CAPITULO 1

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Liam

Siempre pensé que la universidad sería un refugio para mentes creativas, un lugar donde pudiera esconderme detrás de mi cámara y pasar desapercibido entre pasillos llenos de estudiantes pendientes de todo menos de mí. Pero la realidad es distinta. El campus por las mañanas es un caos disfrazado de rutina: gente corriendo con cafés en la mano, otros bostezando como si el sol fuera un enemigo personal, y yo... cargando una cámara que pesa más cuando tengo cero ganas de usarla.

Hoy es uno de esos días.

La profesora Moore decidió que el proyecto de esta semana tenía que ser "sobre el movimiento y la expresión humana en su estado más puro." Y claro, a ella le pareció una idea brillante enviarme al campo deportivo a capturar "emoción real" de los jugadores del equipo de fútbol americano. Yo preferiría fotografiar cualquier cosa menos deportistas. Ellos siempre están envueltos en ruido, en competitividad, en esa aura de superioridad que me cansa solo de observarla.

Mientras camino hacia la cancha, puedo sentir la brisa fría moviéndome el cabello, y el sol golpeando tibio en la piel. Me gusta esa parte del día, la luz que se filtra entre los árboles y crea sombras interesantes; podría pasar horas tomando fotos solo de eso. Pero hoy no tengo esa libertad. Hoy tengo que lidiar con músculos, gritos y testosterona flotando en el aire.

Apenas cruzo la reja del campo, el sonido me envuelve por completo: el golpe seco del balón, las pisadas fuertes contra el césped, las risas burlescas de un grupo de jugadores. Ajusto la correa de mi cámara y trato de ignorar la sensación de estar fuera de lugar. "Solo unas fotos y me voy", me repito mentalmente, aunque sé que no será tan sencillo.

Así que ahí estaba yo, cumpliendo la obligación que me imponía mi carrera, con la espalda tensa y la cámara colgada del cuello como si fuera un escudo. El sol golpeaba fuerte, tan brillante que me costaba enfocar. El olor a pasto recién cortado, mezclado con el sudor de los jugadores, se me metía en la nariz y me recordaba cada segundo que prefería mil veces un estudio silencioso o una calle tranquila antes que esto. Di un paso hacia adelante, buscando mejor luz. El aire vibraba por los gritos del entrenador y los golpes del balón contra el suelo. Respiré profundo, intentando ignorarlo todo. La profesora Moore esperaba resultados, y lo único que podía hacer era entregarlos.

Mi mirada se detuvo inevitablemente en los jugadores, en su fuerza, en sus movimientos. No podía negar que eran buenos sujetos para capturar: músculos tensos, expresiones intensas, cuerpos que parecían tallados para el deporte. Técnicamente, era un buen material. Emocionalmente, yo quería largarme.

Y entonces lo vi.

Ryan Connor.

No hacía falta que me lo presentaran. Era imposible no saber quién era. En esta universidad, su nombre se repetía como un eco constante: en pasillos, en fiestas, en conversaciones ajenas. El deportista estrella, el egocéntrico que caminaba como si el campus fuera su reino, el chico que jamás había escuchado un "no". Lo observé desde lejos, deseando que no me viera. Pelinegro, de hombros amplios, sonrisa arrogante... y esa actitud de "todo lo que hago es impresionante". Siempre rodeado de gente, siempre al centro, siempre con el ego inflado.

Justo el tipo de persona a la que yo evitaba. Pero el universo parece disfrutar complicando mi vida. Apenas bajé la cámara para revisar la luz, escuché su voz clara, fuerte, molesta atravesar el campo como una flecha.

—¿Y ahora qué? —se burló— ¿Nos mandaron otro fotógrafo para que se sienta útil?

Me quedé quieto. No porque quisiera escucharlo, sino porque su tono se metió debajo de mi piel sin permiso.

"Cálmate, Liam", pensé. "Solo toma las fotos. Ignóralo. La maestra quiere este trabajo. Cúmplelo y vete."

Respiré hondo, intentando regresar mi atención a la cámara. Su risa llegó después, mezclada con las de sus compañeros.

—La fotografía debería ser optativa para cuando uno se aburre —continuó él— No una carrera seria.

Mis dedos temblaron levemente sobre el botón disparador. Su ignorancia era casi ofensiva. Pero no levantaría la voz. No hoy. No cuando estaba ahí únicamente para cumplir con una tarea.

Tomé otra foto, enfocando a un jugador en pleno salto. El clic de mi cámara fue un pequeño consuelo. El único sonido en ese campo que me hacía sentir que pertenecía a algún lado.

Y entonces pasó.

Un susurro de advertencia de uno de los jugadores llegó demasiado tarde.

—Ryan, calma...

El golpe del balón al ser lanzado resonó con fuerza. Un lanzamiento demasiado potente, demasiado directo, demasiado calculado como para ser casual.

Levanté la vista justo a tiempo para ver el balón volando hacia mí, cortando el aire como un proyectil. No tuve tiempo de pensar, ni de apartarme.

El impacto explotó en mi hombro.

El dolor fue inmediato, profundo, como si un ladrillo me hubiera caído encima. La cámara se me resbaló entre los dedos; la sujeté apenas antes de que golpeara el suelo. Retrocedí torpemente, perdiendo equilibrio, sintiendo el pulso acelerarse por la sorpresa.

Las risas empezaron antes de que yo pudiera recuperar el aliento. Reían. Reían como si fuera un chiste. Como si yo fuera el entretenimiento. Ryan se acercó con esa sonrisa de depredador que tanto detesto.

—Uy —dijo, fingiendo una inocencia insultante— Parece que se me fue el pase. Qué torpe soy.

Lo miré, incapaz de contener la rabia que hervía debajo de mi piel. Me dolía el hombro, me temblaban las manos, y mi paciencia estaba por romperse.

—¿Qué diablos te pasa? —solté, la voz firme a pesar del temblor interno.

Ryan se encogió de hombros, disfrutando todo aquello como si fuera un juego.

—Relájate. Estás en mi cancha. Aquí siempre pasan cosas.

—No cuando alguien lanza un balón a propósito —respondí, respirando profundo para no decirle mil insultos más.

Él se rió, como si mis palabras fueran irrelevantes.

—Estás muy tenso, fotógrafo. Tal vez la profesora te mandó aquí para que aprendas a hacer cosas reales.

La mención de la profesora, dicha con ese tono burlón, terminó de encenderme.

—Estoy aquí porque ella lo pidió —dije, mordiéndome el interior de la mejilla para no perder el control— No porque quiera estar cerca de ti.

Él dio un paso más hacia mí. Invasivo. Con esa superioridad que tanto me repugna.

—Pues apúrate entonces —murmuró, con una sonrisa inclinada— No me gusta gente como tú rondando por aquí.

Me quedé quieto. Sintiendo el dolor punzante del golpe, el peso de la cámara en mis manos, la humillación en el pecho. Pero también, una certeza. Ryan Connor y yo no podíamos coexistir en el mismo espacio sin chocar.

—Eres un idiota —dije en voz baja, sin apartar la mirada.

Su sonrisa se expandió lentamente, oscura, peligrosa.

—Y tú eres interesante —respondió él de forma burlón.

Ese momento, ese cruce tenso bajo el sol, fue el verdadero inicio. Porque ese día entendí algo:

No iba a ser fácil.

No iba a ser tranquilo.

Y definitivamente... no iba a terminar allí.

Enamorándome De mi EnemigoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora