Capítulo único.

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En el verano de 2014, una noticia sacudía el mundo del fútbol, encabezando todos los titulares: James Rodríguez, el talento colombiano, había sido fichado por el Real Madrid. La afición enloquecía, generando millones de interacciones en redes sociales, reflejada en la masiva venta de camisetas que convirtió en un éxito de mercadeo deportivo la llegada de la nueva estrella que, con su sonrisa contagiosa y su mirada llena de ilusión, prometía conquistar la ciudad y, sobre todo, hacer vibrar a los seguidores merengues. Para James, el sueño se había hecho realidad: jugar junto a Cristiano Ronaldo, su ídolo desde joven, convirtiéndose en la mayor oportunidad de su carrera, imaginándose cada segundo los pases precisos, las asistencias memorables, y la complicidad en el césped que tanto había anhelado.


Pero la realidad en Valdebebas pronto le mostró un rostro distinto. Desde su primer día en los entrenamientos, Cristiano Ronaldo parecía haberle puesto un muro invisible. La sonrisa cordial que había mantenido durante las entrevistas al hablar de él se borró al pisar el campo. Cristiano, con su carácter intenso y su obsesión por el protagonismo, no le dirigía la palabra en ningún momento, ni le pasó un solo balón que no fuera en una jugada rutinaria. En las prácticas, James notaba cómo el astro portugués permanecía ajeno, ignorándolo por completo, como si él no existiera más allá de ocupar un dorsal en una camiseta. La tensión se palpaba en el aire, y la sombra de una rivalidad no declarada comenzaba a dibujarse en ese silencio cargado de expectativas y celos.


Desde la fría banca, James observaba lo que debía ser su esperado debut en el club. Algunos medios habían filtrado rumores de que Cristiano, temeroso de perder su liderazgo, habría pedido al entrenador que no le dieran minutos en el partido, pero él, con su fe intacta, se había concentrado en su trabajo, en esas horas invisibles que lo preparaban para cada oportunidad, sin importar si era grande o pequeña. La multitud rugía, y en medio del estruendo, un grito ensordecedor irrumpió cuando Cristiano Ronaldo salió al campo como una bestia desatada, su figura imponente dominaba el espacio y su presencia era una tormenta que parecía sacudir los cimientos del estadio.


El silbido del árbitro anunció el comienzo del encuentro. James pudo ver cómo su ídolo se lanzaba al ataque con esa energía imparable que siempre lo caracterizaba. Su mirada quedó fija en Cristiano, cuyas piernas se movían con una precisión asombrosa, y el ritmo de su cuerpo parecía hipnotizar, en perfecta sincronía con el rebote de sus redondos glúteos, que se marcaban claramente, como si el propio aire los moldeara en la distancia. La tela del short, ajustada y ligera, delineaba su miembro mientras subía y bajaba con cada salto, movimiento e impulso sobre el terreno.


La potencia en sus tiros cada vez que pateaba el balón, y la elegancia en su desplazamiento, tenían un ritmo casi sensual. La pasión en el rostro del portugués se combinaba con la ferocidad de un animal agresivo, pero en sus ojos, James podía percibir una calidez que contrastaba con esa fachada salvaje. Era esa dualidad la que más lo cautivaba, esa mezcla de fuerza y ternura que lo hacía único.


Y entonces, llegó el gol. La multitud enloqueció, estallando en un grito unísono, una explosión de alegría contenida que contagiaba cada rincón del estadio. En medio de esa euforia colectiva, Cristiano, con una expresión de pura alegría y desbordante energía, se quitó la camiseta con un gesto que parecía una declaración de guerra, una muestra de su fuerza y determinación. Sus pectorales, perfectamente definidos y marcados por años de esfuerzo, se exhibieron como un retrato de poder y resistencia, una obra de arte en movimiento que capturaba la atención de todos los presentes, en especial, la de James.


La celebración fue un espectáculo en sí misma, unos minutos que parecieron detener el tiempo, donde solo existía esa pasión compartida entre jugadores y espectadores. James, desde su asiento, deseaba que aquella porción de tiempo pudiera durar para siempre y así seguir admirando esa figura de Adonis. Sin embargo, la realidad del partido pronto le recordó que los futbolistas debían retomar sus posiciones y el balón debía rodar nuevamente.

La expulsión (Capítulo único)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora