias magnéticas y escalas de Glasgow. No sabía por qué me quedé. Tal vez porque ese sonido se parecía demasiado a cómo me sentía: funcional por fuera, fracturada por dentro.
El hombre terminó la pieza con un movimiento brusco del arco. No hizo reverencia ni buscó aplausos. Solo bajó el violín y apoyó la frente en la madera durante un segundo largo, casi íntimo. Cuando abrió los ojos, levantó la vista y me encontró mirándolo.
No aparté la mirada.
Fue un error. Lo supe de inmediato.
—¿Te gustó? —preguntó, con una voz más grave de lo que esperaba.
Asentí, sin pensar.
—No parecía una canción feliz —dije.
Sonrió apenas. No fue una sonrisa amable; fue una de esas que se usan como escudo.
—No lo era.
Cruzó la calle y se quedó frente a mí. Tenía ojeras marcadas, barba de varios días y una cicatriz delgada cerca de la ceja izquierda. Olía a madera, a calle, a algo ligeramente metálico. Pensé en hierro. Pensé en sangre.
—Lua —me presenté sin saber por qué. Nunca daba mi nombre tan fácil.
—Aiden —respondió—. Aiden Smith.
No dijo "mucho gusto". Tampoco extendió la mano. Solo asintió como si el intercambio de nombres fuera suficiente para sellar algo invisible.
—¿Siempre tocas aquí? —pregunté.
—Cuando no tengo dónde más estar.
No insistí. Los silencios incómodos son una especialidad en mi vida; los reconozco, los respeto. Él volvió a sentarse en el banco y yo, contra todo pronóstico, me senté a su lado.
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El Cronico Caso Del Amor
RomanceLua Grey aprendió demasiado pronto que salvar vidas no significa saber cómo cuidar la propia. A sus veinticinco años, es una neurocirujana brillante, hija adoptiva de una familia poderosa y dueña de un futuro perfectamente trazado... hasta que una n...
