EL PESO DE UN SEGUNDO MUERTO

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Para el resto del mundo, un minuto son sesenta segundos. Para mí, un minuto es un océano en el que me ahogo cada mañana.

Soy alto, demasiado para lo poco que me gusta que me miren. Me muevo por la casa como un fantasma que todavía no ha aceptado que lo es. Mi pelo castaño es un desastre de rizos que van a su bola, enredados y despeinados, pero me da igual. No me sobran ganas para pelearme con un peine. Lo único que realmente pesa en mi cara son las ojeras; dos marcas oscuras que dicen todo lo que yo prefiero callar.

Soy selectivo con quien hablo. O más bien, soy reservado porque me he dado cuenta de que la mayoría de la gente solo hace ruido. Y yo necesito silencio para entender por qué mi tiempo se ha quedado encallado.

Hoy es uno de esos días en los que la burbuja aprieta más de la cuenta. Estoy en mi cuarto y me quedo mirando fijamente el segundero de un reloj viejo. El "tic" suena, pero el "tac" parece que no va a llegar nunca. Se queda ahí, suspendido, en un minuto muerto que se estira como un chicle.

Es la sensación de haber pasado por tanto que tu cerebro decide bajar la persiana. El mundo de fuera sigue su ritmo, pero aquí dentro, en mi habitación, la arena del reloj se ha vuelto cemento. No fluye. No cae. Se queda ahí, bloqueando el paso a cualquier cosa que se parezca al futuro.

Dicen que el tiempo vuela cuando eres feliz. Pues debe de ser cierto, porque para mí, el tiempo es un cadáver que tengo que arrastrar por el pasillo cada vez que me levanto.

Me detengo frente al espejo del baño. El cristal está picado por los bordes y me devuelve una imagen que me cuesta reconocer como propia. Me paso la mano por la cara, sintiendo la piel fina bajo mis ojos, justo donde las ojeras parecen haberse hundido para siempre. Tengo dieciocho años, pero mi reflejo parece cargar con décadas de un cansancio que no se cura durmiendo.

Mis rizos castaños son un nido enredado. Me quedo mirando un mechón que cae sobre mi frente; está ahí, quieto, desafiando la gravedad mientras el mundo exterior sigue su curso acelerado.

Abro el grifo. El agua sale fría, un choque necesario para recordarme que sigo teniendo un cuerpo. Me mojo la nuca y el escalofrío me recorre la espalda, haciéndome consciente de mi propia altura, de cómo tengo que encorvarme un poco para llegar al lavabo. Soy una estructura demasiado grande para un espíritu tan pequeño, tan recogido sobre sí mismo.

Salgo al pasillo y el silencio de la casa me golpea. Es un silencio espeso, casi sólido. A esta edad, el teléfono debería estar ardiendo con mensajes, planes o promesas de futuro. El mío está sobre la mesita de noche, mudo. Soy selectivo, sí, pero a veces la selección es tan extrema que terminas eligiendo la nada.

Me pongo la misma chaqueta de ayer. No por falta de ropa, sino por falta de interés en decidir. Cruzo la puerta de casa y el sonido del portal al cerrarse suena como el final de una sentencia.

Bajo las escaleras de dos en dos, más por inercia que por prisa. Al salir a la calle, la luz del sol me obliga a entrecerrar los ojos, resaltando mis ojeras ante cualquiera que se atreva a mirar. Camino por la acera con las manos hundidas en los bolsillos, ocupando ese espacio físico que tanto me molesta. Me cruzo con gente que corre, que grita, que vive a una velocidad que me marea.

Para ellos, el tiempo es una autopista. Para mí, sigue siendo ese océano en el que me ahogo, o ese cadáver que ahora arrastro por el asfalto.

Sigo caminando, sintiendo cómo mis botas gastadas golpean el suelo con un ritmo pesado. Cada paso es una negociación entre mi cuerpo alto y la gravedad, que hoy parece haber decidido ensañarse conmigo. Mis rizos castaños me caen sobre los ojos, pero no me molesto en apartarlos; prefiero esa cortina, me hace sentir que el mundo está un poco más lejos de lo que realmente está.

Me detengo en una esquina, esperando a que el semáforo me dé permiso para seguir siendo invisible. Mis ojeras pesan, me tiran de los párpados hacia abajo, y por un momento me quedo mirando una grieta en la acera que se extiende como una cicatriz. La gente a mi alrededor es un borrón de colores y prisas, una marea humana que no se detiene a mirar el suelo.

Entonces, ocurre el primer error.

Es algo tan sutil que dudo de mis propios sentidos. Un pájaro —un gorrión pequeño y común— se lanza desde una cornisa para cruzar la calle. Lo sigo con la mirada de forma automática. Y, de repente, el gorrión se queda suspendido en el aire.

No cae, no vuela. Se queda ahí, a dos metros del suelo, con las alas extendidas en un ángulo imposible, como si el aire se hubiera convertido en cristal. El ruido de los motores de los coches no desaparece, pero se vuelve grave, lento, una vibración sorda que me golpea en el pecho.

Me quedo inmóvil. Soy reservado por naturaleza, pero este silencio antinatural me hace querer retroceder. Miro a mi alrededor. La gente sigue moviéndose, pero lo hacen con una lentitud espesa, como si estuvieran caminando bajo el agua. Es una escena congelada a medias, un fallo en el motor del mundo.

Bajo la mirada hacia mis propios pies, buscando la seguridad del asfalto gris que conozco de memoria, y es ahí cuando el aliento se me corta.

Acelero el paso. No corro, porque mi cuerpo se siente demasiado pesado para eso, pero fuerzo mis piernas largas a avanzar lo más rápido posible hacia mi calle. No vuelvo a mirar al suelo. Mantengo la vista al frente, fijándome en las fachadas desconchadas y en los carteles de publicidad que están perdiendo el color por el sol. Me concentro en los detalles mundanos: una mancha de humedad en una pared, un cable suelto que cuelga de un balcón, el olor a aceite quemado de una furgoneta que acaba de pasar.

Llego a mi portal. El metal de la puerta está frío y tiene ese tacto rugoso de la pintura vieja que se descascara. Subo las escaleras de dos en dos, sintiendo cómo mis pulmones queman un poco, un dolor real que agradezco porque me mantiene anclado aquí. Entro en mi piso y cierro la puerta con tres vueltas de llave. El silencio me recibe como un muro.

Me quedo en el recibidor, con la espalda apoyada en la madera, esperando a que mi respiración se calme. Mis rizos castaños están empapados de sudor frío y se me pegan a la frente, justo encima de las ojeras que hoy me pesan más que nunca.

Voy a la cocina y bebo agua directamente del grifo. Necesito sentir el chorro frío. Al levantar la cabeza, veo el reloj de pared. Son las 18:14.

Me voy al salón y me desplomo en el sofá. Me quedo mirando el techo, contando las motas de polvo que flotan en el haz de luz naranja que entra por la ventana. Pasa el tiempo. Siento que pasan horas. Mis dieciocho años se sienten como una condena de siglos en este silencio absoluto. El cansancio acaba venciéndome y me quedo dormido ahí mismo, con la ropa puesta.

Cuando despierto, el cuerpo me duele por la mala postura. Me incorporo con dificultad, frotándome los ojos. Miro hacia la ventana esperando ver la oscuridad de la noche, o quizás la luz grisácea del amanecer. Pero la luz es la misma. Ese naranja sucio sigue manchando la alfombra de la misma manera.

Camino hacia la cocina, arrastrando los pies. Miro el reloj.

18:14.

Siento un escalofrío que me recorre la columna. Me acerco tanto al reloj que puedo oír el mecanismo. Tic, tac, tic, tac. El segundero se mueve con una normalidad desesperante, pero la aguja de los minutos no ha avanzado ni el grosor de un pelo.

Vuelvo al salón y me asomo a la ventana. En la calle, la misma furgoneta blanca que vi antes de entrar vuelve a pasar por delante del portal. El mismo ruido de frenos, el mismo humo negro saliendo del escape. Unos segundos después, el mismo perro ladra en el balcón del edificio de enfrente.

Me quedo paralizado. No hay luces, no hay magia, no hay nada extraño a la vista. Solo el hecho de que el mundo ha decidido que no va a seguir adelante. Que para el resto de la humanidad quizás la vida continúa, pero para mí, el tiempo se ha convertido en un círculo perfecto y asfixiante.

Me siento en el suelo, abrazando mis rodillas. Soy selectivo con mis pensamientos, pero ahora mismo solo puedo pensar en una cosa: si el tiempo no avanza, este cadáver que arrastro no se va a pudrir nunca. Se va a quedar conmigo, en este minuto, para siempre.

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