UNA BATALLA
El sonido de la bocina anunciaba el comienzo de las operaciones. No era de madrugada, pues el sol ya había aparecido hacía varias horas, pero era temprano. Los soldados que dormían en la trinchera agradecieron los momentos extras de descanso que disfrutaron ese día, aunque no fue ni la amabilidad de los oficiales ni un milagro celestial el origen de ese regalo. El silencio de la bocina dio paso a las voces guturales de los sargentos, que daban órdenes a los vanguardistas para el despliegue. Algunos de los hombres estaban medio dormidos, actuando de forma impulsiva pero sin cometer errores significativos. La disciplina firme del Cuerpo de Guerra de Asedio 1° era eficiente. Los Rompedores aprendían a obedecer órdenes, y a cumplirlas, dejando atrás el sueño, la fatiga o el dolor. El día no era precisamente agradable, pues el frío húmedo y unos nubarrones esporádicos saboteaban el poder salvífico del sol. Después de que los soldados vanguardistas se colocaran en sus posiciones, el sargento Darbuc se quedó en silencio. Le dolía la garganta, pues los primeros momentos del despliegue operativo consistían en una cantinela de gritos y voces que desgarraban las cuerdas vocales. Pero era su oficio, y después de quince años en él, se había acostumbrado. De forma que aprovechó esos momentos de silencio.
Con los vanguardistas en sus puestos y los observadores adelantados enviando comunicaciones al Suboficial-Primero sobre los movimientos del enemigo, las máquinas de guerra comenzaron la orquesta. Cañones Colosso, ubicados en los pozos laterales de la primera trinchera, rompieron la mañana con su grito explosivo. Darbuc tenía puestos los cascos para evitar quedarse sordo, pero aún así sintió la vibración extrema en el fangoso suelo y en sus propias carnes. Era como un removerse desde dentro, y desde fuera. Un quebranto de la estabilidad, un grito de guerra metálico. Él, junto a sus dos secciones de vanguardia, estaban en la zona derecha de la trinchera. Solo tenían otra sección a su lado, que era la encargada de manejar el cañón Colosso, por lo que sufrían los efectos de la máquina casi de primera mano. La salva de disparos fue de cuatro, espaciados entre el cañón izquierdo y el derecho, por momentos. Casi musical, rítmico. Darbuc miraba con sus prismáticos por la zona elevada de la trinchera. Veía, con dificultad, al enemigo escondido, difusamente visible entre la tierra removida, los socavones y los cuerpos destrozados.
—Se ocultan bien… —murmuró para sí mismo.
Después de la salva de cañonazos, llegó el turno para los morteros. Darbuc sacó las banderas de colores de los bolsillos y las movió de forma planeada, para que los encargados del mortero de su sección supieran que indicaba su uso. Los tres muchachos hicieron lo propio, cargando y colocando el arma. Parecía pequeña, aquella metálica trompeta, pero el efecto de sus proyectiles eliminaba cualquier ilusión de inocencia.
El fuego continuaba, y el enemigo había reaccionado. Algunas explosiones caían cerca de la trinchera, a la que llegaban pequeñas lluvias de trozos arenosos. El polvo se levantó, pero el fango del suelo impedía que se convirtiera en algo grave. Unas banderas más grandes que las de Darbuc se movieron desde el centro de la trinchera. El sargento giró el rostro, pendiente del simbólico mensaje. Era el Suboficial, dando nuevas órdenes. El aprendizaje del lenguaje de las banderas era algo importantísimo en el Cuerpo de Guerra, debido a su especialización en las operaciones de asedio y desgaste, donde el ruido ensordecedor podría impedir unas comunicaciones adecuadas y desbaratar el buen funcionamiento de los combates. Darbuc prestó atención a los signos, no solo a sus colores, también a sus movimientos.
